¿Alguna vez sintió a Dios como su enemigo?, ¿lo culpó de los sinsabores y dolores que experimentó en esta vida?, ¿se sintió tentada de acusarlo de indiferencia e insensibilidad?, ¿pensó en él como un Dios castigador?
Toda la existencia está llena de sorpresas buenas y malas. Si bien Dios nos da oportunidades y nos llena de una esperanza que el mundo no conoce, no basta con ser moralistas y religiosos. Es necesario entender quién es él y cuál es su propósito para nosotros.
Espiritualidad y misión son dos caras de una misma moneda. No resulta suficiente decir que son dos aspectos complementarios, sino que son indisolubles. El Espíritu se relaciona con nosotras para que podamos unirnos a él en la realización de sus planes. Así, relación y realización son dos aspectos de un mismo sentido.
Al sentarme ante la máquina para escribir este artículo, desfilan por mi cabeza los rostros de muchas esposas de pastores que conocí a lo largo de mi vida. Desde mi infancia, las visitas que más frecuentaban nuestro hogar eran pastores y sus familias, ya que padres también lo eran. Lo mismo sucede en mi hogar de casada; soy esposa del pastor.
Si uno escucha hablar a un grupo de esposas de pastores, tendría la impresión que somos las personas más perseguidas, maltratadas y sobrecargadas de trabajo. Pero consultar a otras mujeres, con maridos dedicados a otras tareas, me enseñó varias cosas.
Si hiciéramos una lista de hombres y mujeres a quienes Dios ha honrado, ¿quiénes vendrían a nuestra mente? Moisés, los profetas, los apóstoles y misioneros que han dado sus vidas por el Señor. ¿Y qué de aquella mujer que entregó a su propio hijo? La vida de una mujer que puede marcar la suya.


