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Biblia

Valle de sombras

29 marzo, 2014Desarrollo Cristiano1510 visitas
Colosenses 5:7

La confianza sin reservas, que podemos desplegar a la hora de acercarnos al trono de gracia, se apoya en un hecho: El Sumo Sacerdote puede entendernos porque él ha vivido, en carne propia, las mismas limitaciones que nosotros. Conoce nuestro mundo, y esa comprensión le permite obrar con benignidad y misericordia hacia nosotros.

El autor de Hebreos escoge, ahora, ilustrar la debilidad a la que estuvo expuesto aludiendo a la más intensa prueba que soportó durante su peregrinaje terrenal: Getsemaní. A la escena conmovedora del texto de hoy podemos sumar el cuadro que nos presenta el autor del primer Evangelio: «Se llevó a Pedro y a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y comenzó a afligirse y angustiarse. Les dijo: “Mi alma está destrozada de tanta tristeza, hasta el punto de la muerte. Quédense aquí y velen conmigo”». (Mateo 26.37-38 – NTV).

Jesús, de cara a la cruz, experimentó una angustia tan intensa que confesó a sus tres discípulos que sentía que se moría. La abrumadora tristeza lo impulsó a buscar el mismo socorro que el autor de Hebreos nos anima que busquemos nosotros. Y, al igual que el Hijo del Hombre, debemos presentarnos ante el trono de gracia con oraciones, súplicas, clamor y lágrimas. La actitud del que ora es más importante que las palabras que pronuncia.
Vemos, entonces, que Cristo está familiarizado con la desolación y soledad que a veces vivimos. Ha experimentado la sensación de ahogo que provoca la tristeza cuando abruma nuestras defensas. Entiende lo que es sentirse incomprendido y abandonado, porque nuestros amigos se han quedado dormidos cuando más necesitábamos de su compañía.

La forma en que se presentó delante de Dios nos ofrece una mirada al misterio de la oración. La oración de Jesús es intensa, desesperada, urgente, apremiante, dolorosa, angustiante. Nos encontramos ante un hombre que, literalmente, derrama su alma en presencia del Señor y, entre sollozos y gemidos, comparte su necesidad con el Padre.

Esta oración nace en las profundidades del ser. Lo que parece tener peso aquí no es tanto el contenido de su pedido, sino la actitud con que ora. Y es la actitud la que recibe respuesta, no las palabras, pues el texto nos dice que fue oído por su temor reverente.

Entiendo, por esto, que orar se refiere más a una postura que a un mensaje. Si bien la oración puede contener palabras, existen oraciones que son tan intensas que no pueden ser expresadas en ninguna frase. Lo que llega al trono de gracia es la convicción del que suplica, la inamovible confianza de que se ha presentado ante un Dios que es bondadoso y compasivo. Este Dios no está pendiente de lo teológicamente acertado del pedido ni de lo convincente que resultan nuestros argumentos. Lo que toca su corazón es la actitud de absoluta entrega con que nos presentamos ante él.

Es en esa dirección que quiere que nos movamos el autor de Hebreos.  

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