Un llamado sin barreras
¡Las mujeres también son protagonistas en el cumplimiento de la Misión de la Iglesia! Es una declaración que nos llama al ánimo y al trabajo empeñoso, pero que en ocasiones parece velarse tras muchos temores o malentendidos. A lo largo del relato bíblico encontramos numerosas referencias a mujeres que encontraron maneras de servir a su Señor con entrega y fidelidad. Cómo olvidar a figuras prominentes como Débora, quien desafió la tradición y sirvió a su pueblo con profunda convicción y coraje, o a Ester quien, a riesgo de su propia vida, decidió interceder por los suyos. Ellas representan a incontables mujeres que impactaron vidas desde el lugar donde Dios las había puesto. Muchas de ellas permanecen en el anonimato, tales como las valientes parteras de Egipto, que con su desobediencia preservaron la vida de los hijos de los hebreos, o la joven sierva de Nahmán, quien por medio de un sencillo comentario cambió el rumbo de un hombre poderoso. Cristo mismo tuvo contacto con mujeres piadosas que acompañaban su ministerio público, mujeres como «María, llamada Magdalena
Juana
Susana y muchas más, que lo ayudaban y los apoyaban con sus propios bienes» (Lc 8.2,3). Ellas habían creído en él y, por ende, abrazaron también su causa. Jesús también ilustró sus parábolas y enseñanzas con el ejemplo de mujeres dignas de imitación, como la viuda con el juez injusto. En resúmen, ellas tuvieron plena participación en el proceso de extender el reino entre los necesitados. La historia de la iglesia también da testimonio del valioso aporte que han hecho las mujeres a las misiones. Muchas de ellas sirvieron desde lugares sumamente sencillos y humildes, pero tuvieron un impacto eterno sobre la marcha del Reino. Susana Wesley dejó un legado imborrable sobre la vida de dos grandes del siglo dieciocho, los hermanos Carlos y Juan. Gran parte de su influencia se hizo sentir mientras se ocupaba de las tareas del hogar. Otras, como Amy Carmichael o Gladys Aylward, lo dejaron todo para instalarse entre los más pobres y desvalidos de la tierra. Cada una de ellas nos deja un claro ejemplo del inestimable aporte que puede realizar una mujer entregada a la voluntad de Dios. Las Escrituras nos presentan a un Dios Soberano que tomó forma humana para reconciliarnos con él. La buena noticia de Emmanuel cambió la historia. Dios se hizo presente para expresarnos sus propósitos para todo lo creado. Tal como lo dice Efesios 4:6, el Señor está «sobre todos y por medio de todos y en todos.» Frente a una declaración tan amplia, no queda duda de que todos sus seguidores, sean hombres o mujeres tienen la responsabilidad de permitir la acción de Dios en el mundo a través de sus propias vidas. La aventura de participar en sus proyectos es una que se extiende a todos sus discípulas, dondequiera que se encuentren. Tradicionalmente se ha entendido la misión de la Iglesia casi exclusivamente en términos de «tarea evangelizadora»; sin embargo, por el ejemplo de Jesús podemos notar el interés de Dios en todo el ser, lo que incluye lo espiritual, lo psicológico, lo social y lo físico. Si imitamos el ejemplo del Maestro no solamente debemos anunciar las buenas nuevas, sino también abocarnos a la tarea de hacer el bien a todos los que él ponga en nuestro camino. Por tratarse de una tarea tan amplia y comprometedora, el Señor nos llama a plantearnos en qué lugar nos encontramos dentro de la gran mies. Jesús hizo ver a sus discípulos el contraste entre la enorme necesidad del mundo y la escasez de los trabajadores. Tantas discusiones sobre quien puede o no servir al Señor nos ha robado tiempo inapreciable y ha desviado nuestra atención de lo que representa nuestra verdadera vocación: andar en las obras que él ha preparado de antemano para nosotras (Ef 2.10). Es hora de que recuperemos el enfoque, para volver a ser parte fundamental de la iniciativa de Dios en este mundo. Y nosotras, no podemos más darnos el lujo de ser meras espectadoras; debemos dejar que estos propósitos afecten radicalmente la forma en que expresamos nuestra fe. Cada una desde su propia condición, ejerciendo los dones y talentos que Dios le ha concedido, esta llamada a contribuir para que el sueño de Dios para el mundo esté cada vez más cercano. No hay tarea pequeña en el Reino. Como mujeres, no siempre hemos valorado la verdadera dimensión que tiene nuestro servicio pero, poco a poco, estamos ampliando nuestro horizonte. Cada vez un mayor número de mujeres deciden responder al llamado e incursionar en territorios antes desconocidos. La evidente decadencia del mundo nos urge a una acción coordinada y efectiva en su nombre. El Señor necesita todo su ejército en pie. ¡Ya no hay excusa! Apuntes Mujer Líder, un ministerio de Desarrollo Cristiano Internacional. Todos los derechos reservados.

