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Evangelización

Hasta lo último de la tierra: Los Moravos

15 julio, 20052441 visitas


¿Sabía usted, que…





  • en 1727 los moravos comenzaron, una vigilia de oración que continuó, sin interrupción durante cien años?


  • a sesenta y cinco años de haber comenzado esta vigilia de oración, más de 50% de la comunidad había salido al campo misionero?


  • el día que enviaron sus primeros dos misioneros era tal el gozo de la congregación que cantaron más de 300 himnos?


  • los misioneros moravos eran enviados solamente con el pasaje de ida? Una vez que llegaban a su destino, debían procurar su propio sustento.


  • veintidós de los primeros veintinueve misioneros fallecieron a pocos meses de haber llegado a los países donde habían sido enviados?


  • todos los integrantes de la comunidad morava se incluían en células donde se discipulaban los unos a los otros?


  • la devoción y sencillez de los moravos fueron de las características que más profundamente influyeron en el gran predicador inglés, Juan Wesley?


Breve reseña del movimiento


Los moravos se nos presentan con el más increíble emprendimiento misionero en la historia de la iglesia. Mucho antes de que el pueblo protestante hubiera captado la visión de enviar obreros hasta lo último de la tierra, este extraordinario grupo de cristianos asumió un compromiso radical con la tarea de extender el reino. Adoptaron metodologías y procedimientos que establecieron patrones para la gran expansión misionera del siglo XIX.



Esta historia comienza en 1722 cuando un hombre, Cristian David, se presentó ante el Conde Nicolás Ludwig Zinzendorf. David venía en búsqueda de refugio para un pequeño grupo de moravos, quienes venían sufriendo persecuciones en varias regiones de Europa. Había caído en buenas manos pues Zinzendorf, uno de los hombres más ricos de Alemania, era profundamente devoto y piadoso. Este Conde por largo tiempo había soñado con la formación de una comunidad de fe radical. Accediendo al pedido de David, permitió que él y un grupo de moravos se establecieran sobre sus extensas propiedades.



Zinzendorf inmediatamente se sintió atraído a la sencilla vida espiritual del grupo y les brindó su pleno apoyo. En la medida en que la comunidad creció, empezaron a incorporarse personas de otros trasfondos: anabautistas, católicos, luteranos, separatistas y reformados. Todos compartían algo en común: venían huyendo de la persecución y la intolerancia religiosa. Hacia fines de 1726 la comunidad contaba con unas 300 personas.



Empero, con tanta diversidad entre los miembros los conflictos no tardaron en manifestarse. Las diferencias doctrinales y de idioma se convirtieron en una constante causa de fricciones. Zinzendorf por su parte trabajaba para unir al grupo, pero un hereje se infiltró y comenzó a enseñar que el conde era la gran bestia de Apocalipsis. Causó un enorme revuelo antes de sucumbir a un colapso mental. Para salvar al grupo, Zinzendorf dejó su mansión y se instaló en la comunidad de creyentes. Comenzó una verdadera labor pastoral, la cual eventualmente dio sus frutos. Se nombraron doce ancianos y se organizó mejor la vida de los residentes. Al poco tiempo el grupo experimentó, como resultado de las intensas oraciones de sus líderes, su propio «Pentecostés». Un extraordinario espíritu de unidad y amor se instaló en medio de la comunidad.



Zinzendorf tenía una carga por los pueblos no alcanzados, la cual compartió en forma permanente con los moravos. Animó a un grupo de moravos, con la visión de futuros proyectos, a que dedicaran tiempo a estudiar medicina, teología y geografía.



En una ocasión, cuando viajó a Holanda, conoció a un esclavo liberado, quien le rogó que enviasen personas a predicarle a los cautivos en el Nuevo Mundo. El conde creía que la hora para enviar misioneros había llegado y compartió con la congregación la carga. Dos hombres respondieron al llamado y se les pidió a estos dos que esperaran por un año, a fin de confirmar la legitimidad del llamado.



Finalmente, en 1732, llegó el momento de enviarlos. Los hombres emprendieron un viaje en el cual se enfrentaron a toda clase de oposición. Cuando llegaron a Holanda no encontraron una sola congregación que estuviera dispuesta a apoyarlos. Al contrario, nadie creía que era válida una misión que predicara las buenas nuevas a esclavos. Los dos, sin embargo, estaban dispuestos a ser vendidos como esclavos, si fuera necesario, a fin de llegar a este pueblo tan sufrido.



Llegaron al Caribe luego de un largo viaje, solamente para enfrentarse a nuevas desilusiones. Ni la iglesia blanca ni los esclavos estaban interesados en ellos. No obstante, perseveraron contra viento y marea, padeciendo hambre y enfermedad. En 1734 llegaron diecisiete voluntarios, nueve de los cuales fallecieron en los primeros tres meses. No obstante, la oleada de misioneros había comenzado. En los próximos diez años más de setenta personas habían salido a decenas de los lugares más remotos de la tierra, un hecho que no ha sido repetido por ningún grupo desde entonces.



Por su parte, Zinzendorf también experimentó creciente oposición a la manera como estaba conduciendo al grupo. Sin embargo, viajó continuamente para compartir la visión con otros. En el transcurso de un solo año (1747) movilizó a más de doscientas personas para las misiones.



Falleció en 1760, luego de veintiocho años de incansable labor por la extensión del reino. Además, el movimiento sobre el cual había precedido dejó un imborrable legado de dedicación y sacrificio para el pueblo de Dios.



Principios dignos de imitación




  • La extensión del reino es una de las prioridades del pueblo de Dios.


  • El compromiso con las misiones es de la iglesia toda.


  • La oración es el «motor» con el cual se moviliza al pueblo y se conquistan los proyectos de Dios.


  • Los resultados obtenidos en el ministerio dependen del grado de entrega del que ministra.


  • La extensión del reino se produce cuando la iglesia está dispuesta a dispersarse y no a permanecer en un solo lugar.


Apuntes Pastorales, Volumen XXII Número 1


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