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Predicación

El predicador y la Palabra

15 julio, 2005413 visitas

La forma en que está escrito el subtítulo de esta nota no obedece a un error tipográfico sino que, de alguna manera, quiere expresar la posición relativa del predicador con respecto a la Biblia. Tal vez lo que diga parezca una verdad de perogrullo, pero para que un predicador funcione obviamente debe haber una congregación, y la misión de aquel es hacer entendible intelectual y espiritualmente el mensaje del Libro.


Entre el predicador y la congregación existe un nexo, punto de confluencia, lugar común, etc. que es la Palabra de Dios, y esto diferencia, entre otras cosas, al predicador de cualquier otro conferencista. En nuestra relación con quienes escuchan, no siempre se practica un profundo respeto hacia ellos, y a menudo se pone más cuidado en una presentación novedosa y bien estructurada, que en guardar la fidelidad del mensaje, con lo que se crean dudas, falsas interpretaciones o deducciones, y en vez de ofrecer soluciones, se suman problemas. También solemos olvidar que nuestros hermanos leen y meditan, de manera que a veces nos sorprenden y aún perturban cuando entrevemos la profundidad de sus percepciones.



Para el pueblo de Dios era de suma importancia la lectura del texto sagrado: es muy significativa la experiencia de Esdras cuando lee la ley al pueblo: “…y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”. (Neh. 8.8).


Se ha hecho una costumbre muy generalizada, que partiendo de una muy breve lectura bíblica (tal vez sólo un versículo) se desarrolle “un gran mensaje”, y lamentablemente, muchas veces lo es sólo en extensión. “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente…” La lectura bíblica no siempre es central en el desarrollo del culto, y cuando se lee se lo suele hacer mal y hasta con apuro; hemos perdido la capacidad de leer claramente, de hacer vívido el pasaje poniendo el corazón en él, pues estamos apurados para llegar pronto a lo “importante” que tenemos que decir.



Es una necesidad urgente que aprendamos a leer bien la Palabra, con adecuada modulación y énfasis, poniendo todo nuestro ser en ello, para que sea clara y perfectamente entendible, pensando y sabiendo que es la parte más importante del mensaje. “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4.12).


En uno de sus libros, el evangelista norteamericano D. Moody relata cómo de niño vivió las historias bíblicas. Al escuchar la lectura en voz alta de la Biblia por parte de un anciano de color, cada historia tomaba vida y era dramática y real; esta experiencia influyó poderosamente en su vida, según sus propias manifestaciones.



Otro aspecto importante en la labor del predicador es “poner sentido de manera que entiendan”. No se puede suplir esto con una serie de palabras de sonido piadoso y tono correspondiente, pero que en el fondo son sólo una burda y hueca improvisación. A veces pienso que tomamos como derecho propio y excusa para tal hacer las recomendaciones del Señor a sus discípulos: “…no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lc. 12.11-12). Sabemos muy bien cómo el Señor puede suplir nuestras falencias cuando el tiempo y la oportunidad así lo requieren, pero no nos llama a la haraganería o descuido: “Apolos,… varón elocuente, poderoso en las Escrituras…; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor…” (Hch. 18.24-25). La improvisación como método es destructora tanto para el predicador como para la congregación; ésta se da cuenta que se le ha faltado el respeto, que hemos insultado no sólo su inteligencia, sino también su percepción espiritual, además de hacerle perder el tiempo lamentablemente; transformando lo que debería ser motivo de solaz espiritual en pesada carga.



Nos sorprenderíamos muchísimo si conociéramos, no por halagüeña, la evaluación que hace nuestra congregación de nuestros esfuerzos (o de la falta de ellos) en la exposición de la Palabra de Dios. La congregación en todas partes es ávida de mensajes fundamentados y estudiados, que vayan desbrozando los interrogantes que surgen en su diario vivir, o aquellos que nacen en su lectura bíblica, ya sea devocional o sistemática. Ellos necesitan establecer una relación entre la enseñanza bíblica y sus propias vidas cristianas, en las situaciones concretas que se les presentan. Lo espiritual es lo que va dando sentido a nuestras vidas en este mundo; y cada día nos vemos precisados, en cosas pequeñas o grandes, a tomar decisiones y necesitamos el marco de referencia de la voluntad de Dios manifestada a través de su Palabra.



Es notable en la literatura profética, la constante denuncia de Dios sobre los malos pastores, sacerdotes, profetas, etc., debida a su falta de lealtad a El y su Palabra. En el caso específico de Nehemías y Esdras, después de una falta de fidelidad de los pastores, se produce el redescubrimiento de la Palabra de Dios; el pueblo vuelve a sus fuentes de inspiración: no sólo habían olvidado la Palabra sino también todo lo que hacía al culto. Como resultado, se sorprenden de la riqueza que había en todo ello y se entristecen por haber perdido tanto tiempo, “… todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley”, pero el mensaje de Esdras, Nehemías y los levitas era: “… no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Neh. 8.9-10).


Encontraremos la adecuada relación entre el predicador y el Libro cuando descubramos con sincera humildad que la “Palabra de Dios es viva y eficaz”, que la congregación “… al oírnos predicar el mensaje de Dios, no lo recibieron como palabra humana, sino como lo que es realmente, Palabra de Dios, que despliega su energía en… los creyentes”. (1 Tes. 2.13 N.B.E.).





Apuntes Pastorales


Diciembre 1985 – Febrero 1986


Vol. III, número 4

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