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Consejeria

Uno para crecer

15 julio, 2005553 visitas


Joel, mi hijo de siete años, es un pelirrojo pecoso. Su mente nunca deja de crear y su boca nunca se calla. En la escuela tiende a hablar «accidentalmente» a sus compañeros durante los períodos de estudio individual. Hecha una mirada a la clase y hace una horrible mueca provocando la risa de sus pares. Luego, distraídamente, pone la regla sobre su lápiz y la hace girar hasta que la maestra le pide que deje de hacerlo.


Los episodios de mala conducta de Joel no son grandes problemas en sí mismos. Yo estaba preocupada porque era demasiado frívolo. Como Joel no es hiperactivo y no tiene serios problemas emocionales, concluí en que era una simple falta de autocontrol.


«Querido, hay tiempo para jugar y tiempo para trabajar,» lo exhorté con Eclesiastés 3.1. «En la clase es tiempo de trabajar. Afuera es tiempo para jugar. Guarda tus ‘gracias’ para entonces.» Pero tales charlas poco influyeron para que se diera cuenta que tenía que controlar sus impulsos.


Mi esposo y yo intentamos ayudarlo con todos los métodos. Le hablamos, lo disciplinamos, y oramos con él. Si bien vimos una mejoría, no estábamos seguros de que realmente entendía su necesidad de una disciplina personal.


Apreciamos los esfuerzos que realizaba, pero queríamos que el autocontrol fuera algo natural para él, aún cuando no estuviéramos recordándoselo.



DENTRO DE LAS MURALLAS



Entonces recordé mi propia lucha con la disciplina durante el primer año de estudio en la facultad, que tuvo como consecuencia la pérdida de un muy necesitado crédito financiero para continuar con mis estudios. Recordé el día de verano en que leí Proverbios 25.28: «Como ciudad sin muralla y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos.»


El versículo fue la ayuda que necesité para desarrollar una protección en contra de las distracciones. Me comprometí a construir las murallas de autocontrol y mi decisión fue premiada al siguiente año con mejores puntajes y una nueva financiación.


La solución para el problema de Joel vino a mi mente. Ese día, después de la escuela, esperé el momento de estar a solas con él. Susurré una oración pidiendo sabiduría.


«Joel, cariño, quiero compartir algo contigo.» Nos sentamos, tomé la Biblia y leí el versículo.


«Joel, algunas ciudades solían tener unas gruesas murallas alrededor de ellas. La única forma de entrar era a través de la puerta que los soldados custodiaban.»


Joel se imaginó la escena.


«Cuando llegaban los enemigos, la ciudad estaba a salvo por la altura y el espesor de sus murallas.”


«¿Y la gente mala no podía entrar?» preguntó Joel.


«Exacto. La gente estaba a salvo adentro de las murallas. Pero, ¿qué hubiera pasado si parte de la muralla se caía?»


«¿La gente despreciable podía entrar?»


«Sí. Y la gente en la ciudad hubiera sido lastimada. Así que, Joel, ¿qué necesitaba la ciudad para mantenerse segura?»


«¡Murallas enormes!»


«Así es, Joel. ¿Sabes qué?»


«Tú también eres como una ciudad que necesita protección. ¡Necesitas murallas! ¿Sabes cómo se llaman esas murallas?»


«No.»


«Autocontrol.»


El rostro de Joel demostró que no entendía el paralelo del versículo, así que orando, continué.


«Tú eres la ciudad, y las murallas del autocontrol te rodean. Te protegen de enemigos que pueden lastimarte. Tus enemigos son las tentaciones a hacer cosas malas. Como… cuando eres tentado a hablar en el momento incorrecto en las clases o efectúas algo que te sugieren tus amigos, aunque sepas que es algo malo.»


«Tus murallas se mantienen en pie cuando dices que no,» continué. «Pero se caen cuando dices que sí. ¿Entiendes qué pasa?»


«Me meto en problemas o salgo lastimado.»


«Así es,» dije. «Además pones triste tanto a Dios como a papá y a mí. Así que Dios dice que si mantienes tus murallas de pie, serás como una ciudad fuerte y a salvo.»



REFUERZO DIARIO



Joel no dijo mucho, pero su expresión me mostró que nuestra conversación lo había impresionado. A continuación oré con él pidiéndole a Dios que lo ayudara a «mantener sus murallas de pie.» Sabía por experiencia que no bastaría con una sola charla para efectuar un impacto permanente.


En Deuteronomio 6.6-7, Dios estableció un modelo para los padres. Tome la Palabra de Dios, mézclela con repetición y consistencia, aplíquela con compromiso y tendrá… ¡una receta para el desarrollo espiritual exitoso de nuestros niños! ¿Pero funcionaría con mi descuidado e independiente hijo?


Al siguiente día reforcé mi primer conversación con Joel acerca de las murallas. Le leí nuevamente el versículo y le mencioné diferentes formas en que se podía controlar a sí mismo en la escuela. Cada vez que quisiera hablar, ser chistoso, o levantarse de su asiento, le podía pedir a Dios que lo ayudara a no ceder a la tentación.


Cada día, no sólo le leía el versículo sino que hablaba sobre el mismo mientras viajábamos en el auto, o hacíamos compras o nos sentábamos a conversar. A veces le pedía que me ejemplificara situaciones en que podía mostrar autocontrol.


Cada día, después de la escuela, le preguntaba cómo había «mantenido sus murallas en pie». Yo podía ver la respuesta en su cara.


Mi esposo se unió a mí en el proceso de refuerzo. Por dos o tres semanas usamos el versículo para exhortar a Joel. Persistíamos a través del día, y disciplinábamos si era necesario.


Supe que Joel comenzaba a entender el versículo cuando lo escuché orar una noche con su vocecita cálida y dulce: «Y ayúdame a mantener mis murallas en pie».


Mejoró su conducta, se sentía mejor consigo mismo, y vio que Dios tenía respuestas para los problemas de los niños.



EN LOS DEVOCIONALES FAMILIARES



Comenzamos a estudiar Proverbios en los devocionales familiares. Cada semana elegimos un Proverbio que tratara con una característica o elemento de conducta. Una semana aprendimos cómo enfrentar la ira mientras estudiamos Proverbios 15.1. Otra vez discutimos sobre la murmuración al estudiar Proverbios 11.13.


Mi esposo y yo leemos el pasaje, explicamos su significado, y lo aplicamos a una circunstancia de la vida. Le pedimos a Joel y a Anna, que tiene tres años menos, que repitan el versículo y que den una ilustración práctica. Luego de discutir el versículo les pedimos que lo digan de memoria.


Con un sólo versículo, Joel y Anna tienen tanto las palabras como el significado memorizados para el fin de la semana. Llevamos el concepto del mismo a través del día, aplicándolo a situaciones cuando vamos de compras, comemos o viajamos.


Este modelo ha revolucionado nuestro estudio bíblico familiar. Antes los devocionales parecían áridos, demasiado duros para aplicar a las diferentes edades en la familia, o improductivos en la vida diaria de nuestros niños. Pero nuestro nuevo plan congenia con todas las edades, no lleva mucho tiempo y ha producido buenos resultados.


Un aspecto de Proverbios que estimula el interés es la forma pintoresca en que el libro trata los temas. Joel y Anna estaban intrigados con Proverbios 26.17: «Meterse en pleitos ajenos es agarrar a un perro por las orejas.»


Me di cuenta de la impresión que había hecho el versículo en Anna un día en que la corregí por algo que había hecho mal. Joel, haraganeando, le dijo: «¡Eh, Anna, no deberías haber hecho eso!»


«¡Ahí estás, Joel,» replicó Anna, «agarrando un perro por las orejas.»



SOLUCIONES ESPECÍFICAS



Con mi esposo descubrimos que junto con todo nuestro amor, la disciplina y la instrucción, a menudo necesitamos una porción de la Escritura que sirva de clave para promover un buen carácter.


Hace un par de años trataba de alentar a Anna, que era una tímida niña de 3 años, a ser amigable con otros. Le enseñé la primera porción de Proverbios 18.24: «El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo.» Le expliqué que si quería tener amigos, tenía que aprender a ser amigable cuando otros le hablaban.


Unos días más tarde, vino corriendo con su rostro resplandeciente. «Mamá, me mostré amigable,» me dijo. «¡Les hablé yo primero, y me respondieron!» ahora, en el jardín de infantes, Anna tiene un montón de amigos.


Para enseñar a los niños una visión balanceada de la Biblia, aprendimos a exponerlos a diferentes versículos. Pero nos complacer ver que a veces sólo se necesita uno para crecer.



Moody Monthly, Mayo 1991. Usado con persmiso.



Los Temas de la Vida Cristiana, volumen III, número 6. Todos los derechos reservados

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