Entregados para adorar
Romanos 12.3-8
Introducción
¿Saben en qué se parecen el Mar de Galilea y el Mar Muerto? En que ambos están en Palestina y los dos son en realidad lagos y no mares.
¿Saben en qué se diferencian el Mar de Galilea y el Mar Muerto? Se diferencian en que uno es fructífero y el otro estéril. El Mar de Galilea tiene vida y el Mar Muerto no. Uno atrae por su belleza y el otro repele por su fealdad.
¿Saben a qué se debe la diferencia entre ambos mares? A que el Mar de Galilea recibe y da agua, mientras que el Mar Muerto sólo recibe agua. El Mar de Galilea tiene entrada y salida, y el Mar Muerto sólo entrada.
Hay cristianos que se parecen al Mar de Galilea y hay cristianos que se parecen al Mar Muerto. Todos los que por la fe hemos recibido a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador, tenemos vida eterna, según las palabras del Señor Jesucristo en Juan 5.24. Algunos dentro de sí brotan ríos de agua viva, otros son pantanos nauseabundos, con el agua estancada.
Contexto
Después de describir las maravillas de la gracia de Dios en Cristo en los primeros 11 capítulos de esta carta, Pablo procede a describir la clase de acción que tanta gracia debe producir.
¿Qué es lo que esta pasaje nos enseña?
Cuando los españoles conquistaron América, llevaron los primeros caballos a aquel continente. Aunque los indios eran valientes y superiores en número, perdieron la guerra. La primera razón para la victoria de los españoles fue que usaron armas de fuego. Pero una segunda razón más importante y menos conocida fue el uso de los caballos. Los indios creían que el caballo y el jinete eran una misma cosa y atacaban a los caballos en vez de atacar a los jinetes.
A veces en nuestra vida cristiana perdemos muchas batallas espirituales contra el mundo, la carne y el diablo por atacar al caballo en vez de al jinete. Atacamos vicios, y pecados que son sólo manifestaciones de una forma de pensar equivocada. La verdadera batalla se libra en la mente: Debemos entregar nuestras vidas a Dios para ser transformados en nuestra manera de pensar.
Idea central: Debemos entregarnos a Dios para ser transformados en nuestra forma de adorar (12.3-8)
Por tradición asociamos la adoración con las velas, el incienso, el ceremonial, las caras largas, las ropas especiales y el cumplimiento de un ritual. Sin embargo, en el Nuevo Testamento la adoración a Dios está asociada con un estilo de vida: Santiago 1.26, 27, «Si alguien se cree religioso (adorador) pero no le pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo, y su religión no sirve para nada. La religión (adoración) pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es ésta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y conservarse limpio de la corrupción del mundo.» Lo que se encuentra entre paréntesis ha sido agregado para indicar énfasis.
Para Santiago, la adoración que Dios acepta es la desposeída de hipocresía. La que incluye dominio propio (control de la lengua, «de la abundancia del corazón habla la boca»), identificación con el necesitado («visitar a los huérfanos y a las viudas») y santidad («guardarse sin mancha del mundo»). Ya lo decía el profeta , «El obedecer vale más que el sacrificio, y el prestar atención, más que la grasa de carneros. La rebeldía es tan grave como la adivinación, y la arrogancia, como el pecado de la idolatría.» (1 S. 15.22, 23).
¿Cuándo será transformada nuestra forma de adorar a Dios?
I. Nuestra forma de adorar a Dios será transformada cuando desarrollemos un adecuado concepto de nosotros mismos. (Ro 12.3)
A. ¿Qué somos?
Alguien ha dicho que somos tres cosas: lo que los demás piensan que somos; lo que nosotros pensamos que somos y lo que Dios piensa que somos. Pablo nos dice que la renovación de nuestra mente debe incluir la formación de un adecuado concepto de nosotros mismos.
1. Un adecuado concepto de nosotros mismos demanda humildad: «Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener».
a. Cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador, somos hechos nuevas criaturas por Dios.
b. La cosas que Dios hace en nosotros y a través de nosotros, pueden llevarnos al orgullo espiritual y esto es un error, «Si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo.» (Gá. 6.3).
Un rico pescador, con montones de aperos de pesca no había pescado una sola trucha. Cerca de allí, un chico con un equipo muy primitivo llevaba llena una cuerda de buena pesca. «¿Cómo lo has logrado?» preguntó incrédulo. «Muy fácil: Me mantuve todo el tiempo fuera de la vista de los peces». Alguien ha dicho que con frecuencia cualquier cosa podría ser lograda si no nos interesara quién recibiera el crédito.
2. Un adecuando concepto de nosotros mismos demanda cordura: «sino que piense de sí con cordura». «Piense de sí con moderación». «Piense de sí con sobriedad».
a. Los sentimientos funcionan a veces como las drogas. Nos arrastran a extremos inadecuados en muchas cosas, dentro de ello, nuestra forma de pensar acerca de nosotros mismos. Podemos pasar de pensar que somos la gran cosa a pensar que somos nada.
b. La sobriedad es lo contrario a la ebriedad. Muchas veces la falta de cordura se manifiesta es tratar de ser alguien más. Cada uno de nosotros es único.
Un rabino llamado Zusya dijo hace muchos años, «En el mundo venidero no se me preguntará, «¿Por qué no fuiste Moisés?». Se me preguntará, «¿Por qué no fuiste Zusya?». El problema con nosotros es cómo ser aquellos que realmente fuimos diseñados para ser.
3. Un adecuado concepto de nosotros mismos demanda reconocimiento de que lo que tenemos y somos es lo que Dios nos ha dado para servirlo: «Conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno». Al principio del versículo Pablo ha dicho, «Digo, pues, por la gracia que me es dada». Es decir, «en función de lo que Dios ha hecho en mí y me ha capacitado a hacer».
a. Pablo reconocía que lo que tenía le venía de Dios y no lo tenía por mérito propio: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Co. 15.10). Y a los corintios amonesta, «con el fin de que aprendan de nosotros aquello de no ir más allá de lo que está escrito. Así ninguno de ustedes podrá engreírse de haber favorecido al uno en perjuicio del otro. ¿Quién te distingue de los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?» (1 Co. 4.6, 7).
b. El concepto de lo que nosotros somos debe venir de lo que Dios piensa de nosotros. Y lo que Dios piensa de nosotros está escrito en la Palabra de Dios y atestiguado por los dones con los cuales nos ha ya capacitado para servirlo a Él, no para servirnos a nosotros mismos.
c. «Para muestra un botón» (en este caso dos):
En su libro titulado «Normas nuevas» el profesor Daniel Ynakelovich de la Universidad de Nueva York documenta el rápido y masivo cambio en los valores sociales en los años 70. El libro se subtitula, «En busca de la realización de sí mismo en un mundo que vive de cabeza». Yankelovich dice que las antiguas normas enfatizaban el deber de ayudar a los demás, particularmente a la propia familia. Si alguien actuaba de forma egoísta y le pillaban, el asunto era vergonzoso y feo. Pero esto ya no es así.
La sociedad en que vivimos ve como nuestra responsabilidad más importante la satisfacción nuestras necesidades e intereses. Todas las relaciones y valores quedan supeditados a esta prioridad. Yankelovich entrevistó a 3 mil personas y analizó cientos de miles de cuestionarios. Su conclusión es que ésta búsqueda de auto realización es estéril.
La búsqueda de auto realización ha resultado en inseguridad y confusión. Lo más asombroso es que el escritor cristiano James Hunter entrevistó a los estudiantes y al profesorado de las 16 universidades y seminarios más importantes en los Estados Unidos usando el cuestionario de Yankelovich, y concluyó que los evangélicos estamos más comprometidos con la filosofía de realizarnos a nosotros mismos que los no creyentes. Descubrió que para la gran mayoría de creyentes evangélicos la auto realización se había convertido en la meta de su vida como un fin en sí misma. Hunter dice que la búsqueda de la madurez emocional y social, se ha vuelto la norma.
d. La expresión de uno mismo y la auto realización compiten con la entrega, y la auto negación como la norma que guía la vida. En otras palabras, los evangélicos, como grupo, seguimos la corriente de este mundo: vivimos para nosotros mismos y para realizar nuestros propios sueños. No vivimos para servir a Dios y servir al prójimo. Dios y el prójimo tienen lugar en nuestras vidas sólo en la medida que nos ayudan a alcanzar las metas que tenemos para nuestra realización personal. No es de extrañar, por lo tanto, que vivamos frustrados e insatisfechos perpetuamente. Si hacemos de la felicidad la meta de nuestra vida, jamás la alcanzaremos.
II. Nuestra forma de adorar a Dios será transformada cuando desarrollemos un adecuado concepto del lugar que nos corresponde en la iglesia, el cuerpo de Cristo. (Ro. 12.4-5)
A. Dios no nos coloca en el Cuerpo de Cristo como un apéndice inútil. Al orgullo que dice «soy la gran cosa», y la falsa humildad dice, «soy nada».
1. Pero un adecuado concepto de nosotros mismos dice, «Soy lo que soy por la gracia de Dios». Pablo apunta, «Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros» (12.4, 5).
2. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros una medida de fe con la cual podemos servirle. «Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina. Ahora bien, el cuerpo no consta de un solo miembro sino de muchos. Si todos ellos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo? Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo.» (1 Co. 12.11, 14, 19, 27). «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido…» (1 Pd. 4.10).
3. Un cristiano llamado Jonatán fue al hospital para ser operado. Ocultó el hecho de los miembros de la iglesia. Él y su esposa hicieron los arreglos. Se enfrentaron a la crisis solos. ¿Por qué? Porque no habían aprendido a adorar. Porque no habían aprendido que la vida cristiana no se vive aisladamente del resto de los miembros del cuerpo de Cristo. Se enfrentaron a la crisis solos porque han abusado de su privacía: «mi vida es mía y de nadie más». No habían aprendido a abrirse al resto de miembros de la familia de la fe. No habían aprendido que como miembros de un cuerpo, habían sido llamados a desempeñar una función, no sólo a llenar un lugar.
4. Dios no añade números a su iglesia, sino miembros con funciones específicas que cumplir. Y dice, «Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él.» (1 Co. 12.26) Mientras no desarrollemos un adecuado concepto del lugar que nos corresponde en la iglesia, no adoraremos a Dios como Él quiere ser adorado. Sino servimos, lo que tenemos como adoración es una ilusión fruto de una mente no renovada, atada a antiguos moldes y valores petrificados.
III. Nuestra forma de adorar a Dios será transformada cuando desarrollemos un adecuado concepto del servicio que Dios nos ha llamado a desempeñar (6-8)
A. Los dones de Dios
1. ¿Qué es un don espiritual?
Es la capacidad sobrenatural dada por Dios al creyente para la edificación del cuerpo de Cristo.


