Viaje seguro
Con la lista de todos los implementos vacacionales en nuestra mano, hacemos el último chequeo y con una gran sonrisa afirmamos al estilo de un capitán de barco: «¡Todo listo! ¡Vámonos!» Una vez que estamos todos en el auto, nos encomendamos al Señor y salimos. Hemos hecho nuestro mayor esfuerzo para prever los famosos imprevistos. La niebla es uno de los fenómenos con los que tenemos que batallar en nuestros viajes. Unos amigos que se encontraron con un denso muro de neblina tuvieron que sentar a uno de ellos en la tapa delantera del auto con una potente linterna en mano, para poder avanzar entre la espesura de color gris. El ministro de Dios normalmente se prepara para los imprevistos de la mejor manera posible. Esto es parte de la escuela del liderazgo, «el buen líder debe prever los posibles problemas». Sin embargo, así como se puede levantar una densa neblina a nuestro paso, también se pueden levantar diferentes problemas en nuestra vida que nos toman desprevenidos. He pensado mucho en esto después de pasar por un período de enfermedad. Puedo afirmar que fue la peor situación de salud que he tenido en mi vida. Todo iba bien; casi todo estaba en orden y estábamos luchando por poner en orden lo que no lo estaba. Pero de repente me encontré entre la neblina. La situación cambió el color del futuro y no me permitía ver con tanta claridad hacia adelante. Los planes, los proyectos y la visión de repente se volvieron nebulosos. Situaciones como esta nos obligan a recordar la importancia de las palabras de Santiago: «¡Vamos ahora! Los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad
traficaremos y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana
¿Qué es vuestra vida?
es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece
deberíais decir: Si el Señor quiere viviremos y haremos esto o aquello» (Stg 4.1316) El reclamo de este pasaje es para comerciantes, pero me parece que podemos rescatar el principio para todo aquel que está en el ministerio. En primer lugar, por más que sea obra de Dios, debemos aplicar el mismo principio: «Si Dios quiere iremos y haremos, predicaremos, ministraremos a los santos.» Es la obra de Dios y, por lo tanto, los planes siempre deben ponerse en sus manos. En segundo lugar, Dios es soberano en nuestra vida y ministerio. Todo está bajo su señorío. Aun cuando tengamos ante nosotros una espesa nube que no nos permite mirar hacia adelante con claridad, en su nombre podemos caminar de acuerdo a su guía, porque él es Señor. Lo que debemos discernir es si la nube es para que nos detengamos por un tiempo, o para que caminemos en fe, sabiendo que él nos sostiene aún en los momentos de incertidumbre. Cualquier viaje puede ser interrumpido ya sea por la niebla, por un derrumbe o por un accidente. Si como conductores debemos estar apercibidos de situaciones como estas más aun en la vida ministerial. No creamos que tenemos siempre «el toro por los cuernos» o que tenemos el control de todo lo que nos pasa, es posible que donde menos lo esperemos «salte la liebre». Con una actitud correcta (de adoración y humillación) podemos y debemos reconocer quién es el Señor y quiénes somos nosotros. Reconozcamos en adoración que él es quien nos sostiene, con niebla o sin ella, en el conflicto o en la paz. Exaltemos al Señor y dobleguemos nuestro ser ante él. Adorémoslo. ©Apuntes Pastorales Edición, Volumen XX Número 1. Todos los derechos reservados.

