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Vida Espiritual

Pecados y pecados

17 mayo, 20131391 visitas

 Percibo que existe un fastidio generalizado con ciertos pecados. «El mundo va de mal en peor; estamos cerca del fin», alertan. «¿Pero, cuáles son los pecados que aceleran el fin del mundo?», pregunto yo. «La promiscuidad sexual», responden. «Si no llega un avivamiento puritano similar al que vivió Inglaterra durante el tiempo de la reina Victoria, lloverá fuego y azufre». Yo persisto; mi inquietud es intensa: «¿Por qué tanto énfasis en el pecado sexual?»

 

¿No vamos a hablar de un pecado que Dios odia o, para ser más precisos, abomina? El libro de Proverbios es categórico: «Seis cosas hay que el Señor odia, y siete son abominación para él: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que trama planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos» (Pr 6.16–19 –itálicas añadidas).

 

Dios odia toda maldad que genera muerte, pero detesta, abomina la maledicencia, la calumnia, el chisme. El Señor abomina con vehemencia la difamación. ¿Por qué no se combate específicamente este mal que despierta la ira divina? El noveno mandamiento no dejaba dudas al respecto. Jehová no tolera al que siembra sospechas: «No darás falso testimonio contra tu prójimo».

 

¿Por qué aborrece Dios, con tanta fuerza, la maledicencia?

 

Porque el que maldice solamente se deleita cuando, insatisfecho con arruinar una reputación, busca destruir una historia. El calumniador clava las uñas en la vida de la persona que admira, con el deseo de matarla.

 

Porque el calumniador hurga en la intimidad ajena para proporcionar lo que no comparte. Para eso le gustan los ambientes mal olientes. Es una hiena con hambre de carroña. El calumniador se alimenta de noticias estancadas. Sabe revolver las fosas del pasado —fosas podridas. El mundo del calumniador abunda en frases retaceadas de eventos que deberían yacer en el mar del olvido. Cuando divide conversaciones, se sirve de revelaciones íntimas; y juega al viento con la intensión de arrasar.

 

Porque al calumniador le gusta susurrar medias verdades. Él agranda; nunca inventa. Su especialidad es imaginar. Evita el riesgo de difamar apelando a vagas insinuaciones. Esparce como hecho la fantasía, o la sospecha. El difamador no deja de ser una rata. Se mueve con agilidad por las alcantarillas de la duda. Su mundo requiere penumbras; sus alucinaciones no resisten la luz. Prefiere la luz tenue para que todos se vean oscuros.

 

Porque el calumniador es escurridizo. Ama el discurso conservador para protegerse de los actos fallidos, de los resbalones. Es ortodoxo. Le gusta discutir lo literal; detesta su propia subjetividad. Armado de argumentos irrefutables, evita que otros perciban la incomodidad que siente consigo mismo. Los chismes desparramados sirven para esconder el alma mezquina del detractor. Como señala José Ingenieros, busca empañar «la refutación del otro para disminuir el contraste con la propia». Cuando surge la duda cree que su imprudencia reducirá el discernimiento de las personas.

 

Porque el calumniador necesita de cómplices. Él solo obra en grupo. Amparado por gente de corazones diminutos, desparrama el virus de la noticia imprecisa. Procura no aparecer. Le basta con que la información sospechosa corra por la boca rencorosa de los simplones. Se limita a supervisar la maquinación de la maldad. Y tampoco falta la gente baja. Sobran los que se deleitan en asistir al espectáculo de una biografía atascada en la cuneta. Se deleita en saber que otros terminaron el servicio que él solo comenzó. Trata con desdén la Biblia, que tanto repite: «no te regocijes cuando caiga tu enemigo, y no se alegre tu corazón cuando tropiece».

 

Porque el calumniador se lame los labios ante la inminente caída de quien, en el fondo, admira. Después de que se entera de la desgracia, revive. Su sonrisa delata una satisfacción satánica. Desea lo que el otro disfrutaba. Su odio es proporcional a su admiración. Ahora, cree que no existe nadie más por encima de él. La lengua es un fuego, muchas veces inflamada por el infierno. La lengua produce un mundo de iniquidades y solamente se requiere una chispa para incendiar el curso de una reputación. Para acabar con alguien, no hace falta más que una pequeña insinuación, con ceño fruncido, un gesto de vacilación.

 

Porque el calumniador es dueño de una perfidia maldita. Es experto en las preguntas capciosas. Su intención es escuchar el secreto y dejar, en el aire, signos de interrogación: «¿Será?» «¿Te parece que así fue?» Para eso, oscila miserablemente entre la piedad y la difamación. Con la misma lengua bendice a Dios y maldice la historia de alguien creado a imagen y semejanza del Dios que jura adorar. Si no logra destruir la biografía, la historia observada objetivamente, el calumniador cuestiona las intenciones. Le gusta juzgar los valores porque la subjetividad es frágil. Se vale de sus cloacas interiores para juzgar y sentenciar. David pecó, pero recibió la gracia de escoger la clase de castigo que sufriría: «Te ruego que nos dejes caer en manos del SEÑOR porque grandes son Sus misericordias, pero no caiga yo en manos de hombre». El Padre Antonio Vieira comenta sobre este pasaje: «El juicio de los hombres es más terrible que el juicio de Dios, porque Dios juzga con entendimiento, pero los hombres juzgan con la voluntad».

 

Porque el calumniador nunca quiere ser justo. Su verdad nace de su antipatía. Mal dispuesto, ejerce un juicio manchado de envidia. No discierne que la sospecha, la duda y el juicio vienen contaminados por la hostilidad. El acusador no quiere saber lo que encarna la peligrosa serpiente de Apocalipsis o que tendrá el mismo destino.

 

Porque el calumniador, antes de señalar con el dedo, olvida el proverbio: «Las palabras del chismoso son como bocados deliciosos, y penetran hasta el fondo de las entrañas. Como vasija de barro revestida de escoria de plata, así son los labios ardientes y el corazón perverso. El que odia, disimula con sus labios, pero en su corazón acumula engaño. Cuando su voz sea agradable, no lo creas, pues hay siete abominaciones en su corazón. Aunque su odio se cubra con engaño, su perversidad será descubierta en la asamblea. El que cava un hoyo caerá en él, y el que hace rodar una piedra, sobre él volverá» (Pr 26.22–27).

 

Soli Deo Gloria

 

 

El autor es pastor de la Iglesia Betesda en San Pablo, Brasil. Es autor de varios libros —aún no disponibles en español— y un reconocido conferenciante. Está casado con Silvia. Dios los ha bendecido con tres hijos y tres nietos.

Se tomó de ricardogondim.com.br Se publica con permiso del autor. Todos los derechos reservados por el autor. Los derechos de la traducción al español pertenecen a Desarrollo Cristiano Internacional.

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