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Vida Cristiana

El avivamiento actual

15 julio, 2005612 visitas

En Brasil, hace diez años éramos diez millones de personas en las iglesias evangélicas. Ahora, según el último censo, somos 35 millones de habitantes. Diez años atrás representábamos el 6% de la población. Diez años después somos el 24% de la población. Si la Iglesia continúa creciendo, como ocurre actualmente, seguramente en la próxima década lleguemos a ser la mayoría de la población del Brasil. Pero piensen bien: el crecimiento explosivo de la Iglesia y este avivamiento fantástico y maravilloso que está sucediendo, trae también consigo implicaciones muy serias. Me gustaría hablar sobre algo que voy a llamar «avivamiento que procede del trono». Hemos tenido muchos avivamientos en nuestro medio, pero sólo hay uno que cambia la historia. Es el avivamiento que procede del trono del Señor.


He decidido discurrir sobre el avivamiento, comenzando por el Apocalipsis debido a dos razones: primero, el momento actual es apocalíptico. Cuando leemos la palabra de Dios y la comparamos con la historia humana alrededor de nosotros, percibimos algunas señales que son, decisivamente, señales apocalípticas en la historia presente; por ejemplo, la globalización política, las catástrofes naturales, la devastación ecológica, la miseria, la unificación económica, la violencia, el ardiente deseo de morir, la polución del medio ambiente, la brujería, la idolatría, los absolutismos económicos, la seducción que viene y que de alguna forma esclaviza al ser humano. Todas estas son señales que apuntan a un contenido bastante apocalíptico dentro de nuestra propia historia y en nuestros días. También, el Apocalipsis es la parte de la revelación de Dios que mejor nos muestra el trono de Dios. ¿Y esto por qué? En mi opinión personal, cualquier proyecto posible de avivamiento que no comience con una visión impactante del trono de Dios, no tiene la menor oportunidad de ser un avivamiento que nosotros podamos llamar saludable y bueno para nuestras propias vidas. Y esto, por una simple razón: es del trono de Dios que vienen todas las bendiciones.


En la visión del Apocalipsis, el trono es el centro del universo y necesita ser el centro de nuestras propias vidas. La palabra trono aparece más de 230 veces en la Biblia y 45 sólo en el Apocalipsis. En el capítulo 4, la palabra trono aparece 12, más que en cualquier otro capítulo del libro de Apocalipsis. De hecho, nosotros podríamos decir que en la visión del Apocalipsis todo en la vida ocurre alrededor del trono. Fuera del trono de Dios no hay nada que pueda suceder y al mismo tiempo pertenecer a Dios. En el Apocalipsis Juan dice que delante del trono hay siete espíritus de Dios; hay un arco iris semejante en aspecto a una esmeralda; hay otros veinticuatro tronos y un altar de oro lleno de incienso en las oraciones. Es también del trono que salen relámpagos, voces y truenos, como también el río del agua de la vida brillante como cristal. Asimismo nos ha dicho que delante del trono arden siete lámparas de fuego, que son los siete espíritus de Dios, y que hay como un mar de vidrio transparente como el cristal.


Es del trono que proceden las grandes decisiones impartidas. Se dice que los ángeles de apariencia casi indescriptible, raros seres vivientes, y veinticuatro ancianos, más las multitudes incontables de purificados por el Cordero, son los que tienen el privilegio de quedarse alrededor del trono. Y más aun, es delante del gran trono blanco que la humanidad entera será juzgada, los grandes y los pequeños, los ricos y los esclavos, los débiles y los poderosos. En fin, todos hombres que vivieron en la tierra. Apocalipsis dice que Aquel que es en el trono es el Cordero de Dios, mismo que fue muerto pero que vi por los siglos de los siglos, amén. Si todas las acciones de Dios vienen del trono, nosotros no podemos pensar en un avivamiento que no nazca, que no venga del trono de Dios. Todos 1os grandes momentos de quebrantamiento, de entrega apasionada, de devoción profunda, de compromiso con la santidad de Dios que ya sucedieron en la historia de la fe, fueron siempre porque el pueblo de Dios pudo ver el trono, temió y tembló delante de Aquel que está sentado en el trono.


Cuando miramos la historia bíblica, notamos que estas ocasiones están marcadas siempre por la percepción fortísima de la santidad, la soberanía y la realeza de Dios. Por ejemplo, Abraham se prepara para matar a su hijo, levanta el instrumento mortal pero Dios no permite que él concluya su acción, y alguna intensa experiencia queda en la mente de su hijo Isaac. De ahí en adelante, en el libro de Génesis nunca más se habla del Dios de Isaac; se habla del Dios de Abraham, del Dios de Jacob, y se dice el «temor de Isaac». Cuando Dios es afirmado como el Señor de los señores, la Voluntad de las voluntades, la Referencia de las referencias, el Absoluto de los absolutos, en cuya realidad todas las otras cosas se tornan relativas, en la mente de Isaac queda una realidad que estaría para siempre definiendo su propia existencia y su propia percepción de Dios. Si Dios es el Dios que está en el trono, yo tengo que temer y temblar delante de él.


O por ejemplo, en Génesis capítulo 28, cuando se habla de la escalera de Jacob; este tiene un sueño y cuando despierta dice: «Dios estaba en este lugar y yo no lo sabia». O cuando en el libro de Exodo, muchas veces el trono de Dios aparece en el desierto, la gloria de Dios es afirmada, las maravillas ocurren, se traen a los rebeldes y se doblega a los indomables, y hay alegría y fiesta con los ancianos de Israel y Moisés en el monte, siempre que el trono de Dios se manifiesta. O piensen en la santa angustia de Gedeón en contra del ángel del Señor. El dice: «Pobre de mi, porque yo vi el ángel del Señor cara a cara».


Piensen en el temor y temblor que el arca de la presencia de Dios traía dentro de la manifestación del culto del pueblo de Israel. El profeta Elí oye decir que el arca del Señor era llevada; cae hacia atrás, se desnuca y muere. Los que tocan el arca mueren, los que miran dentro del arca mueren. Hay una afirmación muy seria de que hay Alguien en el trono. Piensen en la oración de Salomón cuando el arca del Señor es colocada dentro del templo. Cuando el nombre de Dios es exaltado, el trono de Dios es percibido. Dice la palabra de Dios que los sacerdotes no podían entrar en el templo por causa de la presencia de la gloria de Dios. Piensen en el trono, en la experiencia de Daniel (Dn. 7.15). El afirma: «Mi espíritu quedó alarmado cuando vi el Anciano de días y el trono». En el capítulo 8, verso 27 dice: «Quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días, y cuándo convalecí, atendí los negocios del rey; pero estaba espantado a causa de la visión, y no entendía». En el capitulo 10, versos 16 y 17 él dice: «Señor mío, con la visión me han venido dolores, y no me queda fuerza. ¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor?»


El trono aparece también en la percepción de Ezequiel acerca de la gloría de Dios y es resultado es el mismo. Dice: «Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro…» (Ez. 1.28). El trono aparece como lenguaje de la soberanía de Dios en todo el Nuevo Testamento. Está en el centro de todos los acontecimientos que nosotros podemos legítimamente darle el nombre de avivamientos en la historia. ¿Qué fue lo que sucedió en los días de Whitefield y John Wesley en Inglaterra? Hubo una fuerte percepción de que hay Alguien en el trono y de que Él es santo, santo, santo. ¿Qué fue lo que sucedió en los días de Finney, sino que hubo la misma percepción de que hay Alguien en el trono, y Él es santo, santo, santo? ¿Qué sucedió en los días de Jonathan Edwards, sino la misma percepción de la santidad de Dios?


Preste atención: el peligro en Latinoamérica es que podamos tener un avivamiento sin trono. Nosotros vivimos el terrible peligro, en Latinoamérica, de crearnos aquí lo que yo llamaría, «un avivamiento a la latinoamericana», que es un avivamiento sin temor y sin temblor, un avivamiento sin la presencia del Dios santo, un avivamiento sin trono. Esto puede ser cualquier experiencia, menos un avivamiento que vaya a cambiar la historia.


Lo que hoy me aflige muchísimo en mi país es que cuando veo el crecimiento de la Iglesia y lo comparo con la situación de la nación y, más aun, cuando veo el tipo de contribución que la Iglesia que crece tanto ha dado al país, mi corazón queda profundamente entristecido. Si continuáramos creciendo como estamos creciendo, vamos a ser la mayoría, pero mayoría en un país de miserables, mayoría en un país de corruptos, mayoría en un país de inmorales, mayoría en un país vendido a la prostitución, mayoría que no logra ninguna diferencia, mayoría que no experimenta en sí misma ninguna diferencia.


Algún tiempo atrás me enteré que el 45% de los niños que están en las casas de recuperación del gobierno en el Brasil, niños de las calles, abandonados, tienen familias evangélicas. ¿Usted cree en el avivamiento? Yo creo en el avivamiento, pero yo no quiero un avivamiento que deje el 45% de los niños en las calles. ¿Usted cree en las visiones? Yo sí creo en las visiones y revelaciones y en la profecía, pero yo no quiero pasar por un avivamiento que tenga visiones de los cielos, pero no abra los ojos para ver la cruda realidad que está alrededor de la vida.


El «avivamiento a la latinoamericana» tiene mucho legalismo pero no conoce la santidad. No puede con lo que debería poder. Debería poder vivir, contentarse, comer y alegrarse. Puede lo que no debería poder: no debería poder mentir, entregar y engañar. El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel avivamiento lleno de emociones que no tiene ninguna consecuencia profunda de cambio de vida en la existencia de aquel que se encuentra en los cultos. Estamos llenos de caídas en el Espíritu. Yo creo en esto. Soy un presbiteriano profundamente pentecostal; pero hermanos, mi pregunta no es si usted puede o no caer en el Espíritu, sino más bien si usted puede o sabe o no sabe andar en el Espíritu. Caer en el Espíritu es muy fácil; andar en el Espíritu es otro asunto.


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel avivamiento que le gusta manipular el poder de Dios, pero que no acepta someterse a la palabra del Dios de poder. Ese es el peligro moderno: jugar, manipular en el poder del Espíritu y no someterse a la palabra del Espíritu. El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel avivamiento que vibra con milagros extraordinarios, pero que no vibra con la misma alegría en relación a la práctica de la justicia y de la verdad.


He visto en muchos países de América latina, especialmente Brasil, que es muy fácil saber los asuntos por los cuales las personas no darán su «amén» o «aleluya». Si usted quiere mimar su ego dentro iglesia evangélica brasileña le muy simple. Haga una lista de afirmaciones que si usted llegar proclamarlas las personas se pondrían de pie y le aplaudirían. Entre ellas, diga que Jesús va a tirar abajo la idolatría; diga que Jesús va a destruir espíritus malignos, los dioses de la opresión espiritual. Diga que Él va a sanar a los enfermos presentes. Los «aleluyas» van a controlar de tal manera el ambiente, que usted no va a poder ni siquiera continuar. Pero diga que Él es un Dios de justicia, aborrece a los poderosos inicuos, que derrumba a los pastores impuros, que quiere purificar su liderazgo, que está interesado en que los hombres de negocios evangélicos no sean inicuos, ni injustos como los demás. Usted no sacará, ni oirá un solo «aleluya» del auditorio. Esto es un «avivamiento a la latinoamericana», que sólo tiene «aleluyas» para la lista que les agrada y no tiene «amén» ni «aleluya» para la totalidad de la voluntad de Dios.


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel avivamiento que celebra los números extraordinarios de los que entran por la puerta del frente de la iglesia, pero que no mira la tragedia de los que están saliendo por la puerta del fondo.


Hace dos semanas la hija de un amigo mío, en la ciudad de San Pablo, fue secuestrada. Fue una situación terrible. Me encontraba en casa cuando él me llamó pidiéndome que fuera hasta San Pablo. Dos horas después estábamos en su casa. Aquel mismo día, a las 10:30 de la noche, la joven fue devuelta a su hogar. Alabamos a Dios juntos por ello. Sin embargo, al día siguiente llegó la tragedia. Peor que la noticia de que ella había sido secuestrada fue la noticia de quiénes la secuestraron: cinco jóvenes pertenecientes a una iglesia evangélica vecina.


Hace un año me enteré, a través de un centro de estudios en la ciudad de Río de Janeiro, que no hay otra institución en el Brasil con el potencial de la iglesia evangélica. Quiero decirles que si sólo el 5% de los templos evangélicos en la ciudad de Río de Janeiro estuvieran abiertos para tener alguna actividad durante la semana, la población entera de la ciudad sentiría la diferencia, porque los niños de las calles tendrían un lugar para estar. Digo sólo el 5%. Nuestros templos están llenos de personas con las manos elevadas al cielo. ¿Cuándo llegará el día en que todos los que traen manos limpias para celebrar su nombre también extenderán sus manos generosas para recibir al prójimo?


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que pone una Biblia en las manos de cada uno de los que entra a la iglesia, pero que no inspira al conocimiento de la palabra de Dios en el corazón de los que llegan.


Hermano y hermana, preste atención: cuanto más se transforma la palabra de Dios en un libro, menos se tiene a la palabra de Dios en el corazón. Usted puede poner el Libro debajo del brazo; puede servirle como decoración de su espiritualidad; la versión hasta puede denunciar el tipo de actitud teológica que usted tiene; pero la tragedia evangélica es que para nosotros la Biblia es el Libro de Dios, pero no hemos tenido la Palabra en nuestro corazón.


Somos el «pueblo del Libro», no somos el «pueblo de la Palabra». Y más aun, el «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que habla de derrumbar a los ídolos paganos de la sociedad, pero es inoperante en cuanto a doblar el ego autoglorificado de los líderes de la iglesia al Señor de los señores. El avivamiento empieza con el derrumbamiento del ego de los líderes de la iglesia.


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que filtra los mosquitos de las más legítimas alegrías humanas, mientras se traga los camellos de las más asquerosas contiendas del poder, manipula las conciencias y no tiene patrones mínimos de ética en la vivencia diaria de la fe. El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que enseña que cualquier negocio es válido, mientras que el resultado sea la predicación del Evangelio.


Veinte días atrás recibí una llamada telefónica de un diputado evangélico del Congreso brasileño. Este me decía que el presidente de la República, antes de su caída, lo había invitado a un almuerzo. En aquel encuentro el presidente lo miró y le dijo: «Te doy todo lo que quieras si consigues que otros evangélicos voten por mí». El diputado en cuestión me llamó diciéndome: «Hermano Caio, yo tengo que votar en contra de la interpelación a Collor, porque él me prometió que me daría todo lo que pidiera». A lo que yo le dije: «Hermano, ¿no consigues oír en sus palabras el eco de una declaración antigua de hace 2.000 años hecha por otro emperador mucho más poderoso que Collor en el desierto de Judea, que dice: “Todo esto te daré, si postrado me adorares”?» Me respondió: «Pero, hermano Caio, el presidente me ha dicho que me concederá algunos canales de televisión y radio, que servirían para predicar el Evangelio». Entonces le dije: «Mire hermano, hay uno que es justo Juez. Dios es Dios de verdad, de justicia y su nombre no está a la venta».


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que aplaude la visita de las autoridades inicuas a los cultos con más alegría de la que aplaude a la exaltación del trono de Dios sobre los gobernantes inicuos; que da a tales autoridades la palabra con mucha honra, pero que niega darle honra y voz a los santos y simples que aun no siendo frecuentes, están en nuestro medio.


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que viene para matar, robar y destruir. Mata porque tiene el placer de vivir; roba porque se le ha robado a los hermanos a través de todo el continente en nombre de la fe; destruye porque hay personas que están enloqueciéndose en nombre del avivamiento, pero nosotros queremos el avivamiento de Aquel que dice: «Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia».


Hace tres meses, una actriz de la televisión brasileña estaba siendo entrevistada en el mismo programa secular de televisión que yo estaba. Y cuando terminamos aquel programa, de televisión entre los bastidores ella me dijo: «Fue muy bueno para mí encontrarlo a usted y hablar sobre Dios y Jesús, que es lo más lindo en que se puede pensar, porque yo he tenido una experiencia muy terrible últimamente». Le pregunté cuál había sido esta experiencia, y ella me dijo que una amiga de su hija se había convertido en una iglesia evangélica. «Antes de la conversión tenía un cabello hermoso, un lindo rostro sonriente, alegre, lleno de vida, pero después de la conversión cambió completamente. Su rostro está pálido; la cara ya no es bonita; olvidó la capacidad de poder sonreír». «Pastor Caio, ¿Qué hay en su iglesia que cuando las personas se convierten cambian?»


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel en el cual se grita mucho, pero no se llora nada; se canta mucho, pero se alaba poco. Se arrodilla mucho, con mucha facilidad, pero se somete a Dios con mucha dificultad; se predica mucho y con mucha frecuencia en contra del pecado, pero se vive con mucha tranquilidad y descaro la práctica del pecado.


El «avivamiento a la latinoamericana» es el que enseña a los cristianos a celebrar su bendita prosperidad material con mordacidad, ironía e impiedad en relación a la miseria de la resaca de la sociedad, sin ningún tipo de compasión. para con ella.


Hace algunos meses, tuvimos una tragedia en el Brasil ocasionada por las lluvias, por lo que le pedí a la secretaria de la Asociación Evangélica Brasileña que juntamente con el Ejército de Salvación movilizase a algunas personas para reunir recursos a fin de ayudar a la población. Entonces ella tomó una lista de lideres evangélicos y comenzó a llamarlos pidiéndoles ayuda. Uno de ellos le dijo lo siguiente: «Dígale al pastor Caio que yo voy a ayudar en consideración a él, porque es un hombre de Dios, pero me gustaría que quedase claro que solamente lo hago en consideración a él, porque para mí los pobres, miserables, incrédulos no son dignos de mi compasión». He aquí la teología de la prosperidad, que anda por ahí con cara de avivamiento pero que estimula al cinismo, la mordacidad, la ironía, la insensibilidad para con los demás.


El «avivamiento a la latinoamericana» es aquel que es ejercido por los lideres evangélicos que prohiben a los cristianos en nombre de la fe a tomar opciones políticamente sanas en la historia, circunscribiendo toda la importancia a la pelea de las regiones invisibles; mientras que ellos mismos son los que hacen maniobras políticas, nada éticas, a fin de favorecerse personalmente de la alienación del pueblo en las instancias más concretas de la historia.


El «avivamiento a la latinoamericana» es lo que está haciendo crecer mucho a la Iglesia en Latinoamérica, pero sin cambiar nada en el continente. Avivamiento que tiene que convertirse en verdadero avivamiento o será nuestra mayor catástrofe en un máximo de veinte años. Si el «avivamiento a la latinoamericana» prevalece, nosotros tendremos un continente de mayoría evangélica cuyas expresiones de vida serán absolutamente parecidas a las de los grandes períodos de la victoria de la cristiandad en Europa, donde había un rey cristiano, una corte cristiana, una oficialía cristiana, un pueblo cristiano, pero donde también había las más perversas formas de explotación del prójimo, las más raras aberraciones religiosas, las más descaradas acciones entre la iglesia y el poder. Y más aun, donde intenta colocar a Dios al servicio los intereses grandiosos de los explotadores de la fe, donde la fe rescatada del paganismo circundante se torna un infierno que atormenta la vida de esos rescatados que viven ahora en una desgracia de existencia enferma y sin dignidad.


Mi hermano, mi hermana, sé estoy diciendo la clase de cosas que nadie interrumpe para decir amén ni aleluya, pero no es preciso ser profeta. No hablo como profeta, apenas como alguien que tiene los ojos abiertos para ver que la realidad en el Brasil no debe ser muy diferente de la realidad en otros países. Durante los próximos días voy a estar hablando sobre el verdadero avivamiento, el único que puede aún rescatamos del «avivamiento a la latinoamericana». En materia de avivamiento no hay modo distinto. O sucede a la manera de Dios o muere en la ilusión de la alegría evangélica superficial inoperante. Usted tiene la opción de continuar con el teatro del «avivamiento a la latinoamericana» o temer, temblar y quedarse postrado delante de Aquel que está sentado en el trono.


Mi oración es que todos podamos tener una tremenda, impactante y demoledora percepción del trono Dios.


Que Dios les bendiga, hermano y hermana.

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