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Liderazgo

El ministerio ungido

15 julio, 2005773 visitas


– Dr. Antonio Rengifo. Nació en el Perú; ha vivido muchos años en Costa Rica y en los Estados Unidos. Actualmente es misionero, con una asignación en educación teológica de la Junta de la Misión Bautista del Sur, en Costa Rica. Casado, con una hija, es director de la Comunidad Teológica Bautista Mesoamericana y profesor de Historia de la iglesia y de Historia del pensamiento teológico latinoamericano, en el Seminario Teológico Bautista de Costa Rica.



– Pastor Rubén Córdoba Lara. Es costarricense y trabaja con la denominación Iglesias de Santidad Pentecostal de Costa Rica. Actualmente es el pastor del Centro de Adoración en la Florida de Tibás y presidente de la Fraternidad de Pastores de San José. Casado, con dos hijos, fue presidente de la Alianza Evangélica de Costa Rica durante 1982-1984. En el presente es profesor de CURSUN Internacional.



Apuntes Pastorales: Hay mucha controversia hoy sobre el concepto de ser ungido y sobre el llamado al ministerio. Muchos dicen que todos están llamados al ministerio. Otros, que hay llamados y ungidos especiales. ¿Hay un llamado más específico al ministerio; y a qué ministerios?



Rubén Córdoba: Yo creo que ese llamado al ministerio es diverso y muchas veces es todo un proceso. En mi caso, yo trabajaba para el periódico La Nación; mis estudios eran en administración de empresas. El pastor encontró en mí algunas habilidades para dirigir, para hablar, para enseñar… Creyó pues que había un llamado. Yo nunca lo creí. El Señor fue poniendo en mí el interés de estudiar en el instituto bíblico y oportunidades para servir. La iglesia comenzó a ver en mí posibilidades, capacidades que yo no creía tener. Cuando el pastor renunció, los misioneros creyeron que yo debía seguir. Fui encontrando el llamado al ver que la gente se convertía: también había sanidades y diferentes tipos de manifestaciones del Espíritu Santo. Hoy estoy completamente seguro de mi llamado como pastor. Creo que es un proceso donde el Espíritu Santo del Señor va estableciendo el ministerio en la vida del hombre.



Antonio Rengifo: Creemos que el llamamiento a ser hijos de Dios ya es especial. Es Dios llamando al pecador a una relación con Él. Y hay una severa afirmación divina según la cual el sacerdocio universal del creyente, el hijo de Dios está llamado a servir. El servicio se da en función de un llamado a la salvación, “¡porque por gracia sois salvos por medio de la fe… Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas!” El servicio al Señor es la respuesta a un llamado, en primer lugar a la salvación, en segundo lugar a una relación con Él. Él no tiene interés en lo que hacemos por Él, si es que primeramente no posee nuestra vida, nuestra consagración, nuestra relación personal con Él. Un servicio especial se desprende de una relación personal con el Señor, porque no podemos servirle si no le conocemos en intimidad y en plenitud.



AP: ¿Pero diría que sí hay un llamado especial al ministerio pastoral, al ministerio evangelístico?



RC: Yo considero que muchas veces el llamado no depende de la persona. La misma iglesia, y aquellos a quienes estamos ministrando, son los que nos ayudan a definir el llamado. Comenzamos a participar en las actividades, y en ese proceso, los ministerios reconocidos de la iglesia comienzan a ver en una persona cualidades, dones, de los uno ni siquiera se ha dado cuenta. Y al tener uno oportunidades de servir en la iglesia, comienza a establecerse y a definirse el ministerio.



AP: ¿Cuál es la importancia de esa confirmación al ministerio? Porque todos hemos encontrado jóvenes que dicen: ¡Yo soy llamado para esto! Sin embargo uno no ve el fruto.



RC: Hay personas que dicen estar en el ministerio, que dicen tener un llamado y realmente no se ve el fruto de ese llamado. Se ve que están viviendo en frustración continua, y se ve no solamente en el fruto del ministerio, sino en su vida personal, con su propia familia y, por qué no decirlo, hasta económicamente. Tienen problemas muy serios; sin embargo, insisten en permanecer en el ministerio. Tienen que revisar bien para estar seguros de que el ministerio que creen tener viene de parte de Dios, a fin de que no sea solamente emoción, entusiasmo, interés.



AR: Yo creo que es muy importante que la persona llamada a cualquier ministerio, tenga conciencia de que ese llamado está en función de la necesidad en el cuerpo de Cristo. La iglesia puede cuestionar el llamamiento; si no está respondiendo a una necesidad específica del cuerpo, es tiempo de que el cuerpo mismo se lo haga saber. El cuerpo de Cristo tiene funciones específicas, y cuando el Señor llama a suplir esas necesidades, para determinados hermanos ese es su llamado especial, ese es el llamado concreto para el cual el Señor lo ha equipado, lo ha llenado de gracia, y le ha dado los dones necesarios.



RC: Don Antonio, pero también yo pienso que muchas personas están mirando la iglesia, sólo con base en esos cuatro ministerios que nos habla Efesios 4:11. Pero se olvidan de que hay ministerios auxiliares, ministerios que son imprescindibles y que son muchas veces tan importantes como cualquiera de estos otros de pastor, profeta, evangelista. Por ejemplo el de servicio, de administración, de compasión por las necesidades de las personas. La iglesia no funcionaría correctamente si esos dones no se dieran en ella, dones que son muy, pero muy importantes. Entonces deben estar atentos pues el Señor llama de diferentes formas.



AR: Don Rubén, me animo a compartirle lo que hace muchos años, cuando era mozo en la fe, el Señor me permitió entender. En la iglesia los jóvenes teníamos la asignación de preparar la sala de reuniones los domingos. Aquel domingo le tocaba a otro joven. Cuando llegamos, no había hecho nada. Todos los muebles estaban en desorden, lo cual me enojó en gran manera. ¡Qué irresponsabilidad! Comenté. ¿Cómo es posible que nos haga esto? Ya estaba esperándolo para darle un “sermón” a este joven compañero. Comencé a arreglar las cosas, cuando llegué a un rincón donde vi una Biblia arrojada en el piso, abierta, con el versículo 58 de 1 Corintios 15 subrayado. “¡Así que hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano!” Le dije al Señor que no me gustaba barrer ni levantar muebles o sacudir el polvo; pero que lo estaba haciendo en su nombre, y para salvar la situación. Comencé a trabajar dándome cuenta que aquella acción tan pequeña, tan ínfima y tan humilde, era un servicio al Señor y tenía que hacerlo con alegría, y toda mi actitud de servicio desde entonces cambió radicalmente. Por eso, a mí me incomoda la idea de un “ministerio especial”. Al levantarnos por la mañana a veces no sabemos en qué medida nuestras actividades tendrán trascendencia; pero, por más modestas que sean, serán importantes, si son para el Señor y no para los hombres.



AP: Entonces, en un sentido, el llamado es un llamado a servir al Señor y punto. Sin embargo, a través de la historia hay muchos ejemplos como Dwight Moody, Charles Finney, Juan Wesley que hablan de un momento especial, de una unción especial, donde en alguna forma esa persona, que ya es hijo de Dios, siente una unción especial, el toque de Dios, y en ese punto su servicio empieza a ser más eficaz. ¿Cuáles son las claves? ¿Qué es lo que uno puede hacer, o no debe hacer, para que la bendición de Dios sea sobre su vida?



AR: Mi esposa y yo pasamos por un proceso de discipulado, usando los materiales de Henry Blackaby. Nos ha hablado de una necesidad de acercarnos al Señor y entender nuestra relación cotidiana con Él antes de poner la mirada en algún ministerio. Pablo dice que nuestra competencia viene del Señor. Si es así, entonces esa unción especial, tiene que desprenderse de una relación personal con Él. Y yo creo que ahí está la clave. Juan 14:23 es para mí otra de las puertas que se abre a esta nueva dimensión del servicio especial. “Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” Hermanos, estoy preocupadísimo por esa “fiebre” por los títulos y por las preparaciones especiales. Les digo con mucha modestia que mis credenciales no proceden de cuán preparado esté formalmente. Mis credenciales provienen de la medida de mi cercanía con el Señor.



RC: Creo que toda la capacitación teológica que nosotros podemos adquirir es buena, pero puede ser una espada de dos filos. Puede ser tanto para bien como para mal. Todo el conocimiento teológico que nosotros tenemos debe ser consagrado al Señor. Creo que es cuando nosotros nos consagramos en nuestro trabajo que viene esa unción especial sobre nuestras vidas.


Cuando comencé en el ministerio estaba muy entusiasmado, muy motivado, pero cuando venían algunas llamadas a las dos o tres de la mañana, que alguien estaba enfermo o que había que llevar a alguna señora a punto de morirse, entonces comenzaba a pensar: “Tú me llamaste Señor, esto es lo que tiene que hacer un pastor”. Me levantaba y salía, y cuando llegaba a la casa de la persona a orar por el enfermo o cuando iba a conducir a aquella señora en sus dolores al hospital, yo me llenaba de gozo y satisfacción. Yo decía: “Señor, si para esto me llamaste, ¡qué bendición tan grande!”


Yo necesito depender de Él, cada día para que en la iglesia y en mi vida se haga su voluntad. Entonces yo creo que esa unción que viene de Dios, viene a reforzar la consagración, esa entrega, esa inutilidad que hay en mi vida. Yo siento que el Señor me dice: “Hasta aquí tú puedes llegar, has hecho tu parte; ahora déjame a mí. Ahora sigo yo”. Y cuando yo me aparto y permito que el Espíritu de Dios comience a ministrar, es cuando viene lo grande, lo maravilloso: sanidades, llamamientos, y la gente se convierte al Señor.



AR: Esto muy adecuadamente responde al dicho: “Los planes de Dios comienzan donde terminan los míos”.



AP: ¿Cuáles son las cosas que humanamente podemos hacer? Es obvio que aquí la misericordia, el llamado, la obra de Dios es lo más importante. Pero, ¿qué puedo hacer humanamente para que Dios obre más en y a través de mi vida?



AR: El Señor nunca va a forzar su voluntad en nosotros. Tenemos la capacidad de escucharle inteligente y espiritualmente, pero ese escuchar conlleva una cuota de obediencia de nuestra parte. La primera cosa que tenemos que hacer es saber escuchar esa voz que nos está llamando. Una vez entendido exactamente lo que esa voz significa, debemos obedecer. ¿Estás escuchando al Señor correctamente? ¿Estás dispuesto a obedecer la voz del Señor? En eso radica el secreto que nos preocupa en cuanto a cómo proceder, a qué significa realmente hacer la voluntad de Dios.



RC: Vino a mi memoria Isaías 6. ¿Qué podemos hacer humanamente? Mirar al Señor, reconocer su majestad, su señorío, reconocer nuestro pecado, el pecado también del pueblo, recibir el perdón de nuestros pecados, aceptar el llamado, la comisión que el Señor nos dé, y en las condiciones en que sea enviado.



AP: Muchas personas quieren escapar del trabajo secular pensando que es bueno entrar en el ministerio. ¿Cuándo debe un hombre dejar sus ocupaciones seculares para dedicarse al ministerio a tiempo completo?



RC: Yo pienso que, cuando una persona es llamada a tiempo completo, debe haber varios elementos: Yo les pido a los pastores que nunca tomen un ministerio impulsados por una profecía; eso es fatal. He visto a tantos pastores que han fracasado. Que nunca lo hagan por sentimientos o por emociones. He sido superintendente de las Iglesias de Santidad Pentecostal en Costa Rica. He trabajado en medio de pastores con la Fraternidad y he visto tantos ministerios fracasados por culpa de una profecía, por sentimientos. Yo creo que hay un llamado interior. La Palabra continuamente nos está hablando a nosotros de ese llamado. La profecía puede ser una señal entre muchas puertas que se abren.


Dice la palabra de Dios que en la multitud de consejeros hay sabiduría. Un hombre se acerca humildemente donde hombres reconocidos, experimentados y les presenta su ministerio: que ellos le aconsejen, que ellos le digan, si es el momento, o si debe esperar. Yo les digo a los pastores que busquen hombres de Dios, hombres experimentados, hombres de ministerio que confirmen ese llamado a tiempo completo.



AR: La voz del Señor se manifestará siempre en función de su Cuerpo. Es algo maravilloso ver la mano de Dios guiándonos. He sido testigo de muchos a quienes el Señor ha llamado, que cuando Él llama, las puertas se abren. Cuando Él no llama, las puertas se cierran. Hay personas que están insistiendo donde las puertas están cerradas.


A la vez hay compañeros con quienes comenzamos el ministerio, que en algún momento dejaron de comunicarse con el Señor, dejaron de leer el corazón de Dios y las puertas se cerraron o se quedaron en ministerios estancados; no progresan. El Señor le da a uno oportunidades de ministrar en su obra solamente por su gracia y misericordia. Necesitamos tener constante comunicación con la Palabra, porque ella es nuestra fuente. Una vez que hayamos descubierto el mensaje de Dios en su Palabra, debemos saber si nuestros instrumentos de interpretación son Cristocéntricos, son eclesiocéntricos, son bíblicos, para que no vayamos a hacer que la Biblia diga lo que nosotros queremos escuchar. Algunas personas que se involucran en el ministerio pastoral sólo por pereza, comienzan a tener visiones e ilusiones espirituales y a escuchar voces que no tienen nada que ver con las Escrituras.



RC: Eso es indiscutible. Pero yo sigo pensando que un hombre, por fuerte que sea su ministerio, por mucho que entienda de la palabra del Señor, necesita estar rodeado de personas que le estén dando la medida a su ministerio; porque engañoso es el corazón más que todas las cosas. Yo necesito estar expuesto. Grandes hombres de Dios comenzaron bien, pero su conocimiento no estuvo expuesto ante otros hombres; creyeron que ellos eran los que tenían la razón y los otros estaban equivocados. Entonces, por ejemplo para mí, la Fraternidad de Ministerios es un parámetro, que me ayuda a filtrar lo que recibo de otros y lo que doy a otros. Al escuchar a otras personas viene el ajuste. Tengo varios pastores, varios hermanos amigos míos con los que de vez en cuando nos reunimos para hablar, así como estamos hablando ahora. Es enriquecedor, aprendo tanto de ellos. Aconsejo a los pastores que nunca se aislen.



AP: Hay una tendencia en el ministerio, justo por el hecho de que Dios lo usa a uno, a sentirse infalible, con la autoridad: yo soy el experto, yo soy la persona que Dios usa. ¿Cuál es la importancia de una actitud de humildad, de escuchar a otros hombres y de ser responsables por otros hombres?



RC: El problema del ego es un problema que está en todas las personas y cuando nosotros comenzamos, sobre todo en el ministerio, lo hacemos con mucho anhelo, con mucho entusiasmo, pero muchas veces fuera de la realidad. Y si el ministerio comienza a ser bendecido por el Señor, y nosotros no tenemos cuidado, el reconocimiento que nos dan las personas nos puede hacer perder de vista el estar viendo al Señor, el estar escuchando al Señor, y el ser obedientes al Señor. Yo creo que si el hombre pierde esta perspectiva, puede fracasar en su ministerio. Yo recuerdo un tiempo también donde el Señor comenzó a usarme muchísimo, al principio, en evangelismo. Siendo pastor, comenzaron a invitarme a varias iglesias, de varias organizaciones, y yo tengo que confesar que en una oportunidad que no me invitaron a una actividad bastante fuerte, yo creí que esa actividad no iba a servir porque Rubén Córdoba no estaba ahí. Y el Señor me dio una lección: el Señor me habló en una forma tan pero tan fuerte, que tuve que arrepentirme, tuve que tomar medidas al respecto. Por un tiempo ese reconocimiento que me daban se suspendió de un momento a otro. Pero yo pude entender que Dios estaba hablando a mi vida.



AR: Hay algo interesante en esta coyuntura de las relaciones humanas que el ministro va a tener que practicar. Para mí una de las cosas más importantes que tuvo lugar en mi búsqueda de esa relación con mi compañero de ministerio, ha sido una apertura diáfana, transparente. Tengo por costumbre contar con un colega misionero en la junta y con un pastor o un laico nacional, y con ellos me abro. Con uno de ellos salgo al campo a conversar, a orar juntos, le cuento mis problemas y él me comparte los suyos. Es tan linda la vivencia que tenemos, que no la cambiaría por nada en el mundo, porque hemos sido amigos. Creo que el pastor, el siervo de Dios necesita cultivar relaciones humanas íntimas, estoy hablando mucho más allá de la esposa. Uno puede compartir con su cónyuge todo, pero hay algunas cosas que como varón no puedo hablar con mi esposa, esperando una reacción de varón. Ella no me va a entender, nunca ha llevado pantalones, ni siquiera en la mente. Es como una terapia.



AP: ¿Cuáles son otras tentaciones, peligros que el pastor, el líder cristiano tiene: abuso de autoridad, abuso de su posición, u otros peligros que pueden descalificarlo para el ministerio?



RC: Todas. No hay una sola tentación que no tenga una persona que esté en el ministerio. Tenemos que cuidarnos de todas. Lógico que la palabra del Señor dice que al que más se le da, más se le demanda, pero eso no dice que las tentaciones no van a venir. Aun más, nosotros encontramos en la palabra del Señor que el Señor Jesucristo fue tentado en todo, pero sin pecar. Para mí el secreto está en la decisión que uno tome de serle fiel al Señor. Por ejemplo, mi oficina, en el templo, usted la ve llena de ventanas. Tiene una que da a la calle, tiene una ventana que da al templo, la puerta es toda de vidrio, porque yo no confío tanto en mí, no confío en la carne, tengo que confiar en Dios. La secretaria tiene su oficina. Me cuido muchísimo de la relación con las mujeres, del tipo de conversaciones; aun en consejería hay ciertas cosas que las mujeres me quieren decir a mí y yo les digo: “Mire, eso no debe decírmelo a mí. Yo no le estoy preguntando esto”. Porque muchas veces se desvían.


El acceso que uno pueda tener al dinero en la iglesia también es de cuidado; por mis manos no pasa absolutamente nada más que informes. Hay personas que están encargadas de eso.


¿Quién tiene más acceso a las familias, a las esposas, o a los hijos que el pastor? Donde el pastor llegue es bien recibido, pero eso es un peligro para el pastor. Ahora, una de las cosas que yo digo siempre es: “Señor, ayúdame a serte fiel a ti, a mi familia, a la iglesia. Porque a mí el padre de familia me está entregando prácticamente a su esposa y a sus hijos, con toda confianza. Yo no puedo defraudarlos a ellos”.



AR: Las cosas que mi hermano mencionó se resumen en las cuatro “efes”: la primera efe corresponde a la frivolidad. Personalmente, me siento muy incómodo frente a un ministro frívolo. Le veo muy poco kilometraje en su ministerio. Creo que el pastor debe cuidarse, el siervo de Dios debe cuidarse de la frivolidad en su vida. La segunda es la fama. Jesús fue tentado en esta cuenta. He visto a muchos compañeros míos que por una búsqueda insaciable de fama, cayeron con todo su peso y ya no están en el ministerio. La otra efe corresponde a las finanzas. Por amor al dinero, por querer vivir como el vecino, teniendo lo que el mundo posee cuando los recursos son limitados, muchos siervos han tenido que abandonar el ministerio. Finalmente, las faldas. ¡Cuidado con las faldas! Gracias a Dios que Él es poderoso para cuidarnos de las cuatro efes. Yo diría: ¡Jóvenes, cuidado con las cuatro efes!



AP: ¿Cuáles son sus sugerencias a los pastores de nuestro continente?



AR: Debemos procurar todos la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mi primer consejo es que el pastor latinoamericano, en la coyuntura histórica que viven nuestros pueblos, necesita definir su llamamiento en función de mantenerse cerca del Señor. Para mí, la respuesta a un ministerio exitoso radica en una vida de santidad, de acercamiento al Señor, de conocer al Señor, de amar al Señor intensamente, de retomar el romance del Evangelio; que Dios sea primero en todo. La segunda cosa que me gustaría recomendar a la juventud de ministros en nuestro continente es que mantengan los ojos abiertos para identificar en qué momento el Señor prenderá esa llama del avivamiento que está por empezar. Porque sabemos que América Latina está al borde de un gran despertar del Espíritu Santo. Pido al Señor que me prepare espiritualmente, que me mantenga más cerca de Él, para no perder ese momento; y que en alguna medida, Él me permita ser uno de los sencillos actores, canales, para decir a mi generación que el Señor está obrando, que el Señor está redimiendo. Estas son dos ideas dominantes en mi ministerio ahora, y deseo que nuestra generación de pastores pueda también captar esta visión.



RC: Yo quiero compartir uno de los versículos que han sido de gran bendición para mi vida. Isaías 26:3: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. Yo les aconsejo a todos los pastores, que consagren sus vidas al Señor, que se enamoren del Señor, y que cumplan con el ministerio como Pablo le dijo a Timoteo; que se deleiten en el ministerio, que se deleiten en el llamado que el Señor les ha dado. Yo reconozco que la juventud está siendo tocada por el Espíritu Santo de Dios, que Dios está levantando jóvenes con un llamado muy específico. Les aconsejo a esta nueva generación que amen al Señor con todas sus fuerzas, con todo su corazón, que disfruten y vivan la vida cristiana a plenitud, que se cuiden de las cuatro efes. El avivamiento, ese viento fresco, esa unción del Espíritu Santo de Dios está descendiendo en todas partes del mundo, y vamos a ver a la iglesia levantándose, y exhibida por Dios como un espectáculo, dice su Palabra, para bien de todos aquellos que no han creído pero que van a creer.



© Apuntes Pastorales, 1994. Volumen XII – número 2. Todos los derechos reservados





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