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Reflexión

Un imperio conquistador que no conquistó la renovación

15 julio, 2005437 visitas


Hace quinientos años, tal como lo insinuáramos en el capítulo anterior, Europa estaba cambiando rápidamente y se estaba transformando en algo completamente nuevo. Estos cambios determinaron la nueva modalidad que la Iglesia habría de asumir en el período por venir: la Edad Moderna.



El Renacimiento llevó a la gente a pensar acerca del mundo, la historia de su país y en sí mismos de una manera nueva. Y como era de esperarse, esto también afectó la fe de los cristianos europeos. La Reforma llevó a la división de la Iglesia. Esta consecuencia inesperada – que separara a los protestantes de los católicorromanos- generó múltiples conflictos, especialmente de carácter político y social.



La exploración oceánica puso a los europeos en contacto con cinco continentes y abrió el camino para pensar en una Iglesia realmente «mundial». Al mismo tiempo, esto llevó a la dominación de la mayor parte del mundo por las potencias europeas occidentales.



UNA NUEVA EUROPA



La Edad Moderna en Europa se caracterizó por una serie de cambios de orden cultural, religioso, científico, político, geográfico, los que fueron influidos por un profundo individualismo. Las transformaciones fueron muy evidentes en el plano político y las monarquías absolutas europeas se impuso a la de la Iglesia. Los obispos y abades fueron considerados como vasallos del rey y debían acudir en su defensa. El rey era una especie de «jefe temporal» de la Iglesia.



Estos cambios, que determinaron el surgimiento del Estado nacional absoluto, transformaron a su vez el papel de la Iglesia en la nueva sociedad y tuvieron honda repercusión en su vida interna.



La Iglesia se vio forzada a reglamentar sus atribuciones y poderes con los diferentes Estados, por medio de acuerdos que tomaron el nombre de concordatos. Ellos determinaban el régimen de los beneficios y de las tasas pontificias.



Los monarcas dejaron de apoyarse en las inestables relaciones de dependencia personales para sustituirlas por la idea de nación. Este nuevo concepto unía a todos los habitantes del reino. Con un rey, una ley y una fe bajo control, se afirmaba el proceso del Estado nacional absoluto.



UNA VIEJA PENÍNSULA



El Renacimiento, la Reforma y la exploración oceánica eran los elementos que estaban alterando el curso de la historia en el continente europeo. Pero ¿qué pasaba, mientras tanto, en España y Portugal? ¿En qué medida la península ibérica fue afectada por los movimientos del Renacimiento y la Reforma?



En primer lugar, la Reforma fracasó en la península ibérica. La Inquisición fue sumamente efectiva en liquidar los focos incipientes de fe protestante.



Maximiliaan F. van Lennep, quien a fines del siglo pasado investigó a fondo el protestantismo del siglo XVI en España, señala: «La luz del evangelio que tan espléndidamente comenzó a brillar en España en el siglo XVI, fue apagada por el rey Felipe II. Este rey, que había declarado que prefería reinar sobre un desierto antes que sobre un país habitado por herejes, había logrado su deseo. A su muerte no se encontraba ni un solo protestante en España. Los pocos que habían escapado a los «actos de fe» de la Inquisición huyeron al extranjero. España, pues, en el orden espiritual, había sido convertida por su rey en un desierto donde el árbol de la fe no podía prosperar más.



En cuanto al Renacimiento, este no se expresó en sus manifestaciones más plenas en la mencionada región, o, al menos, no lo hizo con las características novedosas de la versión italiana. En España se recibió el influjo artístico itálico a mediados del siglo XV, pero no alcanzó a madurar hacia algo propio. Por eso, suele denominarse Renacimiento tardío o periférico al movimiento plástico peninsular. RECUADRO



La razón básica para el «retraso» peninsular es que, en el caso de España, esta se consideraba una guardiana celosa de sus logros medievales. Cuando la mayoría de los países europeos estaban inmersos en el Renacimiento, España todavía estaba en procura de sus raíces, para construir sobre ellas su identidad nacional. No obstante, supo darle a su herencia medieval una nueva expresión. De esta manera, una rara combinación de lo viejo con lo nuevo fue la que caracterizó a la España que vino a América.



Esto explica también el hecho de que España transmitió al Nuevo Mundo muchos de sus valores medievales. En un sentido muy real, la Edad Media encontró su expresión final del lado americano del Atlántico, una vez que había concluido en Europa. Mientras tanto, Europa estaba entrando en la modernidad con la Reforma religiosa y con el así llamado Renacimiento italiano, que provocaron el abandono de los factores básicos que sustentaban a la cristiandad medieval.



Es posible detectar varias características medievales en la colonización de América. La más evidente de todas es aquella que Colón manifiesta cuando, en el curso de su tercer viaje, afirma con certidumbre que había encontrado en América nada menos que el Paraíso Terrenal. El reino de la fábula, la esfera institucional y legal, el ámbito del arte y la atmósfera cultural de la Nueva España en el siglo XVI representan en muchos aspectos el despliegue de una España medieval.



América latina nació, entonces, del encuentro dramático de dos hemisferios. Culturas diferentes se confrontaron y se relacionaron en el término de pocas décadas. El encuentro entre el cristianismo latino y las religiones indígenas del Nuevo Mundo fue una experiencia totalmente nueva en la historia cultural del mundo. El cristianismo latino, según era interpretado por el catolicismo español, era una ortodoxia absolutista. Como tal, seguía los patrones medievales y no toleraba rivales al lanzarse a la evangelización y colonización del nuevo continente, con un celo misionero acuñado en los fuegos de la Reconquista.



El absolutismo político y la uniformidad religiosa fueron las características principales de la España que vino al Nuevo Mundo. Y como el nuevo espíritu de la Reforma protestante y sus fuerzas liberadoras todavía no habían encontrado su lugar en la península ibérica, América latina asimiló lo nuevo, no tanto como una respuesta gozosa a la gracia de Dios por la fe, sino más bien como un deber necesario para el bienestar del Estado imperial.

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