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Reflexión

El caso de Alicia…

15 julio, 2005401 visitas

-Una de las frustraciones más grandes en el ministerio-, me decía un pastor no hace mucho, -es un cierto tipo de mujer que aparece en todas las iglesias que he pastoreado. En esta iglesia se llama Alicia. Es una trabajadora incansable; ya sea en reuniones de comisión o para sacar yuyos en el jardín. Prácticamente vive en la iglesia. Siempre está activa pero no llega a una amistad íntima con nadie. Sin embargo, todos la consideran como un modelo de servicio cristiano.


El problema surge cuando ella considera que sus esfuerzos le dan el derecho de tomar decisiones unilaterales en la iglesia o en áreas que no son de su incumbencia. Así termina creando más problemas que los que ella misma soluciona con su trabajo-.


-Lo más difícil en los tratos con Alicia-, dijo continuando con la explicación, -es que todos se sienten culpables por no estar de acuerdo con sus opiniones. Una señora me dijo que estaba afectada por algo que dijo Alicia, y cuando le sugerí que se lo dijera personalmente me respondió que no podía. “¿Quién soy yo para criticar a Alicia si hace tanto por la iglesia y yo tan poco?”, me dijo-.


Recordando mis años en el ministerio, me doy cuenta que, prácticamente, todos mis colegas han tenido una “Alicia”. Su nombre cambia, pero las frustraciones que generan son las mismas. (A veces el problema se llama Armando, aunque el fenómeno predomine entre las mujeres). Aparece cualesquiera sea la denominación o énfasis teológico del grupo, especialmente en iglesias chicas, donde los obreros son pocos y los que trabajan mucho logran considerable poder.


En verdad, el peligro más grande es que en la iglesia los otros lleguen a creer que sí Alicia no está en todos los programas, estos fracasaran. La fuerza del cuerpo se debilita cuando los individuos dudan de sus propios dones y le dan lugar a Alicia.


Aunque es una ironía, a menudo Alicia se queja de que más gente debiera ayudar en la iglesia, pero al mismo tiempo, no comprende que sus esfuerzos incesantes hacen que los otros se queden en segundo lugar.


-Una vez logré que ella desistiera y dejara a otros tomar la responsabilidad-, dijo un pastor. -Le dije: “Quizá no habrá galletitas un domingo cuando se sirva el café. Si eso es necesario para que los demás se den cuenta, está bien. La próxima vez se organizarán ellos. Y si después de algún tiempo nadie se siente molesto, quizá las galletitas no sean tan necesarias, después de todo”-.


No pasó mucho tiempo hasta que Alicia vio que nadie se había anotado para traer comestibles para servir con el café y se apareció con una enorme torta. Ese domingo la persona responsable también trajo una torta. Alicia no la había consultado y fue la gran superposición.


El hecho es que cuanto más esfuerzo hace Alicia, menos se esfuerza la congregación. Están más que dispuestos a que otro se haga cargo. Y Alicia es confiable. La gente la felicita por su trabajo porque, en realidad, están contentos de que ellos no lo tienen que hacer. Tal deshonestidad en las relaciones tienen un precio. Es un círculo vicioso. Los demás se sienten débiles y dependen más y más de Alicia. Comienzan a resentiría pero están felices de que ella los reemplace.


A medida que Alicia continúa trabajando en lugar de otros logra una gran influencia, especialmente entre los miembros más necesitados como los que tienen enfermedades crónicas y las viudas. Esto crea tensiones porque si alguien no está de acuerdo con Alicia aun en detalles administrativos, los miembros más vulnerables que la aprecian, se sienten afectados y confundidos. Las políticas y las decisiones no deben estar sujetas de esa manera a lealtades personales y por temor de afectar a otros.


No es suficiente, sin embargo, que los que toman conciencia de la situación simplemente critiquen a Alicia o hagan correr chismes acerca de ella. Es más positivo reconocer lo que esta situación revela, no sólo en Alicia sino en la iglesia. En todos los casos se requiere la verdad, el amor y la misericordia restauradora de Dios.


Yo procuro enfocar mi oración y mi accionar en dos sentidos: ¿Qué le impulsa a Alicia a hacer todo esto? y ¿Por qué le permitimos que lo haga, aunque nos produzca enojo?


Consultando con otros pastores acerca de este problema descubrí que el “perfil de Alicia” no es el de una persona de gozo completo. No se siente realizada en su vida personal. A menudo, en esa edad cuando los hijos se van del hogar, transfiere su necesidad de influenciar a otros, de su hogar a su iglesia. A veces no tiene una relación satisfactoria con su esposo, que posiblemente no tenga la fuerza de imponer los límites que requiere el amor. En verdad, es posible que sea un ama de casa sumamente diligente y él tenga un sentido de culpa porque sólo piensa en criticarla.


Posiblemente, ella asista regularmente al estudio bíblico pero rara vez comparte sus sentimientos más íntimos por temor a descontrolarse cuando las heridas profundas salgan a la superficie. Quizá prefiera que se ore por otros cuyas necesidades son “tanto mayores”. Si pide oración, generalmente es sólo para que ella pueda continuar sirviendo al Señor fielmente.


La mejor manera de ayudar a Alicia es orando, pidiendo que llegue a tener una mayor comprensión del amor de Jesús. Podemos pedir que Jesús, tiernamente, traiga a la superficie esas heridas íntimas y su necesidad de aceptación y aprobación; que El derrame sobre ella su amor sanador, que la libere de esa compulsión a trabajar. Sólo entonces podrá servir a otros con gracia y con gozo.


A veces, algunos pastores que conozco han tomado la iniciativa y han hablado con Alicia, pidiéndole de antemano al Señor una dosis extra de compasión. Un pastor se expresó de esta manera: “Estoy preocupado de que usted esté involucrada en tantos aspectos de nuestra iglesia de tal manera que no permite que los otros desarrollen sus propios dones en esas áreas. Están llegando a depender de usted”.


En general, es mejor evitar extensas expresiones de apreciación a Alicia por el trabajo que realiza en la iglesia. En alguna manera, esas tareas distraen su atención de sus verdaderas necesidades. Agradecerle por sus buenas obras es como darle vino a un alcohólico. Palabras honestas, directas, dichas con amor son más eficaces para quebrar los esquemas. Es correcto confesarle a Alicia que uno se ha aprovechado del afán de trabajar para evitar hacer el trabajo uno mismo o pedirle a otros que lo hagan. Otro pastor alentó a los que estaban conscientes del problema de Alicia a hablarle directamente, en verdad pero con amor. Otras mujeres de la edad de Alicia que habían aprendido las disciplinas de intercesión y compasión fueron de mucha ayuda.


La intercesión y confrontación en amor puede guiar a Alicia a hacerse a un lado. Pero a no ser que la congregación admita su responsabilidad en crear y sustentar a una Alicia, luego surgirá otra persona en su lugar. Una Alicia no puede continuar con su responsabilidad excesiva y autoridad sin la cooperación de la iglesia, aunque ésta se la dé a regañadientes.


La tarea de la iglesia no es cambiar a Alicia; eso lo hace Jesús. La iglesia sólo puede hablar la verdad con amor y rehusar tomar parte en el juego de “niños haraganes y madre hace lo todo”.


Si otros comienzan a tomar su responsabilidad verdaderamente, es posible que por esta misma razón Alicia se aleje. Esta pérdida es lamentable, no porque la iglesia haya fallado sino porque Alicia no puede comprender que la iglesia es una comunidad donde encontrará el amor y la sanidad que necesita desesperadamente. Es triste cuando una necesidad no es satisfecha; es trágico cuando Dios está dispuesto a suplir una necesidad que nosotros rehusamos reconocer.


Así comenzamos a comprender cómo el servicio de Alicia no alcanzó lo que Dios había propuesto. El servicio cristiano comienza no con una toma de conciencia de nuestras fuerzas y un deseo de servir sino comprendiendo nuestro quebranto y con deseos de ser sanados. Por esto Jesús lavó los pies de sus discípulos; insistiendo: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo… Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13.8,15).


Al igual que Pedro, Alicia no quiere que Jesús le lave los pies. Su deseo de servir a otros es más fuerte que su deseo de dejar que Jesús le lave los pies, porque no quiere que nadie vea la suciedad que hay allí, las heridas que atenían contra su imagen de una dadora. Ella cree que sus fallas la descalifican para el servicio; para Jesús, el quebranto, así como el suyo sobre la cruz, es la condición principal para el servicio.


Todo esto, por supuesto, es difícil de discernir para una congregación y puede tomar muchos años. Así como uno no se anima a sacar los yuyos de un jardín hasta que todas las semillas han crecido su suficiente para ser identificadas, así también nosotros debemos ser cautelosos al dudar o juzgar con demasiada premura las buenas obras de algún miembro de la iglesia. De hecho, el problema a menudo se agrava cuando los que primero se sienten incómodos con Alicia reaccionan con resentimiento que inmediatamente impulsa a otros a defenderla.


El hablar “la verdad en amor” es la clave de “crecer en Cristo”, ya sea para una Alicia que necesita aprender el significado del verdadero servicio o para la congregación que necesita enfrentar la debilidad de un miembro y la suya propia.


Apuntes Pastorales


Volumen V Número 3

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