En la presente era de la tolerancia intelectual y el ecumenismo, a menudo se considera que no hay lugar para las convicciones firmes. Sin embargo, Jesucristo entró en controversias con aquellos que estaban desvirtuando el verdadero mensaje de Dios.
Un dicho popular dice: «Cuando veas las barbas de tu vecino arder... pon las tuyas en remojo». La sabiduría del pueblo está llena de chispa criolla. Lo que implica este refrán es: Si alguien cerca de mí está experimentando una situación confrontadora o reveladora por una actitud u hecho igual al que yo me he reservado...
El enemigo, a lo largo de la historia, ha recurrido básicamente a tres trucos ingeniosos. Uno, hacer que la iglesia crea que el diablo no existe; dos, lograr que la iglesia esté obsesionada con el diablo y los demonios; tres, lograr que la iglesia crea que no puede ser engañada.
Una sencilla y breve meditación para estimular la confianza en Dios en medio de las dificultades.
¿En qué concuerdan y en qué difieren la justificación y la santificación? Esta distinción es importantísima, aunque quizás a primera vista no lo parezca. Por lo general las personas muestran cierta predisposición a considerar sólo lo superficial de la fe, y a relegar las distinciones teológicas como «meras palabras» que en realidad tienen poco valor. Me atrevo a exhortar a aquellos que se preocupan por sus almas a que se afanen por obtener nociones claras sobre la santificación y la justificación. Acordémonos siempre de que aunque la justificación y la santificación son dos cosas distintas, en ciertos puntos concuerdan.
Descubrir la enseñanza concerniente a nuestro Señor Jesús en Hebreos es de lo más estimulante. En el primer capítulo vemos la majestad esencial de su persona. Ya sea en la eternidad, la creación, en la redención y la exaltación. Esa visión nos lleva a postrarnos ante sus pies en adoración y nuestros corazones exclaman: "¡Cuan grande es El!", como ese himno ya folclórico entre nosotros. En el segundo capítulo se muestra su humillación para tomar nuestra carne y nuestra sangre. Nuestra mirada se eleva para contemplar al que ha sido coronado con gloria y honor y es, sin embargo, nuestro pariente cercano. El tercer capítulo declara su fidelidad. En medio del desprecio y el rechazo fue fiel a la confianza que Dios depositó en El como su Apóstol. En el grandioso cielo, en su condición de Sumo Sacerdote, sigue siendo fiel a Dios y a su pueblo. En el capítulo cuatro escuchamos de su compasión para con sus seguidores que padecen aflicción aquí en la Tierra; una empatía verdadera y experimental; El también fue probado. Tenemos la certeza de que cualquiera sea el lugar o la circunstancia en que andemos, sus propios santos pies ya anduvieron por allí. "Acerquémonos, pues, (por todas estas cosas) confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." (He. 4.16). Es la presencia de Cristo en el trono la que le da a éste el carácter distintivo de ser el lugar desde donde la gracia es ministrada. El


