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Reflexión

Mitos

15 julio, 2005463 visitas

Cierta vez, al comenzar mi sermón en una reunión a la que había sido invitado a hablar, dije que previamente había pensado dar determinado mensaje pero que esa mañana me había sentido exigido por una impresión interna a cambiarlo por otro tema. Conté eso con el fin de explicar la diferencia entre lo que iba a presentar esa noche y el tema que, según mi aviso anterior, había sido impreso en el boletín de la iglesia.


Terminada la reunión, una mujer vino a elogiarme. Dijo ella que el mensaje que había dado era, seguramente, el que Dios quería que presentara, y sugirió que yo había revelado mi gran sensibilidad al Espíritu Santo al recibir de El esa orden, a último momento, de cambiar el tema.


Lo que en realidad yo había admitido, era mi falta de sensibilidad a la guía del Espíritu. El Señor sabía el mensaje que El quería que yo diera aún antes de que fuera invitado a hablar en esa reunión. El sabía meses, años y aún a siglos de esa ocasión, lo que predicaría. El me podría haber revelado exactamente lo que debía decir dos semanas, o una, o aún tres días antes, de manera que pudiera estar preparado a fondo con anticipación para comunicar su mensaje. El hecho de que El no pudo llegar a mí antes, me sugiere que fui insensible a su dirección durante todo el tiempo en que estuve preparando el otro sermón.


Si estamos abiertos a su guía continuamente, el Espíritu Santo puede revelarnos sus intenciones con respecto a cualquier situación tan fácilmente antes como también en el último instante; y es bueno recibir sus instrucciones con el tiempo suficiente. Podemos así probar nuestras impresiones a fin de asegurarnos de que son realmente del Señor. He escuchado a personas reclamando la guía del Espíritu Santo a último momento cuando sus acciones no eran claramente el resultado de la dirección divina.


Algunos argumentan que cuando recibimos instrucciones del Señor a último momento habrá más probabilidad de que dependamos de su acondicionamiento y no tanto de nuestra preparación. Pero ese razonamiento se basa en otra falacia, y es la que sugiere que la actividad espontánea es necesariamente más espiritual que la participación planificada.


Hay personas que están seguras de que planificar el servicio de antemano, aprender un método para presentar un testimonio evangelístico, o escribir una oración o sermón es la manera segura de ahogar el ministerio del Espíritu Santo.


Cierta persona me dijo alguna vez que Dios no podría jamás bendecir un sermón que hubiera sido escrito antes de darlo.


Hay muchos incidentes históricos que muestran el error de esta idea. Por ejemplo, uno de los sermones que Dios utilizó con mayor fuerza ha sido: “Pecadores en las manos de un Dios con ira”, por Jonathan Edwards. Una multitud cayó bajo la convicción de pecado enviada del cielo a medida que se iba dando el mensaje. Y ese sermón, no sólo fue escrito con anterioridad, sino que encima fue leído a la audiencia.


No hay razón por la cual los cristianos comprometidos no puedan depender completamente del Señor tanto en la preparación como en la ejecución. El Espíritu Santo tiene entonces doble oportunidad de obrar a través de nuestras vidas, y nosotros experimentamos el doble impacto de su poder.


Algunos cristianos (quizás sólo unos pocos) piensan todavía que la educación hace que un individuo sea menos sensible a la dirección del Espíritu Santo. A pesar de que el orgullo intelectual puede hacer que alguien confíe más en sí mismo que en el Señor, la verdadera educación busca este fruto. El verdadero aprendizaje hace que una persona se dé cuenta de todo lo que ignora, llevándola a una actitud más humilde, en dependencia del Señor.


Años atrás, cuando era estudiante en un instituto bíblico, un orador nos previno en contra de la educación diciendo: “Yo preferiría ser un cuchillo sin filo en las manos del Espíritu Santo que una hoja bien afilada empuñada por la carne “. Yo pensé –y aún hoy lo sostengo– que existe otra posibilidad. Y es ser un cuchillo afilado usado por el Espíritu Santo.


© The Alliance Witness, 1984. Usado con permiso. Apuntes Pastorales. Diciembre 1984 – Enero 1985. Volumen II, número 4.

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