Nuestras obras proclaman que nos hemos comprometido con Aquel que nos llamó a su admirable luz.
Los líderes somos responsables de dar evidencia de una transformación ética en nuestra vida.
La iglesia, cuando funciona con la dinámica correcta, se reúne para luego salir a conquistar nuevos territorios.
Ni el sufrimiento ni la estrechez económica debe robar nuestra espíritu de generosidad.
La popularidad no siempre constituye una bendición de lo alto y las acciones de Jesús lo corroboran.
La condición para ejercer la autoridad que hemos recibido es que estemos plenamente identificados con Cristo.


