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Evangelización

Los cristos de nuestras tierras

15 julio, 2005463 visitas

Acerca de España dijo un poeta: «la raza española está pronta y preparada. El Capitán Cervantes está al timón, y la bandera de Cristo está enarbolada». También se ha dicho que el americano de sangre india «aún ora a Cristo y aún habla español». Esto último es ciertamente innegable; el reinado de Cervantes aún permanece entre nosotros, aunque no todos seamos sus más fieles súbditos. El tema de orar a Cristo despierta ciertos interrogantes, uno de los cuales es, ¿a cuál Cristo oran los latinoamericanos? Porque la verdad es que aunque hay muchos cristos de fabricación humana, hay solamente un Cristo verdadero y auténtico, escondido detrás de altares que bien podrían llevar la leyenda «al Cristo desconocido», porque hay miles y miles que lo adoran sin conocerlo.


EL CRISTO ESPAÑOL


Es cierto que Cristo llegó a nosotros por vía española -esa España que, dotada de un sentido de misión, una mística singular del espíritu ibérico, conquistó y colonizó gran parte del Nuevo Mundo. «Por primera y última vez en la historia de la cristiandad, dice John MacKay, «la espada y la cruz formaron una alianza ofensiva con el objeto de llevar el cristianismo -o al menos lo que se consideraba como tal- a tierras extrañas».


Encabezando está empresa estaba Cristóbal Colón, el almirante genovés, quien, capitalizando sobre la tradición que rodeaba a su histórico homónimo, alegaba ser un verdadero «portador de Cristo». Pero de nuevo preguntamos ¿cuál? Y la respuesta debe ser ni más ni menos que aquel austero, de vestimenta medieval, el de los fríos e inflexibles escolásticos, el Cristo de España.


¡Cuan extraño les debe haber parecido a los aborígenes americanos el Cristo de los conquistadores! Ese «Dios blanco» que muere por toda la humanidad, estableciendo una religión con autoridad suprema en la ciudad de Roma y con el Rey de España entre sus devotos -el mismo rey que envía a un grupo de sus súbditos, de apariencia guerrera, a descubrir y someto- tierras misteriosas y distantes del otro lado del océano. En el nombre de Dios y del rey, estos hombres de Castilla -rubicundos como el sol y montados en briosos caballos- matan indios a diestra y siniestra, les quitan sus tierras, violan a sus mujeres, y transforman a aquellos que sobreviven a la matanza en esclavos del Rapa y del gran imperio español


«En muchos casos», dice Sante Uberto Barbieri, «el espíritu de la espada era mas fuerte y más poderoso que el espíritu de la cruz. Para muchos. Cristo no era un Salvador que había dado su vida por ellos, sino un tirano celestial que destrozaba vidas para su gloria, a través de la conquista de tierras ajeas.»


A excepción de las obras de caridad de parte de algunos sacerdotes misioneros –como Fray Bartolomé de las Casas- el colonizador hizo muy poco en la esfera social y económica. De haber existido, esos esfuerzos hubieran ayudado a borrar las impresiones negativas adquiridas por los indios en su primer encuentro. Tal vez hubiese sido distinta para ellos la semblanza del Cristo en cuyo nombre habían perdido todo, incluyendo su libertad. Y no solamente los indios, sino también la nueva raza que surgió de la unión de estos dos pueblos. También estos fueron objeto de persistente opresión y humillación por parte de los seguidores y defensores de aquel Cristo.


Este ciertamente no era el Cristo que había sido anunciado con sones de trompetas -¡de oro por parte de los reformistas del siglo XVI. No. El Cristo de los reformistas había quedado atrás en España, para ser atacado sin tregua por Ignacio de Loyola, luego aplastado por Carlos V y Felipe II, y por último consumido en las llamas implacables de los autos de fe, tos ignominiosos hechos de la Inquisición. Aunque otros países europeos pudieron despabilarse del largo sueno con el despertar convulsivo de la Reforma, España permaneció inalterable e inerte, y su religión no experimentó los dolores de parto de una nueva era.


«El otro Cristo español» al cual grandes místicos españoles tales como San Juan de la Cruz y Fray Luis de Granada alababan en magníficos poemas, fue muy lento en hacer su peregrinaje al nuevo continente. Si en realidad tuvo seguidores aquí desde el principio del período colonial, su influencia no le suficiente para contrarrestar la del Cristo adicional.


Sin embargo, muchos misioneros trabajaron larga y duramente para que su Cristo fuera aceptable a la mentalidad de la raza oprimida, pero en su celo de adaptarse a la cultura india no pudieron evitar la aparición del sincretismo religioso; la mezcla de conceptos se hizo presente en la práctica de la fe. Ellos toleraban -y aun estimulaban- la mezcla del cristianismo español con las creencias y prácticas de la religión local Tanto Cristo, la Virgen, así como los santos, no hacían mas que aumentar las filas de las deidades del panteón americano. Incontable cantidad de indios continuaban adorando sus anteriores dioses, encarnándolos en las imágenes traídas por el catolicismo. Detrás de estos santos de cutis blanco y ojos azules, la presencia poderosa y mágica de los dioses y las diosas regionales se irguió desenfrenada e indisputadamente en la experiencia religiosa de sus devotos.


LA IMAGEN DE CRISTO


Las imágenes de Cristo, de por sí muy prominentes en la religión de los colonizadores, resultó muy provechosa para la Iglesia en su tarea de adoctrinación en las Américas. Era mucho más fácil exhibir una estatua que dilucidar un dogma; en el lugar de los ídolos nativos se pusieron imágenes europeas para desterrar creencias religiosas de varios siglos de existencia. Y una vez más, el sincretismo religioso se manifestó. No era difícil dar a las esculturas y pinturas de Cristo un color oscuro, aun reteniendo facciones faciales europeas. Hay muchos cristos mestizos -y hasta negros- en nuestra América hispana que perduran hasta hoy.


Aquí Cristo se volvió madera o piedra, tela o papel -frecuentemente arte magnífico-tallado y pintura, visible en espléndidos altares, en nichos especiales en hogares, en celdas monásticas, en cruces de caminos y en cimas de montanas. Las sombras de la imagen de Cristo cubrieron todo el continente.


EL CRISTO NIÑO


La omnipresente figura de Cristo despertó hondos sentimientos en la gente; después de todo. Cristo es poco más que un niño indefenso en los brazos protectores de su madre -tan dulce e inofensivo como cualquier niño pequeño. ¿Cómo podía El ser un tirano o un déspota? Aunque El no pudiera liberar a la gente de sus nefastas cadenas. El era igualmente incapaz de haberlos forjado con sus pequeñas y débiles manos.


El es el niño que no puede hablar, únicamente María, que lo sostiene y lo protege puede, a veces, entender sus balbuceos. Este pequeño infante Dios es incapaz de reprender a los patrones blancos por sus abusos de poder, su desmedida codicia y lujuria o sus abrumadoras injusticias perpetradas contra la gente conquistada y humillada. Privado del magnífico don de la palabra no representa un peligro para nadie, ya sea poderoso o débil o pequeño. No hay nada que El pueda hacer para impedir a unos u otros de cometer pecados: El es meramente la imagen de un niño que siempre sonríe, indiferente a la enorme tragedia que lo rodea. Mientras se construye una nueva raza y un nuevo mundo por la fuerza, bajo la pesada mano de los déspotas, el niño Cristo permanece serenamente silencioso.


Por lo tanto, el simple indio, subyugado por tos intermediarios blancos del poder, y tratado como un niño por sus conquistadores, consciente o inconscientemente se identifica con el niño Cristo y escapa a buscar refugio en los brazos de su tierna y amante madre. No es de sorprenderse que la veneración de María lograra una posición más prominente que la adoración de Cristo. Los oprimidos buscan a la madre, a María, y no a su hijo Jesús.


EL SUFRIENTE


Otra imagen generalizada es la del Cristo doliente. Una característica principal del catolicismo hispanoamericano ha sido la del Nazareno que ha sufrido dolor, crucifixión y muerte. Una característica de la «cristianización» en esta parte de las Américas fue la extensa implantación de la cruz -el símbolo religioso empleado por los españoles en la conquista de las conciencias de sus nuevos súbditos. Era la religión del crucifijo, del Cristo que muere, impotente, clavado en una ignominiosa cruz. Mientras que es cierto que el dogma oficial afirma la resurrección de Cristo, esa enseñanza parece no llegar a las masas: el punto predominante del año eclesiástico no es el Domingo de Resurrección, sino el Viernes Santo, cuando se ve a Cristo como un prisionero, flagelado, coronado de espinas, clavado en una cruz, y colocado en un ataúd donde reposa año tras año por los siglos.


La imagen de Cristo es la de un Cristo denotado. Los indios huyen de El con terror y la nueva raza, una mezcla de dos comentes de sangre, nace en la derrota.


Hispanoamérica no sólo ha llorado con Cristo. Ha llorado -y en mayor grado-por El. Sus palabras en el camino del Calvario han sido olvidadas hace mucho tiempo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos».


Sin embargo, y a pesar de sus aparentes contradicciones, es a través de la imagen del Cristo que se buscan favores. A un mismo tiempo se le tiene compasión y se le teme, inspirando compasión y fe. En extremas emergencias es posible buscar la imagen de Cristo, aunque es mejor si la petición puede ser dirigida a uno de los más milagrosos. En su novela El Señor Presidente, Miguel Ángel Asturias presenta una clara interpretación de la fe en la imagen de Cristo de las masas latinoamericanas, al poner las siguientes palabras en la boca de una mujer pobre:


«Te tengo mucha lástima; por eso fui a pedir un favor al Jesús de la misericordia. Quizás El haga un milagro para ti. Esta mañana, antes de ir a la penitenciaría, fui a prender una vela para El y decirle: Mira, hombre negro, aquí estoy contigo y no es por nada que tú eres el Papito de todos nosotros, así que escucha bien ahora. TÚ tienes el poder para asegurar que esa chica no se muera y le pedí ese favor a la Virgen antes de levantarme esta mañana y ahora te molesto por la misma cosa, de manera que aquí tienes una vela de oración, y ahora me voy y cuento con Tu poder, pero volveré para recordarte mi oración».


La oración de esta mujer no podría ser más sincera, ni su confianza más fuerte. Así es como ora nuestra gente; así es como han orado por siglos a un Cristo que está crucificado, muerto y sepultado.


EL CRISTO DE LAS MINORÍAS


El Cristo que es un extraño para las masas no ha tenido más éxito con los grupos minoritarios en nuestro continente. No pocos ricos y poderosos han descubierto que es muy cómodo creer en la imagen del Cristo que sufre pacientemente en la cruz, mientras mantienen silencio absoluto frente al sufrimiento y la pobreza de las masas que los rodean. Durante quinientos años sus labios han permanecido sellados, sin decir una palabra acerca de lo que la gente quiere oír.


Es muy fácil tolerar a un Jesús de Nazaret que no irrita a sus adoradores, llamándoles la atención a sus pecados o picaneando sus conciencias encallecidas por su mal comportamiento. Todo lo que se requiere es arrojarle unas limosnas de tanto en tanto, y llevarlo sobre los hombros una vez al año en las procesiones de Semana Santa, donde todos pueden ver. Seguramente está clavado en la cruz, sellado en el sepulcro, guardado detrás de las paredes de la iglesia, encerrado en un ataúd de cristal, o reducido a la impotencia en la seguridad de un convento o un monasterio. A El no se lo encuentra en la intimidad de tos hogares, involucrándose en la vida de los demás. Su mundo es el santuario, su paz sepulcral perturbada solamente cuando, en raras ocasiones, es sacado para ser admirado, compadecido y llorado por las multitudes.


En círculos intelectuales. Cristo es fácilmente transformado en un mero símbolo, o forma de expresión. Se lo observa desde varios ángulos y se lo presenta como un líder espiritual, un maestro o filósofo, un reformador social o quizá un descarriado visionario que equivocó el camino en su deseo sincero de liberar a la humanidad.


Algunos lo respetan y lo admiran ofreciendo miles de cumplidos, mientras otros lo pasan por alto con total indiferencia o burla. Algunos meramente lo toleran, manifestando una actitud de solícito paternalismo. Sienten lástima por El porque lo ven, como diría Rubén Darío, aún caminado por las calles «flacucho y débil». Para ellos El es el Cristo que, según Amado Nervo, golpes vanamente a las puertas, buscando un lugar donde poder descansar:


Cristo: De todas partes,
La ciencia moderna te arroja
Sin compasión. Tú
No tienes dónde vivir. Señor!
(Hospitalidad)


Como siempre, también están aquellos que niegan la realidad de la existencia de Cristo. Naturalmente no están involucrados en ninguna averiguación acerca del Jesús histórico. Para otros. El posiblemente puede pertenecer al pasado, pero no al presente, y ciertamente no al futuro. Ellos creen que viven en una era poscristiana y no ven en Cristo la respuesta a la angustia del hombre contemporáneo.


ELCRISTO DEL PROTESTANTISMO


Si el Cristo católico-romano llegó a nosotros por vía de España, el Cristo protestante llegó de otras naciones europeas-tales como Inglaterra, Alemania, Francia y los Países Bajos- y de Estados Unidos. Como consecuencia de esto muchos han llegado a identificar protestantismo con el imperialismo occidental o sistemas capitalistas -lo que bien merece un estudio por separado.


De aquí en más y en términos generales, basta con decir que el Cristo protestante fue heredado de los reformadores religiosos del siglo XVI -aunque El no se originó con ellos, ni fue interpuesto por ellos.


Los reformadores consideraban a las Sagradas Escrituras como su máxima autoridad, refiriéndose a ellas exclusivamente en todas las cuestiones de fe y colocándolas delante y por encima de la autoridad de la Iglesia. Su grito de guerra era: «Solamente las Escrituras, solamente Cristo, solamente gracia, y solamente la fe como un medio de justificación ante Dios».


En lugar de buscar a Cristo en la sombra de los altares, en antiguos pergaminos de tradición eclesiástica o en las filosóficas escrituras teológicas de los escolásticos, los reformadores se volvieron al Texto Sagrado. La Reforma fue un retorno a la Biblia, un esfuerzo determinado de redescubrir al Cristo del Nuevo Testamento.


Esto sugiere el segundo tema central de la Reforma: El mensaje de salvación que tiene como centro y circunferencia a la Persona y la obra de Jesucristo. El es elevado al lugar de preeminencia, y no solamente en teología sino en la vida y adoración de la iglesia también. El es el Cristo que, por la encamación, participa en la historia y experiencia de la humanidad. Ataviado en carne y sangre humana. El vive con los hombres, El se identifica completamente con ellos, sufriendo con y para ellos y, finalmente, muriendo por ellos. Pero también es el Cristo de la Resurrección; por consiguiente, el énfasis está en el Cristo que vive eternamente y que trascendiendo tiempo y lugar, está sin embargo presente en su obra de redención en el mundo de hoy.


Una tercera característica de la Reforma fue su tendencia al individualismo. Los reformadores pugnaron por la libertad de conciencia, proclamando que cada hombre poseía la irrestricta lucha de la libre consideración a todas las cuestiones relacionadas con asuntos de fe.


La enseñanza del sacerdocio universal de tos creyentes enfatizó la libertad del individuo para buscar a Dios y acercarse a su Palabra, sin la intervención de la autoridad humana. Se dejó al individuo a solas con Dios en el santuario de su conciencia, guiado por la luz de la Revelación divina.


Este individualismo protestante también se manifiesta en la dimensión secular del cristiano para quien -consciente de su dignidad personal ante Dios, la iglesia y el estado- todas las vocaciones son sagradas. Así, el individuo puede y debe glorificar a Dios en cualquier trabajo o profesión honorable, no solamente en el aislamiento de la celda de un convento. Tampoco tiene el sacerdocio el monopolio sobre lo sagrado. A los ojos del Creador, todas las vocaciones son sagradas.


Era de esperar que este individualismo produjera una buena variedad de grupos protestantes. Además, cuando la estructura monolítica de la iglesia medieval hubo sido fracturada, aquellos que por primera vez respiraban el aire fresco de la libertad religiosa no quisieron erigir una nueva y vasta estructura jerárquica a la cual debían someterse. Este accionar estaría completamente reñido con el espíritu de la Reforma, y cuando ciertos líderes protestantes, tales como Juan Calvino, procuraron volver al antiguo autoritarismo, se encontraron con una resistencia decidida de parte de aquellos que había recibido esclarecimiento por el nuevo día de libertad espiritual.


En cuarto lugar, la Reforma provocó cierto efecto sociopolítico. Por empezar, dada la estrecha vinculación existente entre la estructura eclesiástica y la jurisdicción civil hasta ese momento, era inevitable que surgieran conflictos entre este último y el movimiento reformador Oponerse a la Iglesia era oponerse también a la autoridad secular.


Por consiguiente, ciertos cambios políticos y sociales tuvieron lugar rápidamente en esos países donde la Reforma había tenido éxito, acarreando consigo las semillas de la libertad que algún día germinarían y crecerían, para beneficio de nuestra civilización.


Habiendo sido conocido a través de las Escrituras, el Cristo de la mayoría de los protestantes de América latina es un Cristo bíblico. Los protestantes hispanoamericanos son una comunidad «del Libro» -la Biblia- y su doctrina es profundamente cristotógica: Cristo es preeminente en teología, liturgia y servido. En su adoración, la cruz y la tumba están vacías, porque El es el Dios de la vida y conquistador de la muerte, el Dios que vive ahora y para siempre, el único mediador entre Dios y el hombre. «Sólo Cristo salva», «Cristo es la respuesta» y «Cristo es la única esperanza» han sido consignas favoritas de los protestantes en sus esfuerzos evangelísticos a través del continente.


El individualismo de los protestantes latinoamericanos también se refleja en su experiencia: a la luz de su conciencia y bajo el reflector del mundo divino, el creyente protestante disfruta de liberación de enredos eclesiásticos y jerárquicos en la búsqueda de comunión con su Dios. Su fe no depende de la autoridad humana. Su relación con Cristo es profunda e intensamente personal. De aquí que grupos protestantes proliferen en Ibero América; pero la construcción de un enorme edificio jerárquico con el objeto de aunar y gobernar a todas las comunidades protestantes estaría en contradicción con el verdadero espíritu del protestantismo latinoamericano. Las desventajas de la pluralidad (son preferibles a aquellas que acarrearía un gobierno eclesiástico centralizado.


Es innegable que los factores históricos y sociales han servido muchas veces para acentuar el individualismo en la responsabilidad social protestante (otro tema interesante para investigación aparte). La verdad es que entre los más conservadores del protestantismo en Hispanoamérica se ha encontrado una actitud de indiferencia frente a los serios problemas que mantienen a estos llamados «países en desarrollo», en agitación.


Hasta ahora, cuando los problemas sociales salieron a la luz, el Cristo de muchos protestantes iberoamericanos ha sido meramente escatológico -en el estrecho sentido de la palabra. Con su aparente actitud de indiferencia hacia los conflictos que preocupan a nuestra sociedad, estos cristianos bien podrían haber dejado la impresión que» para ellos, todas las dificultades socioeconómicas debían ser dejadas para que Cristo las resuelva en la próxima vida, y que poco o nada debiera hacerse ahora para mejorar el mundo en el cual viven.


Afortunadamente, nuevas brisas han comenzado a hacerse sentir, las que prometen un cambio en esta postura de negligencia social. Aun el Cristo del protestantismo conservador ha comenzado a abrir su boca para decir lo que tan largamente había sido callado en relación a los problemas sociales del hombre latinoamericano. Ya es hora de que se le permita hablar a El.


EL CRISTO DE LA NUEVA TEOLOGÍA


Una de las más difundidas reacciones al silencio del Cristo tradicional es la que ahora comienza a manifestarse tanto entre los círculos teológicos católicos como protestantes de la política izquierdista de América búsqueda de comunión con su Dios. Su fe no depende de rica capaz de controlar totalmente ciertos tipos de personalidad, los nuevos teólogos dejan oír su voz por la justicia social.


El Cristo que ellos proclaman es antropológico y sociológico; un economista capaz y un estadista experto; psicólogo de masas, experto en política local y foránea, teórico revolucionario y reformista social. Ese Cristo disidente, el activista, el rebelde (hasta violento, diría) que se viste como un labrador común y habla el complicado lenguaje de los tecnólogos de nuestro tiempo.


La teología de este Cristo -si puede llamarse teología- es decididamente antropocéntrica. Viene del hombre, es para el hombre, y no va mas allá del hombre. Establece prioridades dentro del orden del hombre. Establece prioridades dentro del orden material y busca un reino que es de este mundo, consistente en comida y bebida, separados del espíritu. Su objetivo supremo es la transformación de las estructuras sociales, aunque el individuo no experimente cambio.


Contrastando con el Cristo individualista o el protestantismo iberoamericano tradicional, este Cristo de los teólogos de izquierda es tan furiosamente colectivista, tan obsesionado con las masas que está en peligro de perder de vista al individuo. En cieno modo, este Cristo es producto de nuestra civilización ultramoderna que despersonaliza al individuo, aplastándolo debajo de su enorme maquinaria socioeconómica.


Por consiguiente no debiéramos sorprendernos ante la presencia de un Cristo de izquierda en América latina. Era inevitable que, tarde o temprano, el Cristo socialmente inactivo fuera interrumpido en su sueno de los siglos por el advenimiento de otro Cristo ansioso de hablar y de actuar. Si el reden llegado pretende ser genuino y auténtico, pues entonces deberá ser aclarado a la luz del Nuevo Testamento.


¿Por qué a la luz del Nuevo Testamento? Sencillamente porque no hay documentos con mayor autoridad que ellos acerca del verdadero Cristo. Es en el Nuevo Testamento donde por primera vez en la historia de la humanidad se describe a la Persona y la obra de Jesús de Nazarel El testimonio de los hombres que caminaron con El y lo conocieron últimamente se encuentra en sus antiguas páginas -la fuente del cristianismo, el manantial del cual asimilamos las lecciones de su maestro y fundador. Por esta razón el Nuevo Testamento es la norma o regla que determina la autenticidad o falsedad de nuestros cristos, la luz que lévela la verdad o el error de nuestra cristiandad, la espada flameante que separa a los que pertenecen al verdadero Cristo de los que no lo hacen.


Una nueva señal de esperanza se visualiza ahora en el horizonte de nuestra Hispanoamérica: Hay un retorno a la lectura de la Biblia en varias comunidades eclesiásticas. Como resultado, el Libro de ayer, hoy y por siempre está en manos de muchos, devorado por ojos que están hambrientos de entendimiento espiritual. En respuesta a esta búsqueda de fe, la majestuosa figura del histórico, viviente y verdadero Cristo está destinada a surgir de sus sagradas páginas. Ha llegado el momento del coraje moral para dejar de lado los falsos Cristos y abrazar al verdadero, el conocido por los escritores del Nuevo Testamento: Pedro, Pablo. Mateo. Juan, Marcos y Lucas y los demás.


Abandonemos el Cristo español o el anglosajón, el Cristo negro o rubio, mestizo o nativo Deshagámonos del Cristo de nuestros temores supersticiosos o nuestro orgullo intelectual y firmemos nuestra declaración de independencia espiritual, volviéndonos al Cristo que dijo: «la verdad os hará libres. Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres».


Apuntes Pastorales
Volumen VII – Número 6

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