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Liderazgo

El empleador que todos llevamos dentro

15 julio, 2005497 visitas

Estaba yo en mi primer año de seminario y vivía, literalmente, al día. Mi iglesia local me pagaba el costo educacional y el trabajo de refacciones que el mismo seminario nos había ofrecido para ganamos unos pesos ya se había terminado.


 



Cierta mañana llegó un industrial cristiano al lugar donde nos encontrábamos platicando entre los estudiantes, con el infaltable mate argentino de por medio. Era un empresario creyente conocido de la denominación y nos venía a ofrecer trabajo. Entre otras cosas, me ofreció que le pintara algunos carteles en unos inmensos silos para depósito de cereales que su propia fábrica estaba construyendo en una ciudad cercana. Para que no dejara mis estudios, me facilitaría la tarea trayéndome al seminario las partes metálicas donde debía ir pintando esas inmensas letras. Luego, una vez pintadas dichas leyendas, esas partes serian montadas por sus operarios en lo alto de dichas construcciones. Nos pusimos de acuerdo sobre cuándo comenzaría el trabajo y en el tiempo en que el estudio me lo permitía fui pintando esos carteles.


 



Al terminar la tarea, unas dos semanas después, este hombre se acercó y me dijo: “Muy bien, Miguel, ¿cuánto te debo?”. Hasta ese momento, toda mi experiencia laboral había sido remunerada mensualmente, por un salario a fin de mes. Nunca había determinado el valor de mi propio trabajo. Así que en ese momento me sentí más desorientado que aquel mayordomo timorato con el talento en la mano; no sabía qué decir ni qué hacer. Este buen hermano había venido a darme un trabajo de letrista, como para un profesional, siendo yo un neófito en el asunto. Había sido un verdadero acto de amor y hasta sentía que el mismo gesto de traemos trabajo ya era bastante paga. “Y…, no sé, hermano; deme lo que usted crea conveniente en estos casos”, atiné a decir.



“No. Es tu trabajo y tú me tienes que decir cuánto vale. Dime lo que sea que yo te lo pagaré. Y apúrate porque ya estamos comenzando otra obra en otra ciudad y necesito que hagas otro cartel para allí también”.


 



A esa altura yo ya no entendía nada. Las letras me habían salido muy lindas y prolijas, pero no sabía cuánto cobrar por ese trabajo, así que le pedí que me otorgara unos días para averiguar y luego le diría cuánto era el trabajo. El estuvo de acuerdo y me trajo las otras partes para comenzar el segundo trabajo.


 



Por mi cuenta me puse a investigar cuánto cobraba un letrista profesional por una cosa así. Llegado el momento, y tratando de ser razonable, di “mi precio”, que sería un 30% del que se cobraba en el mercado, ya que yo no era un profesional. Este hombre me pagó sin ningún comentario, percal tener que pagar mi segundo trabajo, me dijo: “yo también he averiguado cuánto cuesta este trabajo”. Y a renglón seguido me pagó el doble de lo que yo pedía, agregando: “Tu trabajo vale más de lo que pides, porque lo has hecho bien”.



 


Todos nosotros somos, de alguna manera, empleadores. Posiblemente no tengamos una fábrica, un comercio o una granja con personal trabajando a nuestras órdenes, pero preste atención: ¿Tiene alguna persona que ayuda a su esposa con el lavado y planchado de la ropa, o con el aseo de la casa? ¿Viene alguna enfermera vecina a colocarle inyecciones cuando usted se enferma? ¿Alguna muchacha, de vez en cuando, cuida sus niños cuando ustedes tienen alguna actividad? ¿No es, acaso, una especie de “empleador” cada miembro de una iglesia que sostiene a un pastor o misionero? Sí; vivimos en un mundo mercantilizado y a veces estamos de un lado de la ventanilla y en otras del otro lado.


 



No quiero hacer una apología sociopolítica, sino hablar de la ética personal en mi consideración de lo que el trabajo de mi prójimo merece. Una verdadera ayuda práctica de sugerencias en remuneraciones deberá escribirse en un artículo más grande, pero déjeme traer aquí un versículo bíblico de profecía pura. Jeremías 22.13 dice: “Ay del que edifica su casa sin justicia y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde y no dándole el salario de su trabajo”(BdlA).


 



Este buen hombre podría haberse quedado tranquilo si me pagaba el precio que yo le decía, pero él sabía que mi trabajo valía más. Hay quienes se escuchan diciendo que pagan lo que la ley del país indica, pero todos sabemos cuan mínimo es lo que las leyes estipulan, en especial en nuestro Tercer Mundo.


 



Creo que debemos hacernos dos preguntas para aseguramos el caminar justamente: 1) ¿Estoy haciendo justicia con lo que pago? y 2) A mi lado, ¿esta persona podrá progresar?


 



Cuando estemos de éste lado de la mesa, cuando nos toque jugar de “patrón”, recordemos a Jeremías cuando le hablaba a Joacaz, el hijo del Rey Josías y le advertía: “Ay del que…”, etcétera, etcétera. En ese momento seremos provisión de Dios para el prójimo y ejecutores de justicia.


 



Apuntes Pastorales, Volumen VII – número 3. Todos los derechos reservados.

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