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Liderazgo

Una cuestión de equilibrio

8 agosto, 20051156 visitas


¡Resulta increíble que se trate de la misma persona! Las reacciones son tan dispares que bien pudiéramos creer que las historias pertenecen a dos personajes completamente diferentes. No nos hemos equivocado, sin embargo. Nos encontramos frente al mismo líder, pero mostrando comportamientos absolutamente contradictorios.



La primera escena describe una de las más asombrosas historias del Antiguo Testamento. En ella Elías, en un acto de verdadera osadía, confronta a las autoridades religiosas del momento. El profeta se muestra seguro y confiado. A la hora de orar, se manifiesta la inamovible convicción de que está del lado de los que vencen: «Jehová, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu siervo y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas. Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, Jehová, eres el Dios, y que tú haces que su corazón se vuelva a ti.» (1Re 18.37–38). El dramático desenlace incluye ¡fuego del cielo, un pueblo arrepentido y la desaparición, a filo de espada, de cuatrocientos falsos profetas!



En la segunda escena quedamos desconcertados. El mismo profeta, desanimado y derrotado, está hundido en la más profunda depresión. Aquí también eleva una oración, pero ¡que increíble diferencia en el tono de sus palabras!: «Basta ya, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres» (1Re 19.4). Ya no le interesan las aventuras que el Señor le pueda proponer, ni desea seguir siendo el vocero del Altísimo. Abrumado por el silencio y la soledad del desierto, cree que su mejor opción es la muerte.



¿Cómo explicar la diferencia? Elías revela síntomas de desgaste espiritual, una condición común de aquellos que sirven en los proyectos del Señor. Podríamos identificar los mismos cuadros contradictorios en Moisés, Pedro y Juan el Bautista, o en figuras históricas de la talla de Martín Lutero, Agustín o Spurgeon. Si usted es líder seguramente también ha pasado, en algún momento de su vida, por situaciones de desgaste en las cuales, abrumado por las incesantes demandas del pueblo, también deseó «tirar la toalla».



Muchos líderes ignoran las dinámicas espirituales que están en juego en todo ministerio. Un incidente en los evangelios, sin embargo, ayuda a identificar lo que ocurre en el proceso de servir a otros. Una mujer que tenía una enfermedad incurable se acercó, por atrás, para tocar el manto de Jesús. Aunque él no vio su acción, exclamó al instante: «”¿Quién es el que me ha tocado?” Todos lo negaban, y dijo Pedro y los que con él estaban: “Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y preguntas: ¿Quién es el que me ha tocado?” Pero Jesús dijo: “Alguien me ha tocado, porque yo he sentido que ha salido poder de mí.”» (Lc 8.45–46).



La confusión de los discípulos revela cuán fácil es ignorar lo que está ocurriendo en las esferas espirituales cuando estamos involucrados en el ministerio. Ellos no distinguieron la diferencia entre los empujones y los apretones de la multitud y el toque de la mujer. Pero al entrar ella en contacto con Jesús, provocó en él una fuga de recursos espirituales, y aunque no los veamos con nuestros ojos físicos, esto es lo que ocurre cada vez que ministramos. El servicio produce un traspaso de reservas espirituales a la vida del ministrado, como el agua que fluye de un grifo proviene del tanque donde está contenida.



Por eso resulta tan peligroso no incorporar a la vida los momentos necesarios para reponer estos recursos espirituales. El líder que no posee la disciplina necesaria para reabastecer su propio espíritu, acabará por convertirse solamente en un profesional del evangelio, una persona que cumple con las funciones del puesto pero que ha perdido la vida que le da significado al servicio.



Jesús, según el testimonio de Lucas, se apartaba con frecuencia a lugares solitarios para orar (Lc 5.16), pues los tiempos de soledad nutrían su vida personal y reponían los recursos que compartía a diario con las incesantes multitudes a su alrededor. Del mismo modo, el líder sabio incorpora a su vida tiempos de quietud y soledad, en los cuales ha de reponer sus propios recursos espirituales.



El compromiso de buscar estos tiempos de renuevo se funda en tres principios espirituales inamovibles. El primero de ellos es que no se puede dar lo que no se posee. Cuando se terminan los recursos espirituales, el líder no puede aspirar sino a mantener en movimiento los programas de la iglesia, pero habrá perdido la dimensión eterna de su tarea.



El segundo principio es que el impacto de un líder en los lugares públicos de ministerio lo determina mayormente lo que hace en su vida privada, cuando nadie lo está mirando. Ningún ministerio tendrá frutos duraderos cuando la espiritualidad del líder comienza y termina en la plataforma.



El último de estos principios es que el descanso es una disciplina, no la ausencia de actividades. Demasiados líderes no encuentran el tiempo para renovarse porque están esperando el momento en que tengan una agenda más descomprimida. ¡Qué ilusoria espera! Nunca llega el día en que no hay nada que hacer. La persona disciplinada, sin embargo, entiende que debe planificar y defender, con tenacidad, los tiempos de descanso que brindan el alimento espiritual indispensable para ser eficaces en el ministerio.



Al igual que en todos los otros aspectos de la vida, la clave está en el equilibrio.



Existe un tiempo para el ministerio y un tiempo para la quietud. Si nos entregamos con la misma pasión a ambas dimensiones, el ministerio que nos ha sido confiado alcanzará su verdadero potencial.


© Apuntes Pastorales, Volumen XXII – Número II. Todos los derechos reservados.


Sobre el autor
Christopher Shaw es el director general de Desarrollo Cristiano Internacional y director editorial de Apuntes Pastorales. Cuenta con amplia experiencia en la formación de líderes, la cual incluye diez años como profesor titular en el Instituto Bíblico de Buenos Aires, donde terminó su bachillerato en Teología. Obtuvo una maestría y un doctorado en Misiones en el seminario Teológico Fuller en California. Actualmente reside con su familia en Argentina, su país natal.

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