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Consejeria

Uno más uno igual a uno

15 julio, 2005985 visitas


El matrimonio es una relación humana singular. Las buenas relaciones entre amigos son experiencias hermosas y enriquecedoras. Las Escrituras por medio de preceptos, ilustraciones y ejemplos enfatizan las buenas relaciones de padres e hijos. Sin embargo, ninguna otra relación humana debe recibir la atención que tiene el matrimonio ni proveer la satisfacción de este.



Dios ordenó el matrimonio como una relación singular cuyo propósito es proveer una satisfacción única en el contexto de la intimidad. «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gn 2.24).



El propósito del matrimonio es desarrollar una unidad profunda y total, la cual puede ser una realidad gloriosa aquí y ahora. No ocurrirá todo a la vez. Es una experiencia que se va profundizando y expandiendo. No sucederá una vez para siempre. Toda relación interpersonal tiene sus altibajos y requiere esfuerzo y atención continuos. No ocurrirá sencillamente por ejercer fuerza de voluntad. Quizá ya ha leído varios artículos o libros sobre el matrimonio y ha procurado implementar lo que ha aprendido, pero ha fallado. Posiblemente esté listo para decir que todo suena muy lindo pero que es imposible.



Pues bien, si piensa así, tiene razón, porque es absolutamente imposible que un hombre o una mujer experimenten una unidad genuina, bíblica, sin el poder regenerador y santificador de Jesucristo. Por naturaleza somos orgullosos, tercos, rebeldes, débiles y egoístas (Jer 17.9; Mr 7.21–22; Ro 3.10–23; 5.6; 8.3–8). Somos pecadores en la práctica, y también por naturaleza. Dios tiene malos antecedentes de nosotros; tenemos un corazón egoísta y pecaminoso. Hacemos nuestra propia voluntad con tanta naturalidad como la lluvia cae del cielo o el fuego arde (Is 53.6).



Esta es una de las razones por las cuales Jesucristo vino al mundo. Es por esto que vivió, murió y resucitó. Murió, el justo por los injustos para llevarnos a Dios (1 Pe 3.18). Murió en lugar de aquellos que verdaderamente confían en Él, y llevó el castigo de sus pecados. Vivió en lugar de ellos para cumplir la ley de Dios perfectamente como su sustituto. Gracias a su vida y muerte, los pecadores que confían en él son reconciliados. Llegan a ser una unidad con Dios (Ro 5.6–11).



Sin embargo, ocurre algo más cuando una persona sinceramente cree en el Señor Jesucristo. Esa persona recibe el regalo del Espíritu Santo (Ef 1.13–14; 1 Co 6.19–20), quien le capacita para vivir y relacionarse con otras personas en una forma que antes era imposible. También hace que la persona obedezca a Dios y cumpla su Palabra. «Andad en (o por) el Espíritu y no satisfagáis (satisfaréis) los deseos de la carne» (Gá 5.16). Anden en el Espíritu y sus vidas no serán gobernadas por las normas y los dictámenes de la carne, sino controladas por el Espíritu Santo (Ro 8.4).



En la medida que dependemos de él, contamos con él, le obedecemos, el Espíritu Santo nos da poder para hacer lo que jamás podríamos haber hecho en nuestra propia fuerza. Él cautiva nuestros pensamientos, deseos y razonamientos pecaminosos y nos capacita para obedecer a Jesucristo (2 Co 10.4–5).


Al confiar en él, depender de él y procurar obedecerle, él nos capacita para ser los esposos que la Biblia dice debemos ser. Nos da el poder para poner en práctica los preceptos y principios bíblicos.



Gracias al poder del Espíritu Santo, el marido y esposa pueden aquí y ahora en gran medida:




  • Comprender y poner en la práctica los roles complementarios y las responsabilidades de un esposo y una esposa.
  • Desarrollar y mantener un buen sistema de comunicación.
  • Considerar y utilizar el dinero según una perspectiva bíblica.
  • Experimentar relaciones sexuales satisfactorias para ambos.
  • Criar a sus hijos de acuerdo con los preceptos de la Palabra de Dios.
  • Comprender y poner en práctica todo el propósito que Dios tiene para el matrimonio según Génesis 2.18–25.


Por Su poder, lo imposible puede suceder: uno más uno pueden llegar a ser en realidad igual a uno.


Tomado y adaptado del libro Fortaleciendo el matrimonio, Wayne Mack, Hebrón. Todos los derechos reservados.

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