Una vez para siempre

Los primeros versículos del capítulo nueve nos revelan los detalles de los ritos que realizaban los sumos sacerdotes para redimir al pueblo del pecado. Este proceso se debía repetir una y otra vez, año tras año, pues la imperfección del sistema le restaba la posibilidad de asegurar un resultado permanente. Mientras continuara dependiendo de hombres, siempre estaría afectado por las limitaciones inherentes a nuestra especie. Resultaba imprescindible un cambio radical para asegurar una consecuencia eterna.
El primer cambio ocurre cuando «… Cristo apareció como Sumo Sacerdote…» (11 – NBLH – itálicas añadidas). El término que emplea el autor podría traducirse «cuando se presentó en escenario». Lo que intenta comunicar es que Jesús llega a nuestro socorro desde afuera del sistema humano. Es Dios vestido de hombre, que ha dejado los lugares celestiales para venir a morar entre nosotros. Jesús no entra a un lugar simbólico, sino a la presencia misma del Creador de los cielos y la tierra.
El segundo cambio es que no entra a una imitación del Lugar Santísimo. El recinto al que entraba cada año el sumo sacerdote era representativo del lugar donde reside el Creador de los cielos y la Tierra. El Mesías, por medio de su muerte accede a una morada, removida de la esfera terrenal, del cuál el Lugar Santísimo es apenas un símbolo. Su sacrificio, entonces, posee elementos de autenticidad que ningún sacrificio terrenal poseía.
El tercer elemento que cambia es que la sangre derramada no es de machos cabríos o de toros. La sangre ofrecida por los pecados es la Suya. Aquí también el autor opta por una palabra (idios) que nos ayuda a entender que la sangre era una pertenencia personal, privada y única de Cristo. No se habla aquí, entonces, meramente de la sangre de un ser humano, sino la sangre que fluye en el cuerpo del único ser viviente que no tiene pecado. No existe quien pueda reemplazarlo en la tarea que lleva adelante.
La característica única de esta sangre, como es de suponerse, logra un efecto distinto en quienes son los beneficiarios de su sacrificio. El antiguo pacto lograba una limpieza exterior, una identificación similar a la de las puertas rociadas en Egipto. Quienes habían sido rociados con esta sangre no serían alcanzados por el juicio de Dios. Pero esta sangre, tan costosa y pura, logra poner en marcha una verdadera revolución en lo más profundo de la vida de todos aquellos que aceptan el sacrificio de Cristo a su favor. Purifica las intenciones escondidas y los pensamientos torcidos que atormentan nuestra existencia.
Esta es la razón por la que se produce un cambio dramático en la ceremonia de purificación. Normalmente el sumo sacerdote entraba, ejecutaba el rito, y volvía a salir. Pero la perfección de este nuevo sacrificio, que cumple con todos los requisitos para redimirnos del pecado, torna innecesario que Cristo vuelva a salir. Entra al Lugar Santísimo, una vez para siempre. Su tarea está completa. Nuestra libertad es permanente. Podemos disfrutar de una nueva vida.
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