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Vida Cristiana

Mi tiempo con Dios: la ruta hacia el crecimiento espiritual

15 julio, 20052755 visitas


Es probable que el problema más difundido y persistente que se encuentra entre los cristianos es el problema del letargo y retardo en el progreso espiritual. ¿A qué se debe que, años después de haber hecho una profesión cristiana, muchas personas no hayan avanzado desde su punto de partida cuando creyeron por primera vez?



Algunos tratarían de resolver la dificultad afirmando concretamente que dichas personas nunca habían sido salvas, que nunca fueron regeneradas. No son más que simples profesantes que se quedaron cortos en la verdadera conversión.



Esta pudiera ser la respuesta para una pequeña minoría. Sin embargo, este tipo de persona no es la que se lamenta por la falta de crecimiento espiritual, sino el verdadero cristiano que ha tenido una experiencia real de conversión y que confía en Cristo para su salvación. Muchos se encuentran entre los desilusionados que se lamentan de su fracaso en el progreso de la vida espiritual.



Las razones y causas de tal retardo en el desarrollo son múltiples. No sería justo atribuirle la dificultad y el mal a una sola falla o falta. Existe una, sin embargo, que es tan universal que fácilmente pudiera ser la causa principal: la falta de no dedicarle tiempo al cultivo del conocimiento de Dios.



Es muy fuerte y poderosa la tentación de que le demos a nuestra relación con Dios un carácter judicial en vez de personal. Muchos creen que la salvación se ha reducido a un acto único que no requiere atención posterior. El nuevo creyente está consciente de un acto que realizó en lugar de reconocer que existe un Salvador viviente al cual debe seguir con lealtad y a quien debe adorar.



El cristiano es fuerte o débil en proporción directa en la medida en que se dedique al cultivo de la intimidad y del conocimiento de Dios. Nunca podríamos decir que Pablo era partidario o defensor de la escuela automática del cristianismo que aboga por una decisión de una vez por todas. Le dedicó toda su vida al arte de conocer a Cristo. «Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo…. Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte.… prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» (Filipenses 3.8, 10, 14.)



Avanzaremos en nuestra vida cristiana a medida que desarrollemos un conocimiento del Dios Trino en nuestra experiencia personal. Y tal experiencia requiere una vida entera de devoción a dicha tarea y la inversión de considerables periodos de tiempo en cultivar la intimidad con Dios. Se puede conocer a Dios únicamente cuando nos dedicamos y consagramos nuestro tiempo a él. Sin querer hacerlo y, de modo inadvertido, hemos traspasado esta falta tan seria a los títulos de nuestros libros y las canciones evangélicas. «Un Momento con Jesús» cantamos, e intitulamos nuestros libros El minuto de Dios, o algo por el estilo que revela y delata nuestra actitud. El cristiano que está satisfecho con darle a Dios Su «minuto» y a pasar «un momento con Jesús» es el mismo que suele aparecer en los cultos de evangelización sollozando por su retardo en su desarrollo espiritual y rogándole al evangelista que le muestre el camino para salir de su estancamiento.



Más vale que lo admitamos de una vez por todas: no existe un atajo por el cual podamos alcanzar la santidad. Aun las crisis que atravesamos en la vida espiritual, por lo general, son el resultado de largos períodos de meditación y oración. A medida que las maravillas aumentan y deslumbran nuestra visión es probable que ocurra una crisis de proporciones trascendentes y revolucionarias. Pero esa crisis está íntimamente vinculada con lo que haya ocurrido anteriormente. Es una explosión súbita y repentina de dulzura, un manantial que brota por la presión interior del agua que se ha ido acumulando hasta que es imposible contenerla. Detrás de todo esto está el vigor y la preparación que procede como resultado de esperar y confiar en Dios.



Mil distracciones nos quisieran seducir para apartar nuestros pensamientos de Dios, pero si actuamos con sabiduría, las reprenderemos con severidad y le daremos lugar y morada al Rey e invertiremos tiempo en atenderlo como nuestro huésped. Es posible que seamos negligentes en algunas áreas de la vida espiritual sin sufrir gran pérdida, pero serlo en la comunión con Dios es lastimarnos y perjudicarnos donde menos podemos permitirnos ese lujo. Dios responderá a nuestros esfuerzos de conocerlo. La Biblia nos declara y enseña cómo; se trata exclusivamente de nuestra determinación de dedicarnos a esta santa tarea de conocer a Dios.



Tomado y adaptado del libro La raíz de los justos, A. W. Tozer, Editorial Clie, 1994. Adptado por DesarrolloCristiano.com. Usado con permiso. Todos los derechos reservados.

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