Todo el que sirve en el ministerio reconoce que es parte de una gran obra. Sin embargo, muchas veces dudamos del valor real de nuestra contribución al menospreciar nuestro impacto, el fruto de nuestra siembra, la grandeza de nuestras conquistas y el peso de la historia que hemos escrito con nuestra vida y trabajo...
Hemos recibido el llamado a enseñar, exhortar y animar a nuestras congregaciones a que compartan las buenas nuevas. Nuestros mejores esfuerzos, sin embargo, no verán fruto hasta que nosotros incorporemos la evangelización a nuestra tarea pastoral.
¿Cómo podremos recuperar la pasión evangelizadora que debería caracterizar a cada discípulo de Cristo?, volviéndonos a él. Compartamos con él nuestra preocupación porque ya no nos conmueve el tormento que sufren los que están sin esperanza. Confesemos ante él nuestra indiferencia...
Muchos líderes distinguidos han comandado ejércitos en tierra y armadas en el mar, pero no han podido resistir uno o dos pecados que los acosaban. Las batallas más feroces no son tanto las de afuera sino las que se libran dentro de nosotros. Esta es la óptica de la Biblia sobre el tema y por eso la Palabra de Dios nos dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón.»
La manera en que nos referimos a los grupos a los cuales pertenecemos revela mucho acerca del estado en que están nuestras relaciones.
Las buenas obras que dejan una contribución perdurable en el tiempo, requieren de un compromiso a largo plazo. Si deseamos ver la transformación de las personas con las que estamos involucrados, deberemos estar dispuestos a caminar con ellos en un proceso que durará un tiempo...




