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Predicación

Cómo nace y crece un predicador

12 noviembre, 20101168 visitas

¿Cómo se dio cuenta de que tenía el don de la predicación?

Mi experiencia fue bastante inusual, primero, porque yo nací en un hogar cristiano y, por lo tanto, estaba fascinado de la Biblia. Mi abuelo leía la Biblia y después me contaba las historias.
Así como los jovencitos de hoy adoptan por héroes a Superman o Spiderman, para mí los héroes eran Sansón, David y Moisés. En ese tiempo, siempre quise saber cómo se obtenía de ese libro el misterio de la historia y entonces, obligué a mis padres a que me enseñaran a leer la Biblia. A los cinco años ya leía la Biblia de corrido y me encantaba escuchar a los predicadores que, en aquel tiempo, eran aún jóvenes, como don Raúl Caballero Yoccou. A los ocho años, en mi Nuevo Testamento, diseñé mi primer bosquejo de sermón. Lo predicaba solo. 
Muchos años después, sin que nadie lo supiera, retomé ese bosquejo, lo prediqué y, entonces, descubrí que ¡funcionaba!
¿Cómo ha cambiado su estilo a lo largo de los años?
¡Ha cambiado muchísimo! Los primeros sermones que prediqué los preparaba muy rápido. ¡En tres o cuatro horas elaboraba un sermón que, seguramente, quedaba en la mente de la gente no más de cinco minutos! Ahora la preparación es mucho más intensa y seria —no quiero hablar de la preparación espiritual porque eso pertenece a la intimidad del predicador. Creo que debemos cultivar ciertos pudores espirituales, pero esta preparación es una lucha con Dios como la que tuvo Jacob con el ángel. El propósito de este proceso es llegar a la síntesis del texto, quebrando las ideas propias para que prevalezcan los conceptos de Dios.
Mi predicación ha variado porque mi propia experiencia ha cambiado. Me he enriquecido, a lo largo de treinta años de ministerio, con muchas vivencias, y esto me ha ayudado a mejorar mi comunicación con el hombre de hoy. Para mí es fundamental estar inserto en la realidad social del día pues no se puede ser un hombre de la Biblia solamente, sino también un ser de la cultura en la cual se vive. He dedicado mucho tiempo a tratar de entender la problemática del ser humano en nuestros tiempos y, por lo tanto, trato de apuntar a ese hombre real.
¿Cuál es el «Talón de Aquiles» de un predicador?
Considero que es querer ganar fama como predicador, creer que todo lo sabe y por eso debe ser famoso. Creo que allí comienza la vanidad y el orgullo y esos sentimientos destruyen al predicador. Por supuesto —todos lo sabemos— hay otros pecados que pueden surgir, pero el principal problema por combatir es el de la vanidad.
El pueblo de Dios al cual alimenta el predicador siempre comenta sobre la predicación. Muchas veces son comentarios positivos. Alguien alguna vez me dijo, en mi paso por el Instituto Bíblico, que estos son «balidos de ovejas» y nunca hay que escucharlos. A veces, la gente está disconforme porque uno ha golpeado duro sobre su vida y otras, aplauden. El buen predicador no obedecer a ninguna de esas dos reacciones. El peligro constante, sin embargo, está en cualquier estímulo que consiga alimentar la vanidad del hombre o mujer de Dios. En esta época, cuando la mentalidad capitalista también ha subido a los púlpitos y los predicadores se cotizan por la fama que reciben o la cantidad de miembros de sus iglesias, resulta trascendental identificar todos estos reconocimientos como manifestaciones de la
vanidad.

El autor ha pastoreado durante varias décadas una congregación en Buenos Aires, Argentina. Es presidente de Sociedad Bíblica Argentina, autor de siete libros y un reconocido expositor de la Palabra de Dios, la cual frecuentemente expone en diferentes países de Latinoamérica y en los EE.UU. Está casado y tiene dos hijos varones.

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