El factor sorpresa
Nos hemos ubicado en el pozo de Jacob, en la región de Samaria, para presenciar un intercambio entre Cristo y una mujer samaritana. Sin duda existían tensiones en el encuentro. Ella es samaritana. Él es Judío ( y Juan mismo testifica que judíos y samaritanos no se tratan entre sí). Ella es mujer. Él es hombre. Ella es de la zona. Él es forastero. No es usual, ni normal que haya intercambios entre personas como ellos. Ambos se encuentran en una situación incómoda. Además de esto, Jesús sabe que esta mujer es una consumada adúltera.
No sabemos cómo iba a proceder la mujer pero es evidente que Cristo la sorprende con su pedido: «dame agua», pues ella inmediatamente pregunta: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a a mi de beber, que soy samaritana?»
Cuando la persona está esperando condenación, extendemos gracia. Este quiebre de estructuras produce vulnerabilidad que puede ser nuestra mejor oportunidad para tocar sus corazones.
Detengámonos por un instante en este primer intercambio. Cada uno de nosotros tiene una profunda necesidad de sentir que estamos en control de las circunstancias en las que nos encontramos. No hay nada que produzca mayor inseguridad que aquellas situaciones en las que uno desconoce por completo las reglas de juego del ambiente. Cuando estamos en ámbitos conocidos, nos movemos con facilidad porque sabemos cómo pueden llegar a reaccionar los demás y acomodamos nuestras palabras y comportamiento para obtener los resultados deseados. Esta estrategia, aunque es automática en nosotros, nos da una grado de seguridad que muchas veces esconde nuestra verdadera vulnerabilidad.
La Mujer Samaritana no está esperando que Cristo le hable. Probablemente tampoco tiene interés en hablarle. El odio y desprecio entre las dos naciones tenía cientos de años de historia. Ella entiende el idioma del desprecio, de ser ignorada. Pero Jesús no mira para otro lado cuando ella se acerca para sacar agua. Se dirige a ella y le pide agua.
En este primera «movida» de Cristo encontramos una de las pistas para acercarnos a los demás. Dios es especialista en romper esquemas. Nos sorprende siempre porque no respeta las reglas de juego que nosotros tenemos. La manera más sencilla de abrir una vida al toque de Dios es cuando nos salimos del «molde» que los demás esperan de nosotros. Cuando la otra persona está esperando que la ignoren, nos acercamos a saludar. Cuando está esperando condenación, extendemos gracia. Cuando se ha preparado para la confrontación, ponemos la otra mejilla. Este quiebre de estructuras produce una momentánea vulnerabilidad que puede ser nuestra mejor oportunidad para tocar sus corazones.
La mujer está sorprendida. Cristo, sin embargo, intensifica la sorpresa. Como observa el autor Juan Piper, lo sorprendente no es que él le pide agua, sino que ella no le ha pedido a él agua. La mujer no percibe el significado espiritual de lo que le está diciendo este judío, porque se mueve en el mundo de lo físico. Cristo, sin embargo, no se desanima. Ha despertado en ella la curiosidad. Tiene una puerta abierta. No tiene intención de desaprovecharla.
Lea los versículos 13 al 15. ¿Cómo la conduce hacia la esfera de lo espiritual? ¿Qué características tiene el agua que le ofrece? ¿Por qué menciona una fuente de agua? ¿qué función puede tener esta fuente?
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