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Consejeria

El sexo redescubierto

15 julio, 2005607 visitas


Así es, nuestra vida sexual en pareja. Después de estar casado por varios años se llega a un acostumbramiento mutuo. Esa habitualidad nos ayuda a avanzar, puesto que conocemos de otro más que el principio. No obstante eso también trae el peligro de caer en fríos mecanicismos que despersonalizan —y desvirtúan— el placer conyugal alrededor del sexo.


Como decíamos, luego de años uno sabe mucho más sobre su cónyuge y sobre uno mismo en el matrimonio. Vamos cambiando y conociéndonos por lo que debemos aprender nuevamente a hacer el amor —como rehacerlo y recrearnos mutuamente al compartirlo—. Esto ocurre más de una vez. A medida que las situaciones —y uno mismo— cambian se debe redescubrir la vida sexual que convenga a la pareja.


Antes que nazcan los hijos practicamos el sexo de cierta manera. Ellos marcan una diferencia y nuestros hábitos sexuales la reflejarán. El criar niños hace necesaria una revisión de los tiempos (y las energías!) que tenemos el uno para el otro. De la misma manera que el presupuesto, el tiempo, las comidas y un sinnúmero de otros temas, la vida sexual ahora compite con otras cosas y necesidades. Algunas veces es como un animal escurridizo, escondido en el bosque de sus responsabilidades, la agenda, los adolescentes y el cansancio. Pero un día estarán solos nuevamente. Para entonces, sus propios cuerpos han cambiado y sus deseos y sensaciones han sido pulidos. Uno no puede volver a las mismas prácticas que uno tenía antes de dar a la luz; somos distintos.


Es cierto, somos distintos. Sin embargo podemos continuar disfrutando —rehaciendo— una amorosa vida sexual apasionante en pareja, siempre adaptándola a sus nuevas circunstancias. El misterio del galanteo, su gozo y su valor, no precisa ser rehecho completamente, ¡ni terminado para siempre! Puede ser hecho vez tras vez, siempre con nuevos resultados esforzados.


¿Y en realidad, cómo se hace? Cada pareja lo decidirá. ¿Cómo encontrar, luego de tantos años, un comportamiento sexual más personal, más expresivo? ¿Cómo evitar la frustración y el egoísmo? ¿Cómo volver a disfrutar de a dos?


LA DESNUDEZ



La actitud necesaria para tal descubrimiento es la confianza. Después de tantos años, estamos «en confianza». Esta actitud de apertura y sencillez le permite a él, la anima a ella, a poder desnudarse uno frente al otro, sin sentirse avergonzados. Desnudos físicamente: ninguna parte del cuerpo está escondida. Ninguna curva, ni zona será herida o inquietada por la vergüenza. Juntos han decidido amarse aun en sus formas y partes del cuerpo. Están desnudos emocional y espiritualmente.


Así como ninguna parte del cuerpo tiene ya ropas, lo mismo sucede con la personalidad. Ningún sentimiento, ningún recuerdo o temor o deleite interno precisa ser escondido tampoco, ya que nada del cónyuge será herido, abusado o avergonzado. La confianza le permite a él, la anima a ella, a presentarse enteramente el uno al otro.


El deseo los une. El deseo de disfrutar y el deseo de hacer disfrutar al otro. Las manos no precisan ser dirigidas para que se muevan; lo hacen por sí solas. Piel con piel se encuentran con facilidad y satisfacción. Los abrazos ocurren. Los pechos se tocan. ¡Y uno está libre! Nada, excepto la ley de servirse el uno al otro, prohibe eso. Ni la vergüenza ni la culpa los restringen. Todo el fruto del Edén está delante suyo.


¿Cuánto tiempo se detendrán sólo en toqueteos? ¿Qué tipo de caricias, en qué partes de los cuerpos? ¿En cuáles de ellas hay mayor deleite y generosidad al gozo mutuo? ¿Qué posiciones aumentan la excitación? ¿Cuáles mantienen el deseo? ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo lo escoge? ¿Qué cosas logran que los dos disfruten sana y completamente de esa relación? ¿Qué han aprendido a evitar para no herir al otro?



¡ESCUCHE! Y HABLE



Antes y después —y aun en medio del calor de la actividad sexual— usted podrá escuchar a su cónyuge. Nunca estará tan ocupado dejándose llevar por sus propios deseos al punto de no poder escucharlo, sentirlo, cuando le habla. Usted está allí para disfrutar juntos.


¡Escuche! Su respiración le susurra, diciendo: «¡Bien! ¡Bien! Continúa haciendo eso». El más leve endurecimiento de los labios está diciendo: «Eso no». Si no hay palabras, uno puede escucharlas a través de la piel. El cuerpo desnudo, entregado, habla todo el tiempo. Pero uno conoce a su cónyuge. Uno conoce los gestos sutiles que comunica. Por el bien de la sexualidad mutua, use este conocimiento personal aquí, y nunca asuma que el sexo es para usted solo. No deje que se haga tan habitual que no pueda decirle nada nuevo. ¡Escuche!


Y hable. ¿Por qué no habría de alabarle y agradecerle un regalo tan bien entregado? ¿O es que el regalo es tan insignificante que no merece mención? El alabarlo lo preservará, convirtiéndolo en parte de tu sexualidad. Cuando pensamos que merecimos lo que tuvimos no decimos nada al respecto, pero una humildad saludable enseña aun al hombre taciturno o a la mujer más tímida a manifestar su alegría. Tómelo como regalo de amor y sea agradecido.


Hable sin vergüenza. No hay ley que los mantenga callados en cuanto a sus cuerpos, en cuanto a las mociones sexuales en ellos; todas las sensaciones que llegan antes del clímax, y aun en el clímax en sí mismo. ¿Por qué no traducir estos placeres en sonidos y palabras, así como uno lo hace con respecto a otros placeres de la vida? Una de las alegrías más sagradas al hacer el amor es la de poder ingresar espiritualmente en otro ser humano, llegando a conocer cómo se siente otra persona del sexo opuesto interiormente. Una relación amorosa expresiva nos atrae interiormente el uno al otro. Su cónyuge puede conocer su cuerpo y su corazón. ¡Déselo a conocer!


Hable honestamente, sin insinuación de culpa o crítica. Hable aun de las dificultades sexuales. Cuando hay una falla de actitud, entonces puede haber perdón, y el perdón permite un nuevo comienzo. Donde no hay una falla personal, puede haber conversaciones constructivas, abiertas y de ayuda para encontrar lo mejor juntos. Asegúrese que sabe la diferencia entre falla (la indiferencia egoísta de uno de ustedes, tal vez) y ninguna falla (un problema realmente físico). ¡Cuán a menudo nuestra frustración personal nos hace tomar las cosas como personales, cuando de hecho no hubo ningún pecado hacia nosotros sino sólo ignorancia en como disfrutar mejor juntos.


Pero en cualquier caso, háblenlo. Así como los padres hablan sobre un hijo que precisa algún cuidado especial. Entonces toda la conversación será positiva, constructiva y no destructiva. No es un bebé, claro está; es su vida sexual. Pero hablando de este modo ustedes podrán manejar cosas aún más difíciles (impotencia, frigidez, dolor genital, sentimientos de enojo inesperados) sin culparse o avergonzar al otro. La vergüenza o la insatisfacción callada los dividirá, perpetuando el problema entre ustedes. Los padres dialogan muy bien para compartir el trabajo de sanar a un hijo enfermo, porque los dos aman a ese hijo. Los esposos, del mismo modo, pueden dialogar abiertamente y compartir sus talentos, percepciones, opiniones y acciones para sanar una vida sexualmente atribulada.


Habla y escucha en todo momento las señales sexuales que vienen en el curso el día. Entonces llegarás a aprender el tiempo, lugar, la disposición favorable y la frecuencia. Y crearán para ustedes mismos algo de los dos —así como un bebé cuyo rostro muestra características de los rostros de ambos padres—. Será de ustedes, y de nadie más, única. ¡Y estará bien!



© Partnership, 1992. Usado con permiso. Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 4.

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