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Liderazgo

Liderazgo con alma

15 julio, 20051044 visitas

Hay dos actitudes extremas en el liderazgo que son notablemente comunes: La ambición y la pereza. Estas atrapan pecaminosamente
y resultan en males sinnúmero. Son pecados que fácilmente se justifican con falsa espiritualidad y racionalismo que al final resulta en autoengaño.


Escuché declarar públicamente al director de una gran organización que Dios deseaba que ellos fueran la «más grande e importante» del mundo evangélico hispano. Al terminar la reunión le expresé mi sorpresa y repudio a dicha declaración que, según mis convicciones, va en contra del espíritu del evangelio. Él, con toda calma, me manifestó que estaba persuadido de que era la voluntad de Dios para ellos. Este hombre había elaborado en su mente una engañosa argumentación con versículos bíblicos que sostenían su posición. Disfrazaba su ambición, el uso de personas para lograr su propia fama y grandeza, con la falsa espiritualidad de cómo Dios sería beneficiado con su éxito.


Por otro lado, recuerdo el caso de un pastor de una mini-iglesia (con treinta miembros y más de treinta años de vida) que expresó que ellos eran «una iglesia pequeña y santa, no como las otras iglesias de su ciudad que predicaban un evangelio barato de ofertas». Al ir preguntando más descubrí que las demandas eran excusas para la pereza pastoral, el resultado fue una pesada carga legalista y una larga lista de justificaciones.


El liderazgo bendecido por Dios es polifacético, sin embargo, hay tres elementos necesarios que se entrelazan en el tejido de la obra divina. El primero tiene que ver con carácter, o mejor expresado, «virtud». En otras palabras, lo que soy es más importante que lo que hago. Observo muy poca preocupación por el desarrollo de la virtud, del alma, y de la vida interior. Lamentablemente la preocupación se dirige a estrategias, planes, proyectos, o a «la restauración de los ministerios».


¿Cuál es la gran diferencia entre Saúl y David? Saúl recibió todo lo que necesitaba, el Espíritu vino sobre él, recibió un nuevo corazón y el reconocimiento de su liderazgo por la obra de Dios en otros. Sin embargo, nunca lo encontramos desarrollando su comunión con Dios, ni su vida interior. En cambio, en David encontramos una marcada diferencia. Su primera preocupación era su vida interior, su alma fue cultivada en la soledad de su trabajo pastoral y purificada en la caldera de las aflicciones. Evidencia de esto son los salmos, casi la mitad de ellos son la expersión de la vida íntima de David. Pero de Saúl… no hay ni uno.


Hoy escucho de mucho activismo relacionado con la espiritualidad. Y hay muy pocos que dicen: «Estén quietos, tomen tiempo para contemplar y conocer a su Dios y a ustedes mismos. Aprendan qué es lo que él espera de ustedes…».


El segundo elemento es el crecimiento constante en sabiduría (la habilidad de aplicar en la práctica las verdades eternas de Dios, del conocimiento de su creación y los principios de su funcionamiento).


Opuesto a esto, observo una marcada preocupación por títulos. En esta área se desarrolla una ambición orientada hacia dos fines: Primero, los títulos espirituales (pastor, profeta, salmista o apóstol). Segundo, los títulos académicos (licenciado, doctor, etc.). Esta ambición es un reflejo de la profunda ignorancia de cómo Dios obra realmente. Jesús no tuvo ningún título o credencial humano, hasta mantuvo en discreción su verdadera identidad, ordenando que esta no fuera divulgada. Es lo que somos y sabemos lo que Dios usa, no el título que tenemos o no tenemos. Tomemos el ejemplo del Hermano Pablo, el cual es amado, respetado y escuchado en todo nuestro continente, y con todo ello, no observamos que use algún título excepto el de «hermano». No necesita un título, los que lo conocemos de cerca, apreciamos que es un hombre lleno de gracia y mucha sabiduría.


Las Escrituras claramente hablan de la importancia de buscar y crecer en sabiduría y conocimiento. Esto es lo que debe ser perseguido con todo nuestro ser. Para la sabiduría los estudios tienen su importancia, pero el título no. ¡La ignorancia nunca es una virtud!


El tercer elemento es dual, fidelidad y diligencia en todo lo que nos ha mandado Dios. Noé es tal vez la mejor expresión de este elemento, las Escrituras señalan que hizo todo lo que Dios mandó en la forma que Dios le mandó (Gn 6–9). Dios está buscando hombres y mujeres que hagan su perfecta voluntad, y él apoya a esas personas haciendo prosperar su camino.


Si nuestro ministerio crece o decrece, se determina mayormente por la presencia o ausencia de estos tres elementos: El cultivar nuestra alma y virtud, el adquirir sabiduría y habilidad para la tarea que él nos ha dado, y el desarrollo diligente y fiel de la tarea que él nos ha encomendado.


¡¡Adelante!!

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