Solidaridad primero
Introducción
Para muchos, la voz del pueblo es la voz de Dios, porque para ellos dios es la comodidad, la conveniencia, el menor esfuerzo y la aprobación de grupo. Sin embargo, como hijos de Dios en un mundo que vive de espaldas a Él, estamos llamados a ir contra la corriente, a marchar al ritmo de un tambor distinto, a seguir un patrón de conducta distinta al de la mayoría. Estamos llamados a ser diferentes.
Pero no es fácil ser diferente. Todos tenemos la inclinación a ceder a la presión del grupo. Un experimento se llevó a cabo en varios colegios y universidades. A varias personas se les decía que estaban formando parte de una prueba de juicio visual. Se les mostraban 2 tarjetas una tenía una sola línea vertical y la otra, mostraba líneas de diferentes longitudes. La tarea de los estudiantes consistía en escoger la línea de la segunda tarjeta que fuera del mismo largo que la línea de la primera tarjeta. Uno por uno, los estudiantes daban sus respuestas. Entonces, se les daba un nuevo juego de tarjetas, y otro, y otro.
Al principio, todos elegían la mismo línea correspondiente: la derecha. Pero en la tercera prueba, un estudiante (el sujeto de la prueba) encontraba que su respuesta difería de la respuesta de todos los demás. Una y otra vez escuchaba a los otros estudiantes dar la respuesta equivocada. A veces, él era el único que daba la respuesta distinta. Otras veces, tenía el apoyo de otra persona…. Lo que el estudiante probado no sabía era que todos los otros alumnos, incluyendo al que a veces se ponía de su lado, estaban respondiendo de la manera que se les había dicho que respondieran. El era el único que estaba ejercitando, supuestamente, un juicio «independiente».
Si todos los estudiantes hubiesen respondido honestamente, hubieran cometido errores sólo el 1% de las veces. Los 123 estudiantes sujetos de este experimento cedieron al juicio equivocado de la mayoría el 36.8% de las veces. Aunque hubo una cuarta parte de ellos que sostuvieron su juicio independiente vez tras vez, otros fueron altamente conformistas. Y, como regla, una vez cedían a la opinión de la mayoría, no volvían a adquirir su independencia. En un examen posterior a la prueba, todos los conformistas tendían a subestimar el grado en que se habían acomodado a la opinión de la mayoría.
Las variaciones en el tamaño del grupo eran determinantes: hasta cierto punto. Un sólo oponente tenía poca influencia en la respuesta de una persona. Con 2 oponentes, los que eran examinados aceptaban la respuesta equivocada 13.6% de las veces. Con 3 oponentes, los examinados aceptaban la respuesta equivocada 31.8% de las veces.
A través de todas las pruebas, la habilidad del examinado de mantener la respuesta correcta dependía en parte de cuán grande era la mayoría que se le oponía. Aún cuando la diferencia entre las líneas llegara a 20 centímetros, hubo quienes se plegaron al error de la mayoría.
Para reflexionar
Así es. No es fácil ser distintos. Hay mucha verdad en el dicho, «Dime con quien andas, y te diré quién eres». Tenemos la tendencia a ceder a la presión del grupo. Hay quiénes actúan de una forma viviendo en casa de su familia y de otra, viviendo en casa de otra familia.
Pero aún así, Dios quiere alterar nuestros patrones de conducta. Dios quiere cambiar nuestros hábitos de comportamiento. Dios quiere que seamos distintos. Dios quiere que sigamos Su Modelo y no el modelo del mundo.
Trasfondo
Cuando entregamos nuestras vidas a Dios somos transformados en nuestra forma de pensar (1-2), en nuestra forma de adorar (3-8), en nuestra forma de amar (9- 10), en nuestra forma de servir (11-12), nuestra forma de responder a la necesidad (13), nuestra forma de responder a la persecución, y ahora,
Idea central: Debemos entregar nuestras vidas a Dios para que nuestra vida llegue a estar caracterizada por la simpatía (15)
La palabra simpatía viene de los términos griegos sun, «con», y pathein, «sentir». Simpatizar es compartir los sentimientos de otra persona, es hacer nuestras sus alegrías y hacer nuestras sus tristezas. Una de las primeras lecciones que enseñan a los profesionales es a no involucrarse afectivamente con sus clientes. Si el médico se encuentra sufriendo las angustias y las alegrías de cada paciente, si el abogado hace suyos los odios y los temores de su defendido, si el maestro se apropia de las frustraciones y las alegrías de los alumnos, entonces, se dice, sus energías emocionales serán drenadas al punto del agotamiento. Si nos involucramos demasiado con el sentir del prójimo, se nos dice, nos volveremos incompetentes en el desempeño de nuestras tareas.
El mundo en que vivimos nos enseña a mantenernos distantes, no demasiado, para no aparentar frialdad, pero sí suficientemente como para no vernos envueltos en la vida de los demás. Si te ves involucrado en la vida de los demás, pierdes privacía, independencia; pierdes tu lugar. Pero este pasaje nos dice todo lo contrario. Nos dice que debemos simpatizar. Pero no simpatizar a nivel de palabras solamente, que es la manera hipócrita que el mundo tiene de pretender sentir lo que no siente. No. Debemos simpatizar a nivel de emociones. Debemos simpatizar al punto de verdaderamente poder gozarnos con los que se gozan y llorar con los que lloran. La envidia hace imposible gozar con los que gozan. El odio hace imposible llorar con los que lloran.
¿Cuándo nos gozamos con los que se gozan?
I. Nos gozamos con los que se gozan cuando tomamos parte en sus celebraciones
Jesucristo no estuvo demasiado ocupado como para no poder tomar parte en la celebración de las bodas de Caná de Galilea. Tampoco estuvo demasiado ocupado como para no participar en el banquete de celebración de la conversión de Mateo: «Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió. Y Leví hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban sentados a la mesa» (Lc. 5.27-29).
¿Participamos en las celebraciones de otros? ¿En las celebraciones de los miembros de la familia de Dios? ¿Estamos haciendo partícipes a los hermanos de nuestras celebraciones? ¿Compartimos aquellos que nos alegra? ¿Lo hacemos oportunidad de regocijo mutuo?
A. Por la prosperidad espiritual de otros.
Cuando un pecador se arrepiente.
Repetidas veces se habla en la Biblia del gozo que el arrepentimiento de un pecador produce. (Léase Lc. 15.4-7)
La misma lección se desprende de la parábola de la moneda perdida que cuando su dueña la encuentra. (Lc. 15.9-10)
Y la misma lección está presente en la parábola del hijo pródigo, quien a su retorno a casa es recibido por su padre. (Lc. 15.23-24) Explicando su proceder al hijo mayor que ante la celebración de la prosperidad espiritual del hermano menor se puso de morro, el padre dice, «Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado».
B. Por la participación sincera y emotiva en la vida de la iglesia. (Léase Hch. 2.46-47)
1. Reuniéndose con frecuencia.
La vida de la iglesia incluye la reunión frecuente y regular, la participación de la mesa del Señor, la alabanza unidos, pero también la persecución por causa del testimonio. Y es también eran para los primeros cristianos motivo de gozo y regocijo mutuos. (Léase Hch. 5.40-41)
2. Gozándose sanamente.
a. Sin participar en vicios.
«Gozáos con los que se gozan» dice el pasaje. Algunos pueden torcerlo diciendo que la participación en el pecado, los vicios y las malas compañías es una forma de practicar este principio. Pero Proverbios 15.21 nos recuerda, «La necedad es alegría al falto de entendimiento; mas el hombre entendido endereza sus pasos». También en Proverbios 2.10-14 leemos, «Cuando la sabiduría entrare en tu corazón… la discreción te guardará… para librarte del mal camino, de los hombres…. que se alegran haciendo el mal, que se huelgan en las perversidades del vicio, cuyas veredas son torcidas, y torcidos sus caminos».
b. Sin ser envidiosos.
De los hombres que reciben la maldición de Dios, Pablo dice en Romanos 1.32, «quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican».
En contraste, En 1 Corintios 13.5, 6 dice que el amor «no hace nada indebido… no se gozo de la injusticia, mas se goza de la verdad». De David leemos, «yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos» (Sal. 122.1), y, «para los santos que están en la tierra, y para los íntegros es toda mi complacencia» (Sal. 16.3).
c. Por motivos correctos
¿Con quiénes nos estamos gozando? ¿La alegría de quiénes estamos compartiendo? ¿Dónde estamos encontrando contentamiento? ¿Estamos tomando parte en las celebraciones de la familia de Dios, tal como Cristo lo hizo? ¿Es motivo de alegría para nosotros la prosperidad espiritual de los hermanos? ¿Cómo lo estamos demostrando? ¿Estoy encontrando gozo compartido en la sincera y espontánea participación en la vida de la iglesia? ¿En las oraciones, los cantos, la comunión, el testimonio y aun el rechazo del mundo? ¿La compañía de quiénes escojo para gozarme?
En el año 1671 William Penn fue condenado a 6 meses de prisión por su honestidad. «Usted es un caballero ingenioso le dijo el magistrado del juicio además tiene abundantes posesiones, ¿por qué ha de hacerse la vida difícil asociándose con gente tan sencilla? (Refiriéndose a los cristianos) Prefiero dijo Penn asociarme con el honestamente simple que con el ingeniosamente malvado».
Transición (para introducir la segunda parte)
1. Una cara de la moneda de la simpatía es gozarnos con los que se gozan. La otra, llorar con los que lloran.
2. ¿Cuándo lloramos con los que lloran?
II. Lloramos con los que lloran cuando hacemos nuestro su luto. (12.15b)
¿Qué dice el versículo más corto de la Biblia? «Jesús lloró» (Jn. 11.35). Jesús sabía que iba a resucitar a Lázaro. ¿Por qué lloró? Jesús lloró por simpatía con el sentimiento de Marta y de María: «Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió» (Jn. 11.33). Jesús se involucraba emocionalmente con sus «pacientes» espirituales.
A. Lloramos con los que lloran cuando sentimos la seriedad del pecado.
Mateo 5.4, «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». El llanto por el sentir de haber pecado y fracasado espiritualmente debe ser real y compartido: «Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente» (Lc. 22.62). El pecado debe producir tristeza, «Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tu conocieras a lo menos en este día lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos» (Lc. 19.41), y luego, en Lucas 13.34, «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos, y no quisiste!».
Este es el sentir exhibido también por Pablo: Filipenses 3.18, 19, «porque por ahí andan muchos, de los cuales os dijo muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza, que sólo piensan en lo terrenal».
B. Lloramos con los que lloran cuando sobrellevamos los unos las cargas de los otros.
Gálatas 6.1-3, «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid a sí la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, a sí mismo se engaña».
Sobrellevamos los unos las caras de los otros cuando compartimos nuestras penas y zozobras, y pedimos oración por ellas. Si pretendemos ser super santos, super héroes que no necesitan que los demás nos apoyen en oración, ni siquiera somos conscientes de nuestros pobreza espiritual.
Pero aun Jesús sintió la necesidad de que los suyos le ayudaran a llevar sus cargas. En el Getsemaní Jesús pidió a Pedro, Jacobo y a Juan que orasen con él aparte. Se durmieron y les dijo, «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt. 26.40.
Hay pocos lazos que unen como una pena común. Una escritora cuenta la siguiente historia:
Una señora encuentra a la sirvienta de un vecino y le dice, «Me apena la muerte de tu tía Lucía. Debes extrañarla mucho. Eran tan amigas». «Si, es cierto. ¡He sentido mucho su muerte! Pero no éramos amigas». «¡Cómo!», dijo la señora, «creí que lo eran. Las he visto riendo juntas cantidad de veces». «¡Así es! Hemos reído juntas, hemos caminando juntas, pero no éramos amigas. Verá: Nunca compartimos nuestras lágrimas. Las personas deben llorar juntas para convertirse en amigas».
El Señor quiere que los miembros de Su cuerpo seamos amigos. Quiere que riamos juntos y que lloremos juntos.
Conclusión
Es más fácil difícil reír sinceramente con los que ríen que llorar con los que lloran. Crisóstomo escribió sobre este pasaje: «Hace falta un temperamento cristiano más elevado para gozarse con los que se gozan, que para llorar con los que lloran. De esto se ocupa la naturaleza… pero lo otro requiere un alma verdaderamente noble, no sólo para sobreponerse a la envidia, sino también para sentir placer con la persona que se estima». Es difícil felicitar a otros por sus triunfos, especialmente si sus triunfos en alguna medida significan nuestra derrota.
Pero Dios quiere que seamos diferentes. No que sigamos al rebaño.
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