Desde su inicio, las Sagradas Escrituras ofrecen una valoración muy positiva del sexo, dentro de perspectivas humanizadoras de esta dimensión tan importante de la existencia.
La presión de nuestra cultura nos oprime con sus obsesiones y sus racionalizaciones sexuales, y muchos en la iglesia de Cristo han cedido bajo su peso, tal y como lo demuestran las estadísticas. Para no ser parte de esas estadísticas hay que esforzarse disciplinadamente. ¿Somos hombres de verdad? ¿Somos hombres de Dios? ¡Quiera Dios que así sea!
Cuando Dios bendice la sexualidad humana y ordena la práctica sexual de la pareja, también bendice el mismo proceso de deseo y deleite que hoy también se experimenta.
La irrupción de la sexualidad adulta en el mundo infantil causa irreparables estragos, por lo que la Iglesia debe combatirla con tenacidad.
Algunas enseñanzas sobre sexualidad deben corregirse a la luz de los enfoques hebreo y cristiano, los cuales pueden moldear nuestra espiritualidad desde nuestra sexualidad.
Siempre digo a las parejas que es natural, es hermoso que ellos deseen ardientemente tener relaciones con su novia a medida que van creciendo en unión y amor. Es como la comida, cuando se tiene hambre y se siente el aroma de la carne sobre las brasas el deseo aumenta, y al fin, cuando todo está preparado, ¡cómo se disfruta! Sin embargo, si no se espera y come antes de estar cocinada, lo que hubiera sido riquísimo termina siendo de poco agrado. Lo mismo pasa con el sexo.


