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Reflexión

Peticiones escuchadas

16 octubre, 2013Desarrollo Cristiano1458 visitas
Miqueas 11:23-30

Este texto contiene una de las porciones mejor conocidas de la Palabra de Dios. En el contexto en que fue pronunciada esta invitación se ve claramente la clave para acceder a una profunda intimidad con Dios. Estos versículos parecen señalar que el conocimiento del Señor nunca es el resultado de un esfuerzo conciente por conocer a Dios. ¿Por qué? Precisamente porque el conocimiento del Señor no se logra con esfuerzo humano, sino por un acto de gracia. El texto pareciera indicar que este conocimiento es fruto de una vida de obediencia. ¿Estamos, entonces, afirmando que no hay nada que podamos hacer nosotros? ¡De ninguna manera! Empero la intimidad con Dios se le concede a aquellas personas que caminan con él, no a las que desean «conocerlo».No necesitamos esforzarnos por llegar a él, sino, más bien, responder a la invitación que él nos está tendiendo.

¿Qué elementos forman parte de esta vida que le agrada? En estos versículos encontramos algunas pistas importantes. Primero, entender que Dios es el que nos busca a nosotros. Esta verdad es una constante en la Palabra. No nació en Abraham la idea de salir de su tierra para habitar en Canaán. El Señor se le acercó con esta propuesta. Moisés no estaba buscando una oportunidad para volver a Egipto para liberar a Israel. Dios lo abordó con este plan, tarea en la que ni siquiera él se interesaba. Del mismo modo ocurrió con Gedeón, David, María, Pedro, Leví y el apóstol Pablo. En cada caso, Dios tomó la iniciativa. Así también, el Nuevo Testamento declara que «aún estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)» (Ef 2.5).

Hago hincapié en esta verdad, porque con frecuencia creemos que somos nosotros los que lo estamos buscando a él. Llenamos nuestras oraciones de súplicas y ruegos porque, de algún modo, creemos que tenemos que convencer a Dios de que se fije en nosotros. Mas, el Dios de la Palabra desea ardientemente bendecir a su pueblo. Mucho antes de que nosotros lleguemos con nuestras peticiones y nuestros deseos, él ya está deseando hacernos bien, porque nos procura con celo divino. Si usted recorre la Palabra encontrará incontables pasajes donde se extiende esta insistente invitación.

Considere, por ejemplo, el maravilloso espíritu de este texto: «¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas! Aunque no tengáis dinero, ¡venid, comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin pagar, vino y leche!» (Is 55.1). La misma realidad esta presente en este otro texto: «El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”. El que oye, diga: “¡Ven!.” Y el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida.» (Apoc 22.17). Estos pasajes revelan al Dios que anhela nuestra compañía, que desea ardientemente hacernos bien, que nos busca con amor eterno.

La primera característica que permite mayor intimidad, entonces, es la de descubrir que Dios nos «ha ganado de mano». No necesitamos esforzarnos por llegar a él, sino, más bien, responder a la invitación que él nos está tendiendo. Descubriremos que toda nuestra búsqueda es, en realidad, impulsada por su Espíritu.
¿A quiénes invita el Señor? ¿Qué características tienen estas personas? ¿Por qué invita a este grupo?

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