La gran lucha
En los siguientes devocionales estaremos concentrados en el aspecto vertical de nuestra vida espiritual. Le confieso que no me gusta ese término, porque pareciera que en realidad existen dos dimensiones en la vida espiritual. Es por causa de nuestras propias limitaciones, sin embargo, que debemos echar manos de estas explicaciones pues la verdad es que la vida en Dios es una sola y no puede ser dividida en compartimentos.
De todos modos, queremos concentrarnos en la «práctica de la piedad», para usar el término que utilizó Pablo; es decir, la vida de las disciplinas espirituales tales como el ayuno, la oración y la ofrenda.
Nos encontramos aquí frente a uno de los peligros más fuertemente atrincherados en el corazón del hombre, el deseo de ganarse la aprobación de los que están a su alrededor. Tal peligro no existiría si viviéramos en un mundo perfecto. Mas el pecado nos ha llevado a enredarnos en relaciones que se cultivan con base en el mérito. El amor, lejos de ser incondicional, se da a cambio del reconocimiento de ciertos logros o atributos en la persona que la recibe. El resultado es que la vida se convierte en una incansable búsqueda del afecto de los demás, pues las reglas cambian de persona a persona y encontramos que nunca podemos alcanzar la medida necesaria para sentirnos satisfechos.
Cristo pone fin a esta triste existencia cuando se acerca con la propuesta de satisfacer nuestros deseos más profundos de ser amados. Le ofrece agua a los que están sedientos y cansados de las interminables desilusiones que nos entrega la vida. No obstante, solamente logran verdadera paz aquellos que entran en la más íntima relación con el Dios de gracia. Los que permanecen en las periferias, atemorizados y dubitativos, se sentirán aun más desdichados, pues la religión les proveerá aun de otro medio más para tratar de ganarse aquello que nunca tuvieron.
Jesús quería que entendiésemos que cualquier práctica que tiene como objetivo agradar, impresionar o conmover a las personas a nuestros alrededor automáticamente nos robará del premio que Dios tiene para sus hijos. Deseo que tome nota de esto: ¡existe un premio para los que lo buscan!, tal como lo afirma Hebreos 11.6: «porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan». Cristo quería desanimarnos de buscar recompensas efímeras cuando se nos ofrecía algo mucho mejor. Es decir, menciona el premio porque sabe la clase de personas que somos. No debemos avergonzarnos de querer el premio que nos ofrece, porque él mismo nos ha animado a que lo busquemos. A medida que avancemos en el estudio notará que una y otra vez nos motiva aludiendo a este premio. ¡Animémonos, por tanto, a echar mano de lo que él nos ofrece!
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