Humor de lo alto
Siempre me sonrío cuando analizo la forma en que Dios se ha manifestado en algunas ocasiones, especialmente cuando pienso en qué hubiera ocurrido si el asunto hubiese estado en manos de algunos líderes cristianos contemporáneos. ¿Es que no suena risueño cuando son pastores los que oyen el anuncio de los ángeles en Belén o cuando es un grupo de mujeres que descubre una tumba vacía fuera de Jerusalén?
Estas preguntas me vienen a la mente cuando me dirijo una vez más a los relatos del evangelio. En medio del examen de los detalles ya bien conocidos, he oído algo nuevo: es el sonido de una ligera risa disimulada apagada que surge de las alturas; tal como es nuestra risa cuando vemos al pequeño gato, dando vueltas en redondo, tratando de alcanzar su propia cola.
Una periodista Ellen Goodman describió una visita que hizo a un restaurante muy caro. Había plantas colgadas en todas partes y el restaurante sólo servía alimentos vegetales. Sus dueños adinerados vestían equipos de gimnasia ¡carísimos! bebían bebidas de bajas calorías y comían sandwiches con puros vegetales y ensaladas vegetarianas. Mientras, discutían sobre sus programas de aptitud física y dietas; todo alrededor del mismo tema. La reportera escribió: «Ahora sé qué es lo que nos separa de los poderosos y los realmente aptos: estos no comen como nosotros, sólo beben agua y pastan». En esta ocasión, el objeto, los muy poderosos y los que se jactan de ser muy aptos físicamente, son redefinidos como ganado. Eso es la sátira.
Lo mismo ocurre con el Evangelio. ¿Quiénes son las celebridades? Nada más y nada menos que los poderes de las tinieblas, los demonios, diablos, el mal y la muerte; los reyes y potentados del mundo; los valores falsos y el orgullo del sistema mundial; los eruditos-árbitros de la moda. Y el Evangelio toma lo que es «poderoso» y «sofisticado» y muestra su fragilidad y necedad.
¿Es usted escéptico a creer que Dios pueda reírse desdeñosa e irónicamente, o que Dios pudiera usar el sarcasmo y la ironía para tratar a sus enemigos? Considere el Salmo 2.1-4: «¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?
Él que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos». O el Salmo 37.13: «El Señor se reirá de él; porque ve que viene su día». O el Salmo 59.8: «Mas tú, Jehová, te reirás de ellos; te burlarás de todas las naciones». A través del profeta Isaías, el Señor nos invita a considerar a aquellos que adoran a ídolos. Escéptico en su burla, Isaías dice: «Tomen esto: Plantan árboles, después los derriban. Luego usan parte de la leña para hacer fuego, y otra parte como combustible para cocinar su comida. ¿Y qué es lo que hacen con lo que queda de sobra? Lo convierten en un «dios» y se postran ante él! Las mismas personas que plantaron el árbol ahora oran a él».
Los ídolos eran las grandes celebridades del mundo antiguo. Grandes templos ornamentados los exaltaban; elaborados sistemas políticos, económicos y eclesiásticos los apoyaban y fomentaban. Dios los redefine como madera. Pablo pide a los corintios que contrapongan la sabiduría del mundo con la sabiduría de la cruz. ¿Dónde están los inteligentes, los brillantes, los articulados? Aún no conocen a Dios a través de su supuesta sabiduría. La locura de Dios es más sabia que la de los hombres, dice Pablo; su flaqueza, más fuerte que la mayor fortaleza humana. ¡Ironía de ironías! Todo lo que pensábamos que nos salvaría, nos ha condenado! La cruz es una sátira fulminante a la sabiduría del mundo. Desdeña todo aquello que consideramos poderoso e inteligente.
El asunto es que no somos salvos por la sátira, pero la forma como Dios nos ha salvado satiriza a las «salvaciones» del mundo. Se burla de ellas. Dice: «Todas las políticas, filosofía, ciencia, tecnología, arte, música, dinero, y lo bélico en la historia humana no te han llevado ni un centímetro más cerca de la salvación. Por sí solas estas son ejercicios de futilidad, vanidad, fatuidad. No son más que el nuevo ropaje del emperador». El Evangelio es el pequeño e insignificante personaje de los cuentos de hadas. Dice que estamos todos desnudos y que el Estafador nos ha persuadido con engaños. Dice que el sistema del mundo está destruido también sus valores y metas y que la ilusión con que estamos vestidos nosotros y el sistema se mantiene sólo por el orgullo y las mentiras.
Esto de la sátira bíblica es más que evidente en el relato de la Navidad. ¿Cómo es que Dios entra en la historia? Como un niño, nacido de campesinos judíos. ¿Dónde? En Belén, el más pequeño de los pueblos, en la más pequeña de las naciones. ¿Quién se entera de ello primeramente? Los pastores, la clase más baja de la sociedad israelita, demasiado ocupada con sus rebaños como para ocuparse de la ley, asearse y oler bien. ¿Cómo se desencadenó esto? Al imponer una administración con programas opresivos de impuestos, el Imperio Romano, el más poderoso que el mundo había conocido, obligó a José y a María a viajar hasta Belén, la tierra de sus ancestros. Con ello el nacimiento del Mesías tuvo lugar en el pueblo donde fuera profetizado que así ocurriría. Aun cuando la maquinaria del poder humano en su apogeo se volvió en contra y oprimió a los débiles, inconscientemente sirvió a los propósitos de Dios.
El Señor del Universo, calladamente, pasa por alto todo lo que el mundo estima como sabio y poderoso, sofisticado y hermoso para entrar a la historia a salvarnos. Ya al hacerlo en aquel pesebre podemos oír una risa desdeñosa que procede del cielo: «Estás desnudo, mundo». El buen sentido del humor no acaba en la Navidad. La mayor expresión es ejecutada la noche en que Jesús es arrestado. Jesús es azotado por los soldados, lo visten con una túnica de color púrpura, siendo coronado con una corona de espinas. Más tarde lo clavan a una cruz, colocándole un rótulo encima que reza: «Rey de los judíos». ¿Me quiere usted decir que, aun en ese momento tan crítico, ese cartel allí no era cómicamente verdadero?
¿Dónde es que están las buenas nuevas en todo esto? Es sencillamente esto: Que las cosas que nos aterrorizan e impresionan no son nada. Son falsificaciones derrotadas. Pablo, hablando a los colosenses sobre lo que Cristo logró en la cruz, les dice: «y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (2.15). Todo lo que pudiera intimidarnos y asustarnos ha sido derrotado y puesto al descubierto, o sea hecho un espectáculo público en resumidas cuentas, redefinido. Incluso la muerte. En 1 Corintios 15, en el gran manifiesto de la resurrección, el apóstol Pablo se mofa de la muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (55).
La risa desdeñosa de Dios debiera por lo tanto liberarnos como para que podamos ser la gente más dura de intimidar e impresionar sobre la faz de la tierra. Al mismo tiempo, eso debería hacer de nosotros la gente más fácil de hacer reír. Pertenecemos a Aquel que venció la muerte y el infierno y todos los poderes que podrían oprimirnos. Deberíamos ser los primeros en lanzar una mirada penetrante a las locuras de este mundo. De todas las personas, nosotros tendríamos que ser los menos impresionables ante las sandeces y debilidades que se presentan bajo una máscara de poder y sabiduría. Desde el momento en que sabemos que el diablo es el «padre de mentiras» un tigre de papel cuya única arma real es el engaño deberíamos ser los primeros en reírnos de él. Porque después de las verdades escriturales, la verdad de la sátira tal vez sea nuestra mejor arma contra él. Como dijo Sir Thomas More: «El diablo
el espíritu orgulloso
no puede soportar el ridículo». O como Martín Lutero recomendó: «La mejor manera de sacar al diablo, si no se rinde ante los textos de las Escrituras, es burlarse y reírse de él; no tolera el desprecio».
© Christianity Today, 1990. Usado con permiso. Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 4.

