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Mujer

¿Dónde está el tesoro?

2 septiembre, 2008827 visitas

Sólo basta dar un vistazo a nuestro alrededor para entender la urgencia de tratar seriamente el tema de los valores. Es verdad que al pensar en esto nos sentimos un poco frustradas, porque, aunque comprendemos su importancia, cada vez parece más abstracta y difícil de transformar en actos de integridad concretos y generalizados. Un valor es aquello que apreciamos porque nos parece importante. Por eso todas las personas, por extraño que parezca, establecen su propio sistema de valores que sostiene sus acciones e intenciones. Cuando los actos de una persona van en contra de lo social o legalmente aceptable, significa que su sistema de valores tiene coordenadas (tal vez puntos de partida) diferentes a los demás, pero no por esto carece de ellos.


Ahora bien, los valores de algunos pueden ser su propio bienestar y el desinterés por las personas que le rodean. Podemos, asimismo, estimar comportamientos que a la luz de la Palabra de Dios son equivocados, como por ejemplo, gozar del mal ajeno, vengar las ofensas por la propia mano, considerar el dinero y la fama como medida de la dignidad personal y otros por el estilo.


Sin embargo, para determinar cuáles son los valores que efectivamente contribuyen a una vida mejor, que trasciende, debemos comenzar por considerar a Jesucristo como modelo de hombre en relación con el mundo. En Cristo, Dios nos ha mostrado cuáles son las normas y expectativas de su Reino. Mediante su vida, ministerio y enseñanza resaltó aquello que era verdaderamente importante. Es decir, a qué asuntos dedicar nuestro esfuerzo, qué es lo que debemos buscar de todo corazón, en fin… ¡nuestros tesoros!


La sociedad actual, al regirse por valores contrarios a los del Reino de Dios, se debate en medio de una profunda crisis moral y una absoluta desorientación en cuanto a lo que es correcto o no. Se caracteriza por la búsqueda egoísta de posesiones materiales y riquezas injustas, interés desmedido en obtener fama y prestigio, sobre valoración de la posición en la escala social, énfasis exagerado en la belleza y la apariencia, entre otros. Estos intereses han llevado a que se diluya lo fundamental y se exalte lo banal y pasajero.


Lamentablemente muchos cristianos hemos adoptado ese sistema. Nos hacemos pocas preguntas en relación con las consecuencias de nuestros actos, ya que el criterio para la toma de decisiones es que nos traiga placer y bienestar en lo inmediato. Parece que la satisfacción interna está en el centro de todas las búsquedas. Por el camino del individualismo hemos llegado a dejar de lado al otro —y sus necesidades— como referencia para limitar y ajustar nuestras decisiones. Es como si la tan pregonada libertad impidiera cualquier forma de solidaridad y empeño en el bien común.


Vivir en medio del mundo sin pertenecer a él no es tarea fácil. De hecho, el nivel de complejidad (así como en los juegos electrónicos) aumenta cada día. El relativismo y la poca atención a la vivencia de las convicciones nos han llevado a «alivianar» la fe que profesamos.


Insistiré, entonces, en el sonoro «pero entre ustedes no será así». Esta frase constituye un llamado del Señor a reconsiderar nuestros caminos. El cristianismo es una opción de vida que se opone —o debería oponerse— al sistema de este mundo.


Ciertamente, la integridad, que reúne los valores del Reino, se puede describir como la ausencia de fisuras en nuestro compromiso con su Palabra. ¡Vivir lo que creemos es el desafío! Por esto, mostrar coherencia entre aquello que predicamos y la forma en que realmente nos comportamos es el camino de testimonio más poderoso que se pueda conocer.


¡Qué glorioso sería que cada cristiano fuera una prueba fehaciente del amor eterno de Dios, donde no hay cabida al abandono ni a la negación de los demás! Ellos son imagen y semejanza de Dios.


Reconsideremos cada día lo que dirige nuestra manera de vivir y encontremos formas de vencer nuestros habituales mecanismos para esquivar la corrección del Señor. Por supuesto, éste no es un camino exento de luchas y sinsabores. Intentar reorientar los pasos siempre conlleva autoexamen y cambio. Muchas veces no sabemos ni por dónde empezar. Pero precisamente es, en ese momento de incapacidad en que descubrimos nuestra limitada visión, cuando el espíritu del Señor opera las transformaciones profundas que nosotras mismas jamás podríamos producir. Es su gracia la que nos conduce hacia lo que es bueno y agradable a sus ojos.


Amigas, el mundo que nos rodea está esperando con avidez muestras concretas de que es posible vivir bajo los valores del Reino, como honestidad, solidaridad y consideración respetuosa de los demás.


¿Seguiremos esperando todavía que otras personas empiecen a nadar contra la corriente? ¡Podemos ser nosotras, en medio de nuestra historia particular, quienes decidamos empezar! No olvidemos que donde está nuestro tesoro estará también nuestro corazón, y éste debe permanecer junto al corazón de Dios.


Tomado de Apuntes Mujer Líder, volumen IV, número 2. Todos los derechos reservados. Apuntes Mujer Líder es un ministerio de Desarrollo Cristiano Internacional

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