header parallax image
Devocional del día, Devocional diario, Biblia, Predicaciones, Bosquejos, Artículos, Consejeria, Versiculo diario - Desarrollo Cristiano Internacional
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
Predicación

Jericó: el reverso de una historia; Segunda parte: Ante el peligro inminente

15 julio, 2005415 visitas


Durante los días que siguen no hay noticias de fugitivos espías. No los han podido apresar. Ni los han visto siquiera. Al fin, las patrullas de persecución regresan.


Aunque les resulta difícil comprenderlo, tienen que admitir que los israelitas han debido cruzar el vado antes de que ellos llegaran a orillas del Jordán. Ello significa que, seguramente, habrán llevado datos muy importantes acerca de las murallas, los pobladores y otras informaciones de gran valor militar.


La huida de los espías contribuye a aumentar la nerviosidad y recelo de los de Jericó, por lo que Hevean y Moc, como capitanes de a cien, son encargados de revisar y custodiar con sus hombres las murallas de Jericó.


La ciudad es ciertamente pequeña, pero su historia es muy antigua. Edificada en un llano, su única defensa consistió siempre en rodearse de murallas. Hasta donde lo recuerdan las crónicas orales que han venido transmitiéndose de padres a hijos, la ciudad se edificó en el lugar que hoy ocupa por la presencia del generoso manantial de agua fresca y abundante, el que ahora está a sus puertas.


El original caserío fue creciendo lentamente. Algunos vecinos belicosos los obligaron a construir la primera muralla. Fue esta una pared formidable de ladrillos cocidos. Resultó útil hasta que las invasiones de los reyes del norte arrasaron con todo.


Cuando la oportunidad volvió a ser propicia, fueron allanadas las ruinas, y sobre sus escombros se reedificó la segunda ciudad. Las nuevas murallas se construyeron bastante más afuera de las primeras. Esta vez usarían un sistema mucho más eficaz de defensa, en lugar de uno, se construirían dos muros. Entre ambos dejarían un foso de unos ocho metros. Esto constituiría, sin duda, una buena defensa. De esta manera pudieron rechazar desde entonces muchos ataques, viviendo largos años de seguridad.


Esa seguridad duraría hasta que los egipcios invadieran Canaán. Entonces Jericó caería otra vez, y sus murallas serían nuevamente destruidas.


Sin embargo se les permitiría seguir viviendo en el lugar, con tal de que pagaran el elevado tributo que el Faraón imponía. La ciudad continuaría creciendo, y sobre las ruinas del doble muro se irían construyendo nuevas casas. De esta manera, con el tiempo, Jericó pasaría a tener el aspecto de un embudo: todo el perímetro elevado —las casas sobre los restos de los muros— y el centro deprimido —el nivel original.


Algún tiempo después se obtuvieron los permisos necesarios del Faraón para construir una nueva muralla en defensa de los reyes vecinos. La prosperidad de la llanura de Jericó crecía año tras año. Las tierras eran muy fértiles y los cultivos rendían sus codiciados productos, tales como las pasas de higos, los dátiles y la miel. Esa producción se haría famosa en toda la región. Los olivos se multiplicaban, los sembrados de granos se extendían hasta el Jordán, y toda la llanura se transformaba pronto en un vergel. Era tierra en la que fluía aceite y miel. Las flores y las plantas aromáticas crecían en tal profusión allí que pronto le valdría el nombre de “lugar de fragancia”, tal el significado del nombre Jericó.


La producción del terreno era tal que podían rendir el tributo a los egipcios, autosostenerse ellos y aun les sobraban productos para pagar piedras con las cuales construir nuevamente una gran muralla. ¡Ahora sí sería una muralla inexpugnable! Harían traer piedras de las montañas vecinas.


Y levantaron entonces, más allá de la doble muralla destruida por los egipcios, un macizo y alto muro de roca de más de tres metros de ancho. Y arriba de este, construyeron otro fuerte muro de ladrillos cocidos de más de dos metros de espesor. Esto constituía una defensa formidable. En partes alcanzaba una altura superior a los doce metros.


Del lado interior ya se había edificado mucho sobre los escombros de la doble muralla. Ahora se siguieron tirando desperdicios en contra del nuevo muro de rocas, y edificando en estos lugares altos. Así, la casa de Rahab estaba construida sobre el mismo muro de piedra, aprovechando la más angosta muralla de ladrillo que coronaba la obra.


Desde lo alto del nuevo muro se apreciaba toda la llanura hasta el Jordán, y aun más allá. Era un puesto privilegiado de vigilancia.


Hevean y Moc conversaban juntos en la tienda de campaña al pie del muro, mientras sus cientos vigilaban celosamente los movimientos externos.


De pronto uno de los soldados ingresa apresurado en la tienda:


—¡Permiso, mi capitán! Noticias desde el puesto alto que está aquí cerca, el que da al naciente.


—Adelante soldado— dijo Moc. —Cuéntenos qué hay de nuevo. ¿Otra pelea entre ustedes?


—No, señor. ¡Hay movimientos de mucha gente del otro lado del Jordán!


—¡Vamos, Hevean! ¡Al fin algo!


Llegaron rápido arriba. Efectivamente, desde allí se apreciaba el movimiento de la mucha gente que había mencionado el mensajero. Iban apareciendo detrás de una loma y formaban una gran fila que caminaba armoniosamente.


Adelante de la columna iba un pequeño grupo de hombres y luego una compañía de sacerdotes. Detrás de estos había un claro y más allá varios hombres que portaban algo así como un cofre. Esto último era transportado por largas angarillas. Detrás había otro claro y luego una nueva gran compañía de sacerdotes.


—¡Vienen hacia el río!


—¡Vienen hacia el río!


—¡Sí! ¡Vienen hacia el río!


Detrás de los sacerdotes se apreciaba ahora un ejército numeroso en pie de guerra, y detrás de ellos, la multitud.


De pronto, tanto el grupo inicial de hombres como los sacerdotes y los que llevaban el cofre se detienen frente a las aguas del río y la multitud se acomoda apiñada hacia el norte y hacia el sur, a orillas del Jordán.


—Pero… este pueblo no podrá cruzar el río.


—¿Te parece?


—Yo no sé.


Una rara decisión conduce al pueblo hebreo hacia el Jordán desbordado. No hay puentes, no hay pasos ni vados. Los hebreos no tienen los lanchones o almadías necesarias para cruzar, pero avanzan hasta mojarse los pies.


¡Miren! ¡Las aguas del río bajan!


El grito desesperado se oye —¡y se multiplica! — de este lado del Jordán.


—¡El nivel de las aguas baja!


—¡Es horrible, es nuestro fin!


—¡Huyamos de delante de ellos!


—¡Busquemos refugio en Jericó!


—¡Sálvanos, Baal fuerte!


—¡Cuida de nuestros sembrados y nuestras vidas, Astarte invencible!


—¡Dioses! ¡Dioses!


—¡Maldición!


—¡Soldados! —, grita Hevean —¡Quiero cinco que vengan conmigo afuera!


—Ya vengo, Moc. Voy a acercarme a ver que sucede.


Los aterrados soldados cananeos que estaban con Hevean, ocultos ahora en un oasis un poco más cerca de la orilla, pueden observar las operaciones hebreas. Como cuarenta mil hombres armados pasaron hacia la campiña de Jericó, delante del pueblo de Israel. En un frente de muchos kilómetros de extensión todo el pueblo realizó el cruce. Llevaban todos sus enseres y conducían su ganado.


Los cananeos deben abandonar el oasis de la llanura y refugiarse en Jericó. Precipitadamente corren hacia la ciudad.


—¡Asegurad las puertas!


—¡El enemigo se acerca!


—¡A las murallas! ¡A tomar las armas!


El ataque se mostraba inminente. Aquellos cuarenta mil soldados armados en pie de guerra que cruzaron delante del pueblo de Israel, podrían estar sobre Jericó en muy breve tiempo.


—¡Oh rey! Nuestras murallas son poderosas, pero el ejército enemigo es tremendamente fuerte. ¿Qué podremos hacer nosotros frente a cuarenta mil hombres de guerra?


—Lanzaremos piedras, flechas y lanzas— dijo el rey. —Cuando pretendan escalar el muro, echaremos sobre ellos brea y aceite hirviendo. Ya está ardiendo el fuego bajo los grandes calderos de cobre repletos de aceite y de betún del mar Salado. Si establecen sitio a la ciudad, resistiremos largo tiempo. Tal vez entonces vean el peligro los reyes vecinos, y acudan en nuestra ayuda. Tú, Moc; ¿organizaste el abastecimiento de alimentos?


—Sí, oh rey. En los depósitos tenemos almacenados muchos alimentos. La provisión de agua también está asegurada, gracias al túnel que la transporta desde el manantial.


—¿Qué dices a esto Hevean? ¡Tú tienes miedo!


—Sí, oh rey. La situación es de temer.


—¿No te convencen nuestras previsiones?


—No. Ni a vosotros os convencen.


—¿Qué teméis?


—Lo que vosotros.


—¿Y las murallas?


—Lo que vimos en el Jordán es para tenerle mucho respeto.


Pero enseguida corren los capitanes a sus puestos a dirigir la defensa. El enemigo estará al llegar. El rey también se dirige a los muros a seguir la marcha de los acontecimientos. El miedo que todos sienten es disimulado por la febril actividad que despliegan. Cada uno cumple con su misión.


Grandes piedras son arrastradas por las rampas al tope del ancho muro. Allí transportan también leña para los calderos. Y trozos de asfalto. Y piedras pequeñas para los hombres. Y centenares de flechas. Hombres, mujeres y niños intervienen en todos los trabajos.


Los líderes religiosos de los cananeos intensifican los fuegos y sacrificios a los dioses de la ciudad, y el comportamiento supersticioso de todo el pueblo se ve potenciado por el temor de la posible invasión.


Los vigías no cesan de escrutar el horizonte. A lo lejos pueden observar las tribus israelitas que avanzan.


Toda la angustia e incertidumbre acumuladas a través de los largos días que transcurrieron desde la aparición de los barbudos en Jericó, tienen ahora trágico desenlace. Pero es tanta la excitación que viven en estos momentos, que se sobreponen al temor que los embarga, y todo el pueblo sigue transportando proyectiles al muro.


—¡Ya verá este pueblo estúpido lo que es el Jericó de Astarté y Baal!


—Es extraño. Pero hace ya un buen tiempo que no los veo moverse. Sube aquí y observa un rato. Iré hasta el puesto del norte que es mas elevado, a ver si puedo averiguar qué pasa en la llanura.


El vigía se encarama sobre el muro de ladrillos edificado sobre el de piedras, y por arriba corre hacia el puesto del norte. En ese ángulo hay una pequeña torrecilla de ladrillos. Desde allí el bosque de palmeras del manantial queda superado por la altura del observatorio y se ve mejor.


Sí. No hay duda. Israel está acampado en Gilgal; como a mitad de camino entre Jericó y el Jordán. Tal vez a unos tres kilómetros de la ciudad.


Pero no se ve la columna de humo ahora. Ni se distingue a la poderosa fuerza armada que precedió al pueblo en el cruce del Jordán.


Pareciera que el asalto a Jericó ha sido suspendido por el momento.


Comienzan a pasar nuevas y largas horas, y entre los naturales de la ciudad disminuye progresivamente la tensión nerviosa. Sin embargo, crece el miedo. Un miedo descontrolado.


Las súplicas y las maldiciones a Baal y Astarté se multiplican. Los hombres y mujeres de Jericó son como sus dioses: crueles, corrompidos, licenciosos, débiles, temerosos.


Termina el día y los israelitas continúan en Gilgal.


—Están armando sus tiendas.


—Tal vez ataquen la ciudad de noche.


—¡Velaremos!


—¡Hay que llevar más leña al muro!


El valle ya está en sombras, y la fantástica columna de fuego que había sido vista sobre el campamento de Sitim, no brilla esta noche en Gilgal.


—Es curioso. ¿Tendrá algún significado su falta?


—Tampoco vimos la columna de humo negro durante el día.


La oscuridad es total. La luna saldrá más tarde.


—Pareciera que se entregan al sueño. Ya brillan pocas hogueras en el inmenso campamento.


—Estaremos alertas toda la noche.


—Despiértame a la menor sospecha. Trataré de dormir. Anoche he velado en las orillas del Jordán.


El rey ha vuelto a su palacio. Muchos están ahora en sus casas. Todos tienen miedo. Pocos piensan en dormir. Esperan el ataque a cada momento.


Los capitanes Hevean y Moc, después de recorrer las murallas, se encuentran con el rey en el palacio. Pero están demasiado inquietos para permanecer un largo tiempo en un mismo lugar. Y vuelven a lo alto del muro.


Todos están demasiado inquietos para permanecer en un determinado lugar. Y muchos bajan de las murallas, van a sus casas, o a la de sus amigos. Luego se dan una vuelta por los lugares donde los sacerdotes se turnan para mantener los altares humeantes. Y muchos siguen mirando por las murallas, echando leña a los calderos de betún y de aceite, amontonando proyectiles, practicando con las ondas o fabricando flechas.



Busque los artículos relacionados:


Jericó: el reverso de una historia; Primera parte: Se despierta la sospecha


Jericó: el reverso de una historia; Tercera parte: Angustia, confusión y… ¡polvo!



© del original, Pensamiento Cristiano. Usado con permiso.


© de la presente adaptación, Desarrollo Cristiano Internacional, 1993



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 5. Todos los derechos reservados

  • tweet
siguiente

Paz en el alma

Relacionados

Desde las entrañas (Primera parte)

28 junio, 2013

El Rincón del Predicador: Cinco excusas frente al llamado

21 junio, 2013

En espíritu y en verdad

31 mayo, 2013

Devocional de hoy

  • Explicaciones del Maestro
    La parábola del sembrador nos muestra la verdad de que la bienaventuranza está en escuchar la palabra

lo más leido

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu Santo: el nacimiento de la Iglesia, Parte I

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu San...

publicado el 15 julio, 2005
Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

publicado el 15 julio, 2005
¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

publicado el 15 julio, 2010
Consejos para la intimidad matrimonial

Consejos para la intimidad matrimonial

publicado el 15 julio, 2010
El adolescente y su proyecto de vida

El adolescente y su proyecto de vida

publicado el 28 septiembre, 2009

videos mas vistos

Levanta tu cabeza

Levanta tu cabeza

publicado el 13 enero, 2017
Mujer Virtuosa

Mujer Virtuosa

publicado el 13 enero, 2017
Ser santos

Ser santos

publicado el 13 enero, 2017
Prioridades

Prioridades

publicado el 13 enero, 2017
Nuevo año, parte I

Nuevo año, parte I

publicado el 13 enero, 2017

Categorías

Ese hombre es como un árbol
plantado junto a los arroyos:
llegado el momento da su fruto,
y sus hojas no se marchitan.
Salmo 1:3 RVC