Dos amores
Una de las mentiras más arraigadas en nuestra cultura es que el dinero es un elemento impersonal y que los problemas relacionados con las riquezas tienen que ver exclusivamente con la persona que las maneja.
Cristo, sin embargo, comparó el dinero a un amo que compite con nuestros afectos hacia la persona de Dios. Declaró, en forma enfática, «ninguno puede servir a dos señores, porque odiará al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.»
De esta forma dejó en claro que existen poderes espirituales detrás del dinero que exigen entrega absoluta de aquellos que la codician.
La anécdota ilustra a la perfección el terrible poder que tienen el dinero de atrapar y esclavizar la vida de aquellos que lo sirven. El dinero no admite rivales, inspirando en el hombre una de las más singulares manifestaciones de devoción.
Para nosotros el gran peligro es creer que este es un problema que experimentan solamente aquellos que tienen grandes fortunas personales. El reconocido autor Richard Foster señala que el dinero «posee un poder que procura dominar nuestras vidas, y es la existencia de este poder espiritual lo que tan esforzadamente buscamos negar». Esta fuerza opera en nosotros aún cuando nuestros ingresos son magros. Nos lleva a servir el dinero, a amarlo con pasión, a conceder al dinero que sea la fuente de nuestra seguridad, a defenderlo ferozmente cuando otros nos lo quieren quitar. Por causa del dinero las familias más unidas y los mejores amigos han sido consumidos por el odio y la amargura.
Debemos señalar, una vez más, que no es suficiente con que creamos que estamos a salvo de este problema. Si Cristo señaló que el dinero puede convertirse en el dios de nuestras vidas nos conviene prestar mucha atención. Los que más confiados están serán los que más fácilmente caerán presa del enemigo. Quizás la más eficiente manera de medir el lugar que ocupa el dinero en nuestras vidas es analizar la forma que reaccionamos cuando no lo tenemos. Si nos hundimos en la depresión, la ansiedad o la preocupación es porque ocupa un espacio mucho más importante de lo que creíamos. Solamente el Espíritu puede darnos una evaluación confiable en este tema.
Bueno es, entonces, que esta sea nuestra oración cada día: «O, Señor nuestro, dos cosas te pedimos, no nos las niegues antes que muramos: Vanidad y mentira aparta de nosotros, y no nos des pobreza ni riquezas, sino susténtanos con el pan necesario, no sea que, una vez saciados, te neguemos y digamos: “¿Quién es Jehová?” o que, siendo pobres, robemos y blasfememos contra el nombre de nuestro Dios. Amén.
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