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Reflexión

Caña cascada y pabilo humeante

15 julio, 200523458 visitas

Durante muchos años he notado la frialdad e incertidumbre con que la Iglesia trata a aquellos, que por circunstancias que han vivido, son como «caña cascada y pabilo humeante». Tendemos a aislar indirectamente a estos creyentes que, cabe aclarar, son tan lavados y limpiados en la sangre de Cristo como cualquier persona que acude a la cruz del Calvario para redención. Se les trata con aire de inferioridad considerándoseles una influencia negativa o, peor aun, cristianos de segunda o tercera categoría. ¡Se les condena y rechaza por un pasado, y hasta un presente, que ya ha sido perdonado por el único Juez justo! Dirá usted: «Pero hermano, ¿quiénes son estas personas y por qué su comparación?» Permítame compartir con usted lo siguiente.


El carácter y ministerio de Cristo es manifestado por el profeta Isaías en su capítulo 42 y versículo 3: «No quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo que humeare…» ¿Qué significado puede tener este texto para la Iglesia?


La caña mencionada crece abundantemente en las orillas de los ríos de Israel. Se usaba para elaborar flautas y era una tarea delicada ya que al ahuecarla se podía magullar fácilmente. Si se dañaba no servía como instrumento musical y entonces se quebraba y se tiraba al río. De todos modos había muchas más cañas que se podían usar.


Las personas son, a menudo, «cañas» dañadas, con cicatrices en sus vidas que las han doblegado y herido. Un líder agresivo podría quebrar esa caña y echarla a un lado, pero no Aquel de quien se dijo: «No quebrará la caña cascada». Él se especializa en enderezar las cañas heridas, ayudándolas a ponerse firmes bajo su paciente y amoroso cuidado. El apóstol Pedro era una «caña cascada» cuando negó al Señor. ¿Cómo podía ese hombre luego llegar a ser un líder reconocido en la iglesia primitiva? La respuesta está en el ministerio del Señor que cuidadosamente restauró a Pedro y le dijo: «Apacienta mis ovejas».


En los tiempos bíblicos los hogares israelitas se iluminaban con pequeñas lámparas de aceite. Un pabilo o mecha de fibras de lino flotaba en el aceite y daba luz a la casa. Ese pabilo con el tiempo, se carbonizaba soltando un olor nauseabundo y debilitando la luz de la lámpara, por tanto, se necesitaba una limpieza periódica y un arreglo del pabilo para que la lámpara continuara alumbrando.


El pabilo humeante sirve para ilustrar a la persona cuyo testimonio se ha vuelto ineficaz. El Siervo de quien Isaías dice que no apagará el pabilo humeante sino que lo restaurará para que continúe brillando es Aquel de quien la iglesia actual debe aprender. Este ministerio que está haciendo falta en la Iglesia es la restauración de las lámparas humeantes. Vidas que una vez brillaron y alumbraron pero que se han opacado.


Amados hermanos, la caña cascada y el pabilo humeante de los cuales hablo son todas aquellas personas que fácilmente son pasadas por alto en nuestras iglesias: minusválidos, divorciados, «re-casados», separados, viudos, madres solteras, convictos y otros.


No olvidemos que Jesucristo restauraba esas cañas magulladas y las convertía en instrumentos musicales que tocaban su canción de gracia. Él tocaba los residuos humeantes de la vida y los transformaba en los medios a través de los cuales sería la luz del mundo. Entonces, ¿por qué nosotros no hacemos lo mismo? ¿Es que acaso se nos olvida de dónde nos sacó Dios?


Es tiempo de dar lugar al amor y al perdón condicional. No olvidemos que todos somos parte del cuerpo de Cristo y que nos necesitamos mutuamente. Si no es la Iglesia quien abre sus brazos a estas personas con el mensaje de perdón y restauración, entonces ¿quién lo hará?



© Apuntes Pastorales, 1994. Volumen XI – número 6

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