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Reflexión

Fe en medio de la violencia

15 julio, 2005335 visitas

Mauricio es un obrero estudiantil que siempre ha sido parco. Esta vez la conversación por teléfono se hacía aún mas difícil. Entre sus frases distanciadas una de otra pude entender que su hermano acababa de ser asesinado. Mauricio pudo acompañarlo en el hospital durante su larga agonía. Quizás hablaron. Eso al menos sospechaban los que le dispararon. Ahora Mauricio temía por su vida.


Esta historia se repite a diario en muchas ciudades del mundo. Lo trágico es que sucedió en Colombia; más trágico aun, sucedió en la ciudad de Montería, capital del departamento de Córdoba, una región en la zona del Caribe colombiano bajo el poder de grupos paramilitares de autodefensa.


Mauricio es uno de los millones de colombianos que han sufrido en carne propia la cada vez más compleja situación de violencia en Colombia. Su drama hace que el conflicto en este país sea cercano a la comunidad de la fe. La iglesia cristiana ha venido sufriendo juntamente con toda la nación los embates de los conflictos armados. Algunos frentes guerrilleros facilitan la presencia y ministerio de la iglesia, otros obligan a los cristianos a silenciarse; hay congregaciones que se sienten representadas por grupos paramilitares; las hay que apoyan decididamente a las fuerzas del gobierno. A la violencia en sí se suma la confusión.


¿Qué sentido tiene vivir la fe en Jesucristo en medio de una situación de caos? Quisiera compartir tres lecciones que surgen del contexto colombiano con la intención de animarnos unos a otros a dar razón de nuestra esperanza. Me anima también el propósito de estimular solidariamente a quienes sirven al Señor bajo situaciones de conflicto, recordando que alrededor del mundo son muchos los alcanzados por el Reino en medio del fragor de la metralla. Para lograr estos objetivos recurriré al Capítulo 5 de Apocalipsis.



Lección 1. Los ojos en las cosas de arriba; los pies en las de la tierra.



Los primeros cuatro versículos de Apocalipsis 5 muestran dos factores de desesperanza:




  • El libro de los misterios de la vida está sellado, y


  • No hay nadie que reúna los méritos para develar esos misterios.


Con su gran sentido del humor, el Señor usa el término «misterio» para referirse a algo que es conocido. De manera que el misterio no es tan misterioso. En el capítulo 6 de Apocalipsis, a medida que cada sello se va abriendo, y su misterio se va dando a conocer, entendemos que no era tan secreto. Básicamente las fuerzas del mercado, de la muerte, de la guerra, del poder, de la persecución se conjugan para oponerse al proyecto de nueva creación en Jesucristo. En un trágico conciliábulo arrasan al cosmos y a la humanidad, atropellando toda la belleza del Creador.


¿Cómo no mirar el terror de ese «misterio»? Luego de largos años de injusticias sin fin, Colombia cuenta ahora con dos grupos guerrilleros mayores y tres menores, más un fuerte movimiento paramilitar que se les opone, un ejército con un vergonzoso historial de violación a los derechos humanos y, en medio, una población confundida. A la fecha son 2,800 los colombianos secuestrados, 4,000 los desaparecidos en la «guerra sucia», cada día hay una masacre que deja al menos 40 muertos, 1,500,000 han huido de sus aldeas luego de presenciar violaciones, asesinatos y la pérdida de sus bienes. ¡Cómo no mirar ese «misterio» que llena de temor y vergüenza al pueblo colombiano?


San Juan, en el versículo 4, nos da la lección. Él llora. Su llanto no es de temor ni de miedo. Sus lágrimas no se derraman sobre privilegios que ha perdido. Las de Juan son las lágrimas de quien no acepta que la violencia sea la última realidad. El mal no define la vida. Juan ha aprendido a tener su atención enfocada «en las cosas de arriba» porque es alguien con los pies afincados en la realidad histórica que le correspondió vivir. Usualmente, cristianos y no cristianos actuamos al contrario. Nos fijamos demasiado en lo que nos rodea, pero nuestro compromiso histórico no está con nuestro pueblo. Como resultado, la violencia nos hace llorar pero por los privilegios que perdemos; o nos puede llevar a establecer alianzas con algunas de las partes en contienda, a justificar la guerra y el derramamiento de sangre.


Esa es una lección que duramente estamos aprendiendo en Colombia. Para poder fijarnos en «las cosas de arriba» debemos empezar por meternos en la realidad que el Señor quiso que viviéramos. Sólo así podremos entender que toda la sangre que corre por nuestros campos no habla de la realidad última. Esta lección la están aprendiendo con mayor claridad las organizaciones ciudadanas no necesariamente cristianas, que se organizan y movilizan para negarle a la violencia su pretensión de definirnos como nación.



Lección 2. Dar razón de nuestra esperanza: mansedumbre, no guerra.



La invitación que encontramos en 1 Pedro 3:15 y que mucho nos ha animado en la defensa del evangelio, especialmente en nuestros círculos estudiantiles, encuentra una explicación más satisfactoria a la luz del sufrimiento. Somos llamados a dar cuenta de nuestra esperanza. En medio del conflicto pierde relevancia la ortodoxia, con todo y lo necesaria que es. San Juan en el capítulo cinco de Apocalipsis nos vuelve a dar una lección.


A Juan se le dice: «No llores. He aquí el león». El anciano que así habló responde a las angustias más profundas de quien sufre. Para consolar al obrero estudiantil mencionado al comienzo de esta historia, que sirve al Señor en medio de la soledad, que ha visto morir a su hermano asesinado por denunciar la verdad, se necesita un león. En las calles de Bogotá abundan los graffittis reclamando la presencia de un dictador, que con mano dura acabe con todos los actores de violencia. Uno de los grupos guerrilleros, las FARC, ha reclutado un ejército de 15,000 hombres y mujeres, lo cual habla a las claras de que la figura del león es la que más aceptación tiene en situaciones de conflicto. Fueron leones los que devastaron a Kosovo para destruir a otro león que se ha especializado en devorar las etnias que no son de su agrado. En los círculos evangélicos siguen haciendo escuela el lenguaje belicista con el cual se viene presentando el evangelio últimamente, pues el público sólo aclama a los leones. En Apocalipsis, Juan se apresta a recibir un león que va a desenmascarar los misterios que se evidencian en la soberbia del más fuerte.


Sin embargo, lo que Juan ve es un Cordero. He aquí la segunda lección que estamos aprendiendo en nuestra nación colmada de conflictos. Las demostraciones de fuerza conducen a devastaciones peores. Nuestro Dios, a quien tendemos a leer a partir de un idioma bélico, es el Dios de lo pequeño, de lo imperceptible. La razón de nuestra esperanza es la alternativa del Cordero: una paradoja que escapa a cualquier intento de explicación doctrinal, pero que trae consigo una rica carga ética, pues nos llama a la construcción de la justicia para que algún día veamos paz.



Lección 3. La fiesta



«Señor, ¡nunca me quites la alegría!», clama Facundo Cabral en uno de sus muchos conciertos filosóficos. Si la maldad no tiene la última palabra nos corresponde, más ahora que nunca antes, ser el pueblo de la fiesta. A Juan se le concedió percibir esa lección en el capítulo cinco de Apocalipsis cuando vio que alrededor del Cordero se gestaba una rumba, un «quateque», con dos características: se trataba de una fiesta de solidaridad y de una celebración plural. Solidaridad porque el Cordero tomaba partido contra la exclusión. Observen que la copa que rebosa en esa fiesta es «la de las oraciones de los santos», oraciones solidarias que se levantan de en medio del conflicto, que se tejen a partir del secuestro, la desaparición, la detención arbitraria, las separaciones dolorosas, los cortejos fúnebres, los desalojos de tierras y predios. Es una fiesta plural porque este Cordero ha gestado un nuevo pueblo. Pero esta fiesta presupone haber tomado partido por el Cordero, lo cual significa una postura contra el león. Estamos aprendiendo en Colombia la lección de saber con quién ir al baile. Festejar cuando la muerte quiere reclamar señorío es en sí una postura de combate. Eso trae a la mente lo que el poeta argentino Leopoldo Marechal le escribía a Ernesto Sabato en una carta personal: «Si hemos de combatir, que Dios nos ubique en la mejor trinchera y en la batalla más justa». Trinchera y batalla presuponen un adversario. Quizás fue eso lo que quiso decir el español Ramón y Cajal cuando nos preguntaba: «Dices que no tienes enemigos. ¿Acaso nunca te preocupó la justicia, nunca te indignó la opresión».



Los ojos en las cosas de arriba, la mansedumbre como nuestra esperanza, y la fiesta para celebrar al que tuvo el mérito de crear un pueblo nuevo. Tres lecciones que nacen de una tierra enlutada sobre cuyas oscuridades se mueve el Espíritu de Dios tal cual lo viene haciendo desde los inicios mismos de la creación. Tres lecciones compartidas por obreros estudiantiles anónimos como Mauricio, que siguen sirviendo en la Universidad de Córdoba, prestando oídos sordos a tanto rugido de león que se escucha en la comarca.



Alvin Góngora es Secretario General de Unidad Cristiana Universitaria, un movimiento estudiantil afiliado a la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos. Vive en Bogotá con su esposa Lilia, catedrática en la Universidad Javeriana, y sus hijos Esteban (12) y Sebastián (10).



Apuntes Pastorales, Volumen XVII, número 1 / octubre-diciembre 1999

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