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Predicación

¡Ya no durmamos más a la gente!

22 septiembre, 2008822 visitas

No sé por qué me produce tanto asombro. Quien sabe que Dios es el Creador de todas las cosas no debería experimentar sorpresa al descubrir que esa creatividad se extiende a las formas que utiliza para comunicarse con nosotros. No obstante, en treinta años de escudriñar las Escrituras no he perdido la fascinación por la increíble variedad de métodos que el Señor utiliza para dar a conocer su Palabra.


Lo invito a que considere conmigo solamente algunos de la multitud de ejemplos que están a nuestra disposición. Cuando el Señor quiso afirmar a Jacob el lugar que ocupaba dentro del proyecto de su abuelo Abraham, no le bastó con simplemente hablarle. Descendió del cielo y luchó con él toda la noche. Sospecho que lo que ocurrió durante esa pelea le dio a Jacob una comprensión sin igual de lo que, de otro modo, hubiera sido un simple cambio de nombre. Cuando el Señor mandó a Samuel a ungir a un nuevo rey, lo envió a la casa de Isaí con escasos detalles acerca de la misión que le había encomendado. Le podría haber facilitado el nombre del hijo escogido, o podría haberle advertido sobre el peligro de dejarse llevar por las apariencias. En lugar de esto, permitió que Samuel cometiera el clásico error del ministro, y luego lo corrigió. Sin duda, el profeta jamás olvidó la lección aprendida.


¿Y qué hemos de decir sobre la sencilla historia que el profeta Natán le contó al rey David? Una confrontación directa de seguro hubiera llevado a que se cerrara aún más. Pero el relato del robo de la única oveja de una familia pobre conmovió profundamente a quien también había sido, por muchos años, pastor. Antes de entregar a Jeremías la Palabra que debía hablar al pueblo, le ordenó que bajara a la casa del alfarero. Mientras observaba al hombre trabajando vio cómo se echó a perder la vasija que formaba. ¿Cómo iba a olvidarse de la Palabra que Dios le habló luego de semejante ilustración? El Señor también podría haber escogido enviar un profeta al rey Belsasar, en el libro de Daniel. En lugar de esto, en medio de una gran fiesta una mano apareció en una de las paredes y escribió sobre ella las palabras «MENE, MENE, TEKEL, UFARSIN». ¿Acaso alguno de los presentes no se enteró de que el Altísimo tenía algo que decirle al rey?


En el Nuevo Testamento encontramos incidentes tales como el lienzo que bajó del cielo, escena que ayudó a Pedro a entender que debía convertirse a la obra de Dios. Otra poderosa ilustración fue el cinto que tomó en sus manos el profeta Agabo, para indicar que el apóstol Pablo subiría a Jerusalén en cadenas. El ingenio de Dios, a la hora de comunicarse, simplemente no tiene límites.


El acto más extraordinario de comunicación creativa por parte del Señor fue enviar a su Hijo. En lugar de mandar a alguien a ubicarse en una esquina para proclamar a los cuatro vientos las Buenas Nuevas, encarnó el mensaje en una persona y lo hizo andar entre los hombres. De esta manera ellos pudieron ver el mensaje, escucharlo, tocarlo y examinarlo con detenimiento, pues no consistía solamente en palabras, sino en una vida. Poco tiempo antes de ser entregado Jesús mismo dio testimonio de la eficacia del método cuando le advirtió a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14.9).


El Maestro de Galilea, en su propio ministerio, utilizó una enorme gama de medios para comunicar la Palabra: preguntas, demostraciones, ejemplos, historias, pruebas, prédicas, diálogos y una gran diversidad de experiencias que permitió que los discípulos lentamente entendieran los valores del reino y la vida a la que habían sido llamados.


Este gran despliegue de creatividad es la razón por la que se me ha hecho tan difícil entender por qué, en la Iglesia, nos hemos aferrado con tanta tenacidad al método del discurso. Todos los estudios científicos indican que es el medio menos eficaz de comunicación, con un grado de retención de información que no supera 7 % de todo lo que se dice. No obstante, pareciera que no concebimos otra forma de hablar la Palabra salvo con un micrófono en la mano y una audiencia que guarda silencio.


La imagen de creatividad que nos presentan las Escrituras nos desafían a buscar nuevas maneras de hacer llegar la verdad. No necesitamos una maestría en ciencias de la comunicación para saber qué otras alternativas podemos utilizar para proclamar la Palabra a quienes la necesitan. Basta con acercarse a las Escrituras con la intención de descubrir la magia creativa del Dios a quien servimos.


Además de la innegable eficacia de un mensaje presentado en un formato creativo, existe otra razón por la que urge que abandonemos el método discursivo que por tanto tiempo hemos utilizado. Vivimos en una época en que la gente a nuestro alrededor está sobresaturada de información. Han aprendido, como mecanismo de defensa, a no prestarle atención a la gran mayoría de mensajes con que se cruzan cada día. Nosotros, sin embargo, tenemos un mensaje que no puede, ni debe ser ignorado. Para que nos escuchen, necesitamos recuperar cierto dramatismo en la forma de presentar la Palabra. ¡Atrévase a experimentar con nuevos métodos y se asombrará de los resultados que obtendrá!


©Apuntes Pastorales XXV-2, © 2007,  todos los derechos reservados.

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