En esta época, cuando la mentalidad capitalista también ha subido a los púlpitos y los predicadores se cotizan por la fama que reciben, resulta trascendental identificar todos estos reconocimientos como manifestaciones de la vanidad.
Uno debe predicar durante toda la vida y la predicación es un ministerio costoso y difícil.
Muchos predicadores poseen un conocimiento maravilloso, pero se olvidan de que su tarea es explicarles a sus ovejas cómo usar en sus vidas ese conocimiento.
Predicar es una acción que por naturaleza es insensata. Pablo comenta que Dios lo exhibió públicamente como a un insensato (1Co 4.9–10). Para experimentar la intimidad, debe existir la vulnerabilidad.


