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Ministerio juvenil

Más espacio para los jóvenes

1 agosto, 2009587 visitas

«Yo vengo a la iglesia a calentar el banco», me dijo un adolescente de 15 años el primer día en que me hice cargo del grupo.
«Me encanta tu sinceridad. Me parece bien que vengas», le contesté.
Se sorprendió ante mi respuesta. Creo que esperaba un sermón. En ese momento sólo me interesaba que estuviera allí, pues confiaba en que Dios podría actuar en su vida. La adolescencia estaba siendo el agujero por el que salían de la iglesia muchas niñas y niños con los que habíamos trabajado, por eso había decidido dejar otras de mis ocupaciones pastorales y trabajar con los adolescentes en forma directa. Un joven y una joven me ayudarían ocupándose de los juegos, los deportes y las salidas, mientras que aprendían cómo llevar a cabo un ministerio con los adolescentes.
En el primer encuentro organizamos algunos juegos para que se presentaran y se conocieran mejor, lo que les encantó. Les propusimos buscar un nombre para nuestro grupo. Tenían que encontrarlo por consenso y no por votación. Tomar una decisión por consenso ayuda a la cohesión de un grupo en tanto que hacerlo por votación puede llevarlo a su fragmentación.
Cuando llegó el momento de abrir la Biblia, no mostraron mayor interés. «¡Qué aburrido!» dijeron casi todos. Sin embargo, cuando terminó el encuentro, estaban sorprendidos. Vieron una presentación en powerpoint, hubo preguntas de nuestra parte y de parte de los adolescentes acerca de los principios bíblicos que trabajamos, discutimos acerca de casos y situaciones en que podrían aplicarlos en sus vidas, propusimos una dramatización que se negaron a hacer, hicimos un afiche. En fin, nada más alejado del sermón que estaban esperando por parte de la pastora.
Los adolescentes necesitan de un grupo como el aire que respiran. Están viviendo una etapa de transición que no siempre es fácil.
En el próximo encuentro, la cantidad de adolescentes se duplicó. Se «corrió la bolilla» de que se habían divertido. El grupo continuó creciendo en cantidad, pero lo más interesante fueron los cambios que empezaron a producirse en sus vidas. Sus propios padres y madres dan testimonio de eso. Algunos entregaron sus vidas a Cristo y otros se comprometieron con él en forma más profunda. ¿Cuáles son algunos de los principios que tenemos que tomar en cuenta y que pueden ser de utilidad para el ministerio con adolescentes?
Fomentar la formación de un grupo de adolescentes
Los adolescentes necesitan de un grupo como el aire que respiran. Están viviendo una etapa de transición que no siempre es fácil. No son niños o niñas, pero tampoco son adultos. En ocasiones quieren los beneficios de la niñez y en otras los de la adultez. Están dejando de lado su identidad infantil y se están desprendiendo de la dependencia de sus padres. Empiezan a transferir a otros de su edad la dependencia que antes tenían de sus padres, de ahí la importancia que otros adolescentes de su edad cobran. Muchos adolescentes se acercan a las iglesias y organizaciones cristianas buscando pertenencia, lazos profundos, amistades e identidad. Allí pueden encontrar distintos modelos de cómo vivir la fe cristiana, tanto en otros adolescentes como en los jóvenes o adultos que lideran los grupos. Pueden encontrar amor y aceptación como en ninguna otra comunidad cuando se viven los valores del Reino de Dios.
En nuestro grupo fomentamos la amistad. Esto los fortalece para resistir las presiones de otros adolescentes no cristianos con quienes están en contacto en la escuela, en el barrio o en el club, quienes tienden a incitarlos a hacer cosas que no son convenientes para sus vidas. En el grupo de la iglesia tienen la posibilidad de compartir momentos de sano esparcimiento y diversión, en campamentos, paseos, encuentros o fiestas. En otras palabras, pueden disfrutar de verdadera y saludable comunión cristiana.
Fomentar la formación de un grupo que vale la pena
Un ministerio con adolescentes no puede limitarse a proporcionarles oportunidades de compañerismo y amistad. Como todos los cristianos, ellos necesitan crecer en su vida cristiana por medio del discipulado, necesitan aprender a servir, a evangelizar a sus pares y a adorar a Dios. Así ellos y el ministerio pueden crecer de modo saludable. En el discipulado recordamos que durante la adolescencia se produce un replanteo profundo de la fe. La fe infantil, la creencia en el Dios de la infancia son puestas a prueba. Por eso generamos situaciones en las que pueden plantear sus dudas, sus cuestionamientos e interrogantes sin ser juzgados ni condenados por ello. Hay discusiones y debates en torno a la fe, y los guiamos a encontrar en la Palabra de Dios las respuestas a sus dudas.
Código de valores
Otro aspecto importante es la construcción de un código de valores, de una moral autónoma, que no sea impuesta. Una adolescente siempre me pregunta: «¿se puede esto?» «¿se puede aquello?» Anteriormente, había estado asistiendo a una iglesia en la que se entendía el cristianismo como una serie de reglas a cumplir, lo que había producido mucha rebeldía en ella. Yo siempre evito responderle con un sí o con un no. En lugar de eso le hago preguntas acerca de la situación, acerca de los motivos para actuar de ese modo, acerca de cómo se sentiría si lo hiciera. O la llevo a encontrar algún principio bíblico del cual pueda extraer la respuesta y le pregunto, «¿vos qué pensás, teniendo en cuenta esto que dice la Biblia?» Por lo general, su respuesta coincide con la que yo le hubiera dado, pero tiene más valor pues la descubrió ella, no se la impuse yo. De esta manera la ayudo a construir principios de vida y valores acordes con la voluntad de Dios.
Las chicas y los chicos se han identificado mucho con los líderes juveniles que coordinan el grupo entablando una buena amistad con ellos.
Preparamos estudios bíblicos participativos en los que tienen que descubrir qué dice la Biblia. Planteamos casos y situaciones que son semejantes a los que las chicas y los chicos viven para discutir cómo aplicar los principios bíblicos a sus vidas. Les encanta participar en estas actividades, y poco a poco están asumiendo el compromiso de obedecer lo que encuentran en la Biblia. Al mismo tiempo están cambiando los prejuicios que tenían acerca de la Palabra de Dios como un libro aburrido. Tratamos de establecer vínculos estrechos. Ellos se han identificado mucho con los líderes juveniles que coordinan el grupo entablando una buena amistad con ellos. Se animan a hablar de sus problemas, comparten momentos con nosotros, proponen distintas actividades en las que podemos compartir la vida, como aprender a hacer pizza, organizar un paseo u otras. De este modo informal, están aprendiendo a vivir la vida cristiana.
Les brindamos oportunidades de servicio. Los adolescentes se motivan mucho y son capaces de hacer importantes aportes a la comunidad o a la iglesia cuando se les dan oportunidades para ejercer sus dones y poner en juego sus muchas habilidades. Los estimulamos a preparar una cartelera, a colaborar con programas para niñas y niños, a presentar una obra de teatro, entre otras actividades. El ejercicio de sus dones los ayuda a crecer espiritualmente y en todas las áreas de su vida. Los animamos a evangelizar a otros adolescentes. Cuando empezaron a sentirse cómodos en el grupo y a crecer en la vida cristiana, se empezaron a atrever a invitar a sus amigos no cristianos al mismo. Así crecen ellos y el grupo.
Los animamos a participar en la adoración. Buscamos canciones con letra y música que les gusten. Los estimulamos a tocar la guitarra, la batería y otros instrumentos no sólo en las reuniones exclusivas para adolescentes sino también en las de la iglesia. Ponen ritmo y alegría que nos inspiran a adorar a Dios. ¿Tan fácil fue todo? ¡No! Hubo idas y venidas, crecimiento y «bajonazos». En ocasiones vienen todas las chicas y los chicos al grupo, otras veces «se hacen la rata», como en la escuela. A veces están eufóricos de alegría, otras están deprimidos, como todos los adolescentes. Pero si hubo algo que aprendimos es que tenemos que ser fieles siempre, y dejar el crecimiento espiritual y numérico del grupo en las manos de Dios.
«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Cor. 3.6)

Ana Somoza es pedagoga y formadora de docentes. Tomado de Alcanzando a la niñez, año 7, número 28. Un ministerio de Red Viva, www.redviva.org , Todos los derechos reservados. Este suplemento de Alcanzando a la niñez se publicó en Apuntes Pastorales, volumen XXIII, número 2. Todos los derechos reservados.

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Salmo 1:3 RVC