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Hijos

Amando a los niños

15 julio, 2005793 visitas

Las ancianas asimismo… enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos… para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tit 2.3–5)



Amar a los hijos es una tarea compleja. Aunque Dios ha dado a las madres amor natural por sus propios bebés, hoy esa inclinación innata está siendo reprimida por madres que abortan a sus bebes o entregan a sus hijos a una niñera o a una guardería para que los críe una empleada.



Sin embargo, una mujer cristiana, que ni aborta a su hijo ni abandona sus responsabilidades, también tiene que aprender a amar a sus hijos de la manera que la Biblia indica. Los sentimientos naturales no son sufi-cientes. Todas los sentimentalismos sobre la bendición de las madres se desvanecen cuando llega el momento de trabajar duro amando, enseñando, exigiendo disciplina, limpiando y cuidando de los enfermos como es debido. Si las mujeres cuentan solamente con su afecto maternal natural para servir y enseñar a sus niños diariamente, pronto estarán sin recursos y no sabrán por qué.



Cuando nuestros recursos se han agotado estamos más dispuestas a admitir que tenemos una necesidad. Dios usa esos momentos para encaminar a Sus hijos de vuelta a Sí mismo, ya que Él es la fuente de toda fuerza y amor. Si las madres lo buscan a Él para que les provea de amor para sus hijos, pronto verán que su amor es mucho mayor de lo que habían experimentado por sus propios medios.



Los niños pasan por etapas en las cuales son más fáciles de amar y otras en que son más ariscos. Cuando son amorosos y mimosos, no requiere gracia amarlos. ¡Todas las niñas de la iglesia quieren cuidarlos! Pero cuando tienen 9 ó 10 años, ¿quién se interesa por ellos? Algunos niños no son especialmente lindos, así que quizás nunca hubo demasiadas personas que los buscaban. Las madres necesitan gracia divina para amar a sus hijos a través de todas las etapas, desde que empieza a hacer sus primeros pinitos y aprende a caminar hasta la adolescen-cia. Esto requiere gracia, y si una mujer lo intenta sin la ayuda de Dios seguramente fracasará.



Son esenciales entonces la oración y la confesión de pecados. Pero es necesario no sentirse culpable por necesitar la gracia. Cuando una madre empieza a desarrollar un sentimiento negativo en cuanto a un niño, si empieza a ser fácilmente irritada por uno de sus hijos, debe confesar su falta de amor y cualquier otro pecado y pedirle a Dios que le dé fuerza para amar. Amar no es simplemente dar abrazos, aunque ciertamente los incluye en abundancia. A menudo el niño que más necesita amor es el que pasamos por alto. Muchas veces les digo a las madres que tienen problemas con uno de sus hijos que cada vez que pase el niño cerca de ellas lo agarren y le den un abrazo y un beso. Los niños menores (y los mayores también) necesitan amor y afecto en grandes cantidades. A veces el mal comportamiento es una forma de llamar la atención, ya que el niño piensa que aún la atención negativa es mejor que la falta de atención.



A los hijos mayores generalmente se les da responsabilidad antes que a los hijos menores debido a las necesidades del momento. Al cuidar de los pequeños, sin embargo, los mayores no deben ser pasados por alto. Todavía necesitan afecto y apoyo. Las madres se pueden sentir muy incapaces y, al pensarlo seriamente, realmente lo son. ¿Quién está bien preparado para satisfacer las exigencias diarias de ser madre? Los supermercados son buenos lugares para observar cómo las madres cumplen con sus responsabilidades sin gracia. Los niños son mantenidos en línea por medio de gritos, son ignorados, o se les da todo lo que piden. Las madres cristianas tienen recursos sobrenaturales para llevar a cabo las responsabilidades que Dios les ha dado. Aunque muchas veces ignoran estos recursos celestiales, pronto se dan cuenta de cuánto necesitan la ayuda de Dios: el amor, la paciencia, la bondad, y el control propio son muy necesarios todos los días.



Si usted se ha sentido abrumada por sus responsabilidades, entréguele a Él todas sus preocupaciones. Si le ha sido difícil amar a uno de sus hijos (o incluso a todos ellos), comience a buscar soluciones espirituales. Confiese su amargura, su resentimiento, su espíritu crítico, su falta de habilidad de perdonar, su falta de amor. Comience a orar por su hijo y busque formas específicas de servirle. También busque soluciones prácticas. Nadie quiere abrazar a un niño que huele mal. Mantenga a sus bebés limpios, peinados, y con buen olor. Somos humanos, y debemos comprender nuestras propias limitaciones. Simple-mente es más fácil amar y ministrar a los niños cuando están limpios y bien peinados.



A los niños mayores que se pueden sentir aislados cuando están rodeados de niños pequeños, déles privilegios especiales además de responsabilidades. Llévelos a un lugar que les agrada a ellos. Tenga una cita personal con su hijo. Pasen tiempo juntos. Permítales ir a la cama más tarde para que puedan conversar mientras toman una taza de chocolate caliente. Dios puede bendecir sus esfuerzos por fortalecer la relación. No se desaliente. Todos tropezamos de muchas maneras.



Nuestros hijos son una herencia de Dios que no deseamos arruinar. No es suficiente tenerlos en casa, sino que debemos amarlos fielmente. Lograremos esto de diferentes maneras en distintas etapas, pero siempre con el mismo amor dado por Dios. Las madres que piensan que es posible amar y servir a sus hijos en el poder de la carne probablemente lo logren por un poco de tiempo, pero cuanto antes se den cuenta de que necesitan la ayuda de Dios, cuanto antes sus hijos serán amados como es debido.



Nuestros hijos son una herencia de Dios. Son vidas que Dios pone en nuestras manos para que las formemos, como el alfarero hace con el barro. No desperdiciemos ese tesoro precioso de ser madres. La Biblia dice que debemos y podemos aprender cómo amar a nuestros hijos e instruirles en el amor y el temblor de Dios.



Nancy Wilson es esposa de un pastor en la ciudad de Moscow, Idaho, EE.UU. Tomado de la revista Credenda Adenda, Usado con permiso.



© Apuntes Pastorales, edición de abril – junio de 2000, Volumen XIIV – Número 3

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