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Reflexión

Discernimiento: El Arte de Distinguir y Separar

15 julio, 2005612 visitas

«Si sólo me hubiera dado cuenta a tiempo», se lamentan muchos pastores. Se dice que es más fácil entender el pasado que el presente y el futuro, pero justamente este discernimiento es una clave vital para aquellos que están en la obra (Lc. 12:56). Es imperioso que quienes ministran puedan distinguir el engaño en ciertas enseñanzas atractivas que, a primera vista, parecieran tener su base en la Biblia. Discernir el espíritu de los demás y separar la verdad de en medio de grandes astucias y mentiras cuidadosamente disfrazadas es fundamental en la obra pastoral.


La iglesia debe aprender el arte de discernir


La buena enseñanza y la formación doctrinal equilibrada en todo el consejo de Dios debe llevar a la congregación a poder discernir.


El hambre es lo que lleva a las ovejas a buscar comida afuera. Cuando el rebaño está bien alimentado, se le torna más difícil al lobo entusiasmar a los fieles.


En la Biblia encontramos el don de discernimiento (1 Co. 12:10), que es la capacidad espiritual de discernir lo que proviene de Dios y lo que es engaño. Además, encontramos en las Escrituras que todos los cristianos, en forma especial los líderes, necesitamos aprender a ser personas juiciosas, maduras, sabias, es decir, con capacidad de discernir.


Pablo dijo: Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad… (Hch. 20:28-31a).


Este pasaje nos da luz para hoy. Nos enseña que debemos cuidar a la grey en dos áreas vitales: primero, protegerla de hombres que vendrán de afuera y se meterán en medio de las congregaciones para crear problemas (v. 29); segundo, de hombres que se levantarán de entre los mismos líderes y que hablarán cosas que arrastrarán tras ellos a los creyentes. Si Pablo estuviera vivo hoy, es probable que incluyera un tercer punto que en su época no existía: «Cuidado con los programas de televisión, los libros y los casetes, porque entre los muchos buenos hay otros que se han infiltrado en la iglesia, cuyas enseñanzas pueden causar daños tremendos a la grey».


Como ancianos y pastores necesitamos aprender a cuidar a las congregaciones de estos peligros. El primer paso es saber distinguir cuáles son esas enseñanzas peligrosas y quiénes son los hombres de quienes debemos proteger al rebaño.


El discernimiento implica, primeramente, una actitud positiva y humilde hacia el futuro y hacia otros, así como también hacia la posibilidad de aprender algo nuevo. En todas las iglesias encontramos algunos miembros que tienen la actitud de: «No sé de qué se trata, pero me opongo». Estos hombres, a causa de sus actitudes negativas, siempre encuentran algo mal en todo y en todos. Generalmente se debe a una de estas tres actitudes erradas: orgullo («A nadie se le puede ocurrir algo bueno, excepto a mí.», o «No hay nada nuevo para mí.»), pereza (es más fácil discutir algo que ponerse a hacerlo) y miedo («Esto es nuevo y no lo entiendo ni lo domino. Mejor cierro la puerta.»). Estas actitudes frenan la obra de Dios y ponen trabas a la libertad de otros. Muchas veces es posible encontrar estudiosos de la Biblia que, a menudo, las usan para sostener sus propios preconceptos y prejuicios.


El hombre de Dios busca conocer continuamente «las maravillosas obras de Dios», por lo que está abierto a examinar aquello que pudiera ser una de ellas. Reconoce que todavía hay mucho para aprender de Dios y de su Palabra, así como también de la forma en que obra en personas diferentes. Sin embargo, no es sabio abandonar repentinamente un camino bien establecido para cambiarlo por otro totalmente nuevo para nosotros. Puede darse que, en realidad, el camino nuevo sea el único y el correcto. No obstante, en la mayoría de los casos, las novedades no son más que eso: novedades, que tarde o temprano resultan ser trampas. (De la misma manera y en incontables oportunidades, las trampas han sido las mismas tradiciones y prácticas conservadoras.) El hombre de Dios no busca el error en todo, ni brega por el descrédito de lo que está más allá de su dominio, sino examina todas las cosas, rechazando lo malo para retener lo bueno.


Según las palabras griegas, discernir es la habilidad de distinguir o separar con el fin de investigar y examinar exhaustivamente. El discernimiento es considerado un rasgo de espiritualidad y madurez (1 Co. 2:14,15). El escritor de Hebreos explica que las personas maduras «por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal». En otras palabras, es una habilidad que uno puede aprender ejercitándola diariamente.


Los principios del discernimiento que se deben practicar


El discernimiento reconoce que los intentos de frenar, desviar o acelerar la obra de Dios son engaños diferentes, pero que tienen el mismo «padre», el diablo. El engañador usa hombres para frenar la obra del Señor con argumentos que parecieran lógicos: «Nunca lo hicimos así antes» (tal vez eso indique que sea el momento de comenzar); «No encontramos ningún ejemplo de eso en la Biblia, no es bíblico» (hay muchísimas cosas que no están en la Biblia, pero que no contradicen los principios expresados en ella, como por ejemplo: la escuela dominical, programas de radio y televisión, casamientos en la iglesia, etcétera.); «No tenemos los recursos para hacerlo» (si es la voluntad de Dios, los recursos van a llegar, generalmente, en el momento apropiado, no antes. Lo importante es saber si es la voluntad de Dios. Medir su voluntad únicamente por nuestros recursos visibles es no tener fe en el Dios invisible).


Hay otros que quieren acelerar la obra de Dios por medio de métodos o doctrinas que no gozan de apoyo bíblico. Por ejemplo: ordenar como pastor o anciano a un nuevo creyente, a pesar de lo que dice Pablo en 1 Timoteo 3:6 y 5:22, porque «no hay otra persona mejor y lo necesitamos»; o el concepto: «Vamos a predicar que Cristo salva, sana y hace rico, porque eso es lo que hace que la iglesia crezca». El fin no justifica los medios, y siempre hay que recordar que «el que apresura sus pies peca» (Pr. 19:2).


Es nuestra responsabilidad discernir si algo está frenando la voluntad de Dios, si la está apresurando o, tal vez, desviando. En cualquiera de estos casos, el resultado significará un daño para la iglesia.


El discernimiento requiere de una base para medir si algo es correcto. Las Escrituras forman la base del discernimiento. Cuando no hay una base objetiva, sino que todo es subjetivo, no hay de dónde obtener verdadera seguridad. La opinión de uno es tan válida como la de otro. Para saber si una pared es recta se debe poner una plomada, porque si sólo estimamos «a ojo» seríamos engañados. Como cristianos, únicamente podemos tener seguridad cuando hemos «medido» o examinado un asunto cuidadosamente a la luz de la Biblia, nuestra plomada.


Para poder discernir entre el error y la verdad es imprescindible aprender cómo interpretar la Biblia correctamente. De otra manera, podríamos caer en el error de la mayoría de las sectas, que usan las Escrituras (interpretadas erróneamente) para comprobar sus posiciones. Todos nosotros nos desviamos con facilidad. Un pequeño error puede alejarnos cien kilómetros de nuestra meta. Por tal motivo, todos los días necesitamos escudriñar las Escrituras, tratando de analizar, obedecer y autocorregirnos. He aprendido a estudiar primero las Escrituras sin «ayudas», pero después —cuando he extraído toda la enseñanza que puedo— siempre trato de comparar mis conclusiones con los mejores comentarios eruditos evangélicos, a fin de «probar» mi interpretación. El desacuerdo me indica que necesito más estudio. No debo aceptar las conclusiones de ningún hombre sin examinarlas previamente, ni siquiera las mías propias. Sólo después de haber estudiado las Escrituras con mucho cuidado estaré en la posición de evaluar a otros.


El sabio distingue entre los fundamentos y los detalles. Debemos contender ardientemente por la fe «que ha sido una vez dada a los santos» (Jd. 3), porque es la base de nuestra fe y de nuestro ministerio. Nunca debemos aceptar una posición «moderna» sobre los fundamentos de nuestra fe sólo para evitar problemas. Sin embargo, necesitamos aprender a distinguir entre lo fundamental «una vez dado a los santos» y cuestiones secundarias, que generalmente tienen su base en nuestra propia interpretación de algunos pasajes.


El hecho de que grandes hombres de Dios hayan tenido diferentes puntos de vista sobre algún asunto, lleva a pensar que, tal vez, debamos tener más apertura sobre el tema. Por ejemplo, nunca dejaré de tener comunión con un hermano porque su idea de la segunda venida del Señor difiera de la mía, con tal que no escape de los marcos de las posiciones históricas. Pero si esa persona empieza a tratar a otros como herejes por sostener una posición diferente, y muestra menosprecio o crea divisiones, entonces sí tendremos problemas serios.


Además, debemos aprender a discernir entre inmadurez y maldad. Apolos era un hombre sincero, pero no predicaba el camino con propiedad. No porque no quisiera, sino porque no sabía. Con una actitud verdaderamente cristiana y espiritual, Priscila y Aquila se acercaron a Apolos, «le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios» (Hch. 18:24-28). Hay muchos hombres como Apolos que sólo necesitan que alguien los ame lo suficiente como para tomarlos aparte y enseñarles con más exactitud.


Hay otros hombres, en cambio, cuyo problema no consiste en que no conocen el camino recto, sino que, con maldad, engañan a la gente (2 Ti. 3:1-9). Un engaño es falsedad, algo que tiene apariencia de realidad. Pablo explica por qué es importante estar alertas: «Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.» (Ef. 4:14). Cabe destacar que, en su estrategia para lograr el engaño, emplean una «doctrina» que han desarrollado cuidadosamente. Además, son astutos y eficaces en lo que hacen. Usan mentiras para desacreditar a los líderes, tuercen las Escrituras y, como Absalón, están dispuestos, a hacerse amigos de la gente y prometerles grandes cosas. Algunos de sus fines son: ser importantes, obtener poder, conseguir dinero y otros beneficios, o buscar lo sensual. No tienen interés alguno en hacer la voluntad de Dios, aunque lo alaben con sus labios, hagan milagros en el nombre de Jesús y celebren grandes actos religiosos.


Aprendiendo a discernir


Cierto día, dos miembros de nuestra iglesia me preguntaron si un tal pastor Juan podría usar nuestro templo para celebrar una semana de reuniones especiales para sus amigos e invitados de la zona. A pesar de que ellos me garantizaron su buena reputación, decidí hablar personalmente con él. Fui a su casa y le pregunté muchas cosas de su vida, doctrina y prácticas. Él se había preparado bien, y contestó mis preguntas apropiadamente. Lamentablemente, poco tiempo transcurrió hasta que descubrimos que era un estafador experto. Se valió de mentiras para sacarle dinero a varios hermanos, se aprovechó de una mujer casada, dejándola embarazada, y a otras les «impuso manos» en lugares impropios. Tuvimos que suspender su programa en medio de la semana, pero el daño al evangelio ya había sido hecho. De esta experiencia, aprendimos valiosas lecciones que, a continuación, quiero compartir con ustedes. Si hubiéramos conocido las siguientes evidencias de maldad, probablemente la historia habría sido diferente.


1. ¿Cómo es su relación con otros líderes del cuerpo de Cristo? La comunión con otros cristianos espirituales maduros es señal de caminar en la luz (1 Jn. 1:7). El soldado solitario que está «batallando solo para el Señor» parece espiritual, pero su soledad puede ser una evidencia de problemas serios. Vale la pena señalar que fueron hermanos nuevos e inmaduros quienes recomendaron al «pastor» Juan.


2. Tengan mucho cuidado cuando nombran a personas reconocidas. Esto no es garantía de que esas personas aprueben sus caminos. «Sí, el otro día estuve con el Hermano Pablo o Luis Palau…»


3. ¿Hay manipulación de las Escrituras, de manera que se aferran a ciertos versículos y dejan de lado los que producirían el equilibrio? En una entrevista que tuvimos con un conocido misionero y escritor, cuestionamos la ética del pastor de una iglesia que él consideraba modelo. Su contestación nos sorprendió: «No me importa, con tal que la iglesia crezca».


No es de extrañar que los libros de ese pastor estén repletos de versículos cambiados y sacados de contexto. Además, él recomienda a sus colegas que prediquen, entre otras cosas, que Dios desea que todos los cristianos seamos prósperos financieramente. El concepto de que todo cristiano que «anda bien» con el Señor será bendecido económicamente es una verdad a medias. En la Biblia encontramos grandes hombres de Dios, como el apóstol Pablo, que no llegaron a ser ricos y que padecieron grandes necesidades. Sin embargo, ese pastor lo hace para que la gente siga viniendo a la iglesia. Se puede hacer que la Biblia enseñe cualquier cosa, si se sacan algunos versículos fuera de sus contextos respectivos.


4. ¿Hay «cuentas claras» en el manejo del dinero y en las relaciones con otros? No es sólo si cometemos errores o no, sino qué es lo que hacemos después. ¿Reconoce sus errores y busca perdón y reconciliación? ¿Está dispuesto a ser examinado? Cuidado con los hombres que encubren sus pecados o problemas y siempre están huyendo de lugar en lugar porque, según ellos, «han sido llamados a un nuevo ministerio». ¿Se administra el dinero con honestidad e integridad? El pastor que quiera mantener un testimonio transparente, debe mantener sus libros contables abiertos para inspección.


5. Cuidado con la persona que visita a los creyentes (en especial a los nuevos) a espaldas de las autoridades de la iglesia. El hombre recto, en cambio, reconoce la autoridad que Dios ha dado a los líderes de la iglesia y, por lo tanto, querrá hacer todo con su bendición.


6. Esté alerta con quien no asume ninguna responsabilidad por sus actos y palabras, o por los problemas resultantes de su ministerio. Hace poco, cuando le preguntaron a un predicador sobre un concepto casi herético en uno de sus libros, contestó que él le había pedido a un escritor que usara sus casetes para escribirlo, de modo que él no era responsable del contenido. Entonces, ¿por qué figura su nombre en la tapa y lo vende como libro suyo? ¿Acaso no lo leyó antes de que fuera a la imprenta?


7. Cuidado cuando él impone su autoridad y voluntad como si fueran las palabras del Espíritu Santo. Es mala señal cuando una persona alega que: «Dios me dijo (o recibí una profecía del Señor) que usted tiene que hacer…», o bien «Dios me ha establecido como autoridad y usted tiene que obedecerme aunque esté equivocado. Si usted peca al obedecerme, está libre de culpa, yo soy responsable». Recordemos que, en general, Dios le dice a cada persona individualmente lo que debe hacer.


8. Observe los resultados en la vida de esa persona. La doctrina del Señor produce santidad, amor a Dios y a los otros. Por lo tanto, cuando veamos actitudes y comportamientos que contradicen la enseñanza del Señor, no nos dejemos engañar por su palabrería (2 Ti. 3:5).


9. Preste atención cuando se predica solamente lo que agrada a los deseos y oídos de la audiencia (2 Ti. 4:3). Son los que dicen paz, paz (Ez. 13.10) cuando Dios está disgustado con el pueblo por su pecado. En el Antiguo Testamento, los profetas denunciaron el pecado con la misma intensidad con que declararon el amor de Dios. Proclamaban que, para experimentar el amor de Dios, había que arrepentirse primero. Hoy, en cambio, muchos profetas hablan del amor de Dios, sin atacar el pecado. Fui invitado a una reunión en la que había varias personas que iban a dar a conocer las profecías recibidas. Es notable que cada una se centraba en que Dios amaba a su pueblo, que Él los iba a bendecir, que eran especiales a sus ojos, etcétera. Ninguna corrigió, ni reprendió, ni condicionó la bendición de Dios a su pueblo a que éste viviera en la luz.


El famoso estudioso Matthew Henry comenta sobre los falsos profetas:




Deberían haber intercedido para que la gente se apartara de la ira de Dios, pero no eran profetas de oración. Deberían haberse dedicado a predicar y aconsejar para llevar a la gente al arrepentimiento, pero, en cambio, se dedicaron a planear cómo agradar a la gente y no, cómo profetizarle.


De la misma forma en que Dios ha prometido que cuando derrame de su Espíritu tanto sus hijos como sus hijas van a profetizar, así también lo hará el diablo, actuando como un espíritu de mentiras y falsedad. No sólo pondrá sus palabras falsas en la boca de los falsos profetas, sino también en la de las falsas profetisas (Ez. 13:1-9; 17-23. Paráfrasis).


10. Desconfíe cuando la persona no está dispuesta a conversar abiertamente sobre algunos temas. El maestro honesto, de buena gana recibe las diversas preguntas, aun cuando sus posiciones doctrinales sean examinadas. En cambio, el embustero no desea que nadie lo cuestione ni dude de él, por miedo a que se pongan de manifiesto sus verdaderos intereses. «Estar irritado por la crítica es reconocer que era merecida» (Tácito). El líder maduro se vale de la sabiduría de lo alto y Io demuestra a través de actitudes de pureza, paz, amabilidad, humildad y misericordia (Stgo. 3:13,18).


Pablo atribuye el mal obrar de muchos líderes al deseo de «arrastrar a los discípulos tras ellos» (Hch. 20:30). Mi propia observación es que, mientras más espiritual es una persona, menos deseos tendrá de gobernar a sus hermanos; cuando lo hace, es para cumplir el llamado del Señor. En general, el hombre que procura gobernar (dominar) lo hace porque tiene ambiciones egoístas. «La pasión de gobernar es la madre de la herejía» (Crisóstomo).


Estos puntos son algunas de las evidencias que pueden ayudarnos a discernir si hay maldad o falta de integridad en la vida de uno que se llama siervo del Señor. A la vez, hay que recordar que todo hombre es humano y, en alguna ocasión, pudo haber caído en una de estas trampas, sin indicar por ello que su estilo de vida sea el de un engañador.


¿CÓMO DEBEMOS PROCEDER EN LOS CASOS EN QUE EL FRUTO EN EL ÁRBOL MUESTRA QUE LA RAÍZ ESTÁ MAL?


Los problemas no resueltos no desaparecen, sino que, por el contrario, se van acrecentando. Entonces hay que actuar. A continuación se exponen algunas sugerencias, basadas en la Biblia, que fueron útiles en nuestra iglesia.


1. Es imprescindible comenzar con nuestras propias actitudes antes de proceder. Debemos sacar la viga de nuestro propio ojo antes de tratar de sacar la astilla del ojo de nuestro hermano (Mt. 7:3-5). ¿Estoy seguro de que mi posición es bíblica? ¿Son correctas mis actitudes? ¿He procedido de manera recta?


2. Debo hablar con la persona a solas para ver si se trata de un Apolos que sólo necesita ser instruido, o si es un verdadero lobo (Mt. 18:15).


3. Si no hay cambio, con actitud de amabilidad y con el profundo anhelo de que se corrija, debo intentar de nuevo en la presencia de hombres maduros (2 Ti. 2:24-26; Mt. 18:15-17). Si no hay arrepentimiento, es propio proceder al próximo paso.


4. Después debe ser claramente disciplinado, y se debe comunicar lo decidido a la iglesia. «Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio» (Tit. 3:10-11).


El remedio de Dios es la disciplina. Muchos toman pasos blandos con el «lobo» por temor a las consecuencias de la disciplina, para «no ofender a nadie». Sin embargo, el problema no se soluciona y el daño se incrementa. Recordemos la historia de Finees, quien hizo juicio y, como consecuencia, detuvo la plaga. Dios estableció un pacto de paz con él y le fue contado por justicia (Nm. 5:7-14; Sal. 106: 9-31).


5. Hay que tener cuidado con nuestras propias vidas, porque también podemos caer con facilidad (1 Co. 10:12; Gá. 6:1).


¡Que Dios nos ayude a velar y a cuidar la grey que Él nos ha encargado!

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