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Predicación

El rico y Lázaro, Parte III

15 julio, 2005603 visitas

Anexo #1 (16.19–21) Pecado



Ante los ojos de la mayoría de las sociedades, la actitud del hombre rico no hubiera sido considerada pecado. No hay registro de algún pecado evidente, inmoral, público y vulgar. No era cruel ni nunca ordenó quitar a Lázaro de su puerta, tampoco rehusó las migajas de su mesa. No era un tirano ni un opresor de los pobres, tampoco un miembro monstruoso de la sociedad. En lugar de eso, era responsable socialmente, un ciudadano recto, respetado y reconocido.



Ninguna corte humana hubiera pensado en arrestarlo o condenarlo. A los ojos de la sociedad, él era honrado y altamente estimado. A la gente le agradaba y hablaba bien de él. ¿Entonces, cuál fue su pecado?




  1. La palabra «espléndidamente» [lampros] significa que era extravagante al exhibir su riqueza en maneras materialistas.


  2. La «puerta» era una muy grande. Esto indica que su hogar era una gran casa o una mansión.


  3. Los vestidos púrpuras y de lino fino dan a entender que poseía los estilos más modernos y lujosos.


  4. La frase «cada día» revela que tenía festines todos los días. Su pecado fue los desenfrenos, las comodidades, su tranquilidad, los lujos, un estilo de vida extravagante. Procuró alcanzar las cosas y placeres de este mundo. Buscó satisfacerse él mismo, atesorar más y más dinero para él, mientras había alguien necesitado justo en su puerta. Rechazó e ignoró a otros, especialmente, a Lázaro. Se preocupó muy poco (si es que lo hacía) por las necesidades de un mundo degenerado. Quería tener más que los demás. El mundo reconocía y honraba a aquellos que poseían demasiado, por eso, él quería dicho reconocimiento y honor. Quería lo que otros tenían y deseaba mantenerse al nivel de los demás. Lea Deuteronomio 15.7; Zacarías 7.6; Mateo 25.43; Marcos 4.19; 1 Juan 3.17


Anexo #2 (16.22) El seno de Abraham


Esto se refiere al paraíso. Es un término que expresaba la felicidad de los creyentes al esperar la muerte. Esta frase contenía la idea de festejar con Abraham en el paraíso. Se hacía referencia al seno de Abraham porque él era el padre de la nación de Israel.



Anexo #3 (16.23) El paraíso y el infierno (Hades)


La palabra griega Hades es el equivalente a la palabra hebrea Seol (Gn 37.35). Jesús se refirió al Hades como el otro mundo: el mundo invisible, el mundo espiritual, la dimensión espiritual del ser. Jesús dice que el Hades es un lugar dividido en dos gigantescas secciones o áreas. Estas dos áreas están separadas por un gran abismo que no se puede traspasar (Lc 16.26). La otra sección es el lugar del paraíso donde los creyentes van. Expresar que una persona está muerta es decir que está en el Hades, en el otro mundo.



Fíjese en un hecho importante: el otro mundo, el espiritual, sí existe. Y en ese mundo hay dos áreas o lugares: el paraíso (el lugar de la gloria) y el infierno (el lugar del tormento). Jesús dijo que ambos lugares realmente existían.



Anexo #4 (16.24) Infierno y tormento


El infierno es estar angustiado, ser torturado, sentirse afligido y experimentar dolores y lamentos. La Biblia indiscutiblemente enseña que hay un tormento en fuego para los no creyentes. Sin embargo, es importante recordar que el fuego que conocemos es material y temporal; no es espiritual ni eterno. El fuego terrenal no dura para siempre ya que aquí en la tierra nada es eterno. El fuego terrenal pertenece a la dimensión física del ser. El fuego del infierno, cualquiera que sea su naturaleza y cualidades, es espiritual y eterno. Nunca tendrá fin. Los hombres deben enfrentar esto, no deben evadir la verdad acerca del infierno. ¿Por qué? Porque el infierno, es decir, la separación de Dios, es mucho peor que cualquier otra experiencia en la tierra. Será mucho peor que cualquier experiencia física imaginable. Esta es la enseñanza de las Escrituras.



Este es el punto que Jesús hizo. El hombre debe escapar totalmente del infierno. El hombre debe buscar absolutamente a Cristo para encontrar salvación. Lea Mateo 10.28, 18.9, 23.15, 33; Marcos 9.43–48; Lucas 12.5, 16.23; 2 Tesalonicenses 1.8–9; 2 Pedro 2.4; Apocalipsis 14.10–11, 16.10, 18:10; 19.20, 20.10–15, 21.8



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