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Evangelización

La matanza de los aucas

15 julio, 2005890 visitas

El domingo 8 de enero de 1956, cinco misioneros ofrendaban sus vidas a Dios a manos de los indios aucas y sus temibles lanzas, en el amazonas ecuatoriano.


Desde militares del país hasta el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos -con la infaltable cuota de misioneros y quichuas voluntarios- se lanzaron tras la búsqueda de los cuerpos de las víctimas, al tiempo que una ola mundial de dolor se manifestaba por los medios masivos de comunicación.


Sin embargo, de esa forma el Reino de Dios se abría paso en medio de una tribu donde, hasta ese momento, el enemigo ostentaba el monopolio. Hoy comunidades enteras de aborígenes aucas alaban y honran al Dios de los cielos, gracias a esa, en su momento, «inconcebible locura de hacerse matar gratuitamente», tal como lo juzgara el periodismo secular de la época.


EL SIGLO VEINTE Y LA EDAD DE PIEDRA


Los misioneros principales de la Operación Auca eran Natanael Saint, Jaime Elliot y Eduardo McCully. Rogelio Youderián y Pedro Fleming estaban comenzando a involucrarse, luego de un tiempo de indecisión y reflexión.


El operativo había comenzado cuatro meses antes, aunque hada varios meses –y aun años -que los aucas estaban en el corazón, de Saint y Elliot. Las tribus mencionadas famosas entre el resto de tos aborígenes de la zona por su crueldad, se hallaban en un territorio donde nunca había vivido un blanco. No conocían casi nada de la civilización, ya que las únicas expediciones anteriores nunca lograron llegar a aproximarse lo suficiente.


Pero ellos tenían un llamado bien claro. Hasta las aucas no había camino alguno, por lo que usaban una avioneta de Alas de Socorro para acercarse, llevarles regalos –machetes, camisas, ollas, etc.- y buscar una cabecera de playa» donde establecer su campamento. La misión Alas de Socorro fue concebida especialmente por aviadores cristianos, veteranos de la Segunda Guerra Mundial, para facilitar la extensión misionera en lugares inhóspitos. Saint era un piloto de la misión, transportando –y liderando- la operación.


«El llamado de Dios para mí es más allá de los fines de los caminos de la civilización, a donde no hay otro método de transporte», escribía Saint «Estamos con misioneros, que han orado por un medio que los ayude a alcanzar regiones más distantes aun -regiones pobladas de hechiceros y espíritus inmundos, donde la mujer no tiene alma, no es más que una bestia de carga, regiones donde no existe la palabra , ni ninguna palabra para expresar el amor de un padre para con su hijo. Ellos han orado a fin de alcanzar a esta gente para Cristo, ya que por ellos también murió nuestro Señor.»


«Esa es nuestra tarea, el sacar esos misioneros de los caminos de la selva, caminos rigurosos, abrumadores y desmoralizadores. No es cuestión de darles más comodidad a los misioneros, pues no van ellos a las selvas tropicales y calurosas buscando la comodidad en primer lugar. Es cuestión de ganar tiempo, tiempo precioso, de redimir esos días, semanas, meses y aun años, los que luego podrán ser usados para llevar la Palabra Viva a las gentes primitivas.»


PORTALES DEESPLENDOR


Ese es el título del libro que escribió una de las viudas, Elizabeth Elliot. Tomó esa expresión de uno de los himnos que cantaran los cinco misioneros el 3 de enero, en Arajuno, antes de partir hacia territorio auca. Fue el último devocional que tuvieron con sus esposas.


«En ti descansaremos, nuestro escudo y defensor. Tuya es la batalla y tuyo es el honor. Y cuando traspasemos los portales de esplendor victoriosos viviremos, cerca de ti.. Señor»


Soto cinco días más tarde, en la siesta del domingo 8, siete aborígenes, asesinos por cultura y por temor, harían posible ese «traspaso de los portales de esplendor». Habían logrado hacer un contacto con ellos el viernes 6, cuando recibieron la visita de un hombre y dos mujeres aucas. El tiempo fue amistoso y auguraba muchas posibilidades, pero el desenlace del domingo fue distinto; el camino misionero a los aucas cobraría esas preciosas vidas. Sin embargo, de esa manera tan dura, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo estaba entrando, paso a paso, al territorio auca. Las vidas de esos cinco hombres -verdaderos hombres de Dios- fueron «portales de esplendor» para que el mensaje de salvación penetrara hasta tantos perdidos. Solamente tres años después, la esposa de Jim Elliot -Elizabeth- y la hermana de Natanael Saint -Raquel- comenzaban a vivir entre los aucas, invitadas por ellos y gozándose en el Señor por la conversión de varios. Hoy muchos aucas ostentan en su corazón la marca indeleble del Espíritu Santo, por la obra de Cristo y la obediencia de los misioneros.


«Para el mundo en general esto fue el desperdicio de cinco vidas jóvenes. Pero Dios tiene su plan y su propósito en todas las cosas. Hubo muchos que cambiaron de vida por lo que sucedió en Palm Beach…», relata la señera Elliot en su libro, junto a muchos otros testimonios similares. Miles de cartas llegaron hasta las viudas desde todas las partes del mundo, como expresión solidaria de los cristianos ante la tragedia. Muchos también dedicaron sus vidas a Dios a partir de esto.


Jim Elliot, semanas antes de morir, escribió: «No es tonto el perder lo que no se puede guardar, por ganar lo que no se puede perder».



Apuntes Pastorales
Volumen VIII Número 4

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