El misterio del viento
Como en tantas otras ocasiones, Jesús echó mano de las más sencillas analogías de la vida cotidiana para ilustrar los conceptos relacionados con el Reino de Dios. En este caso, el viento provee una excelente ilustración para aquellos que desean entender algo del misterioso accionar del Espíritu Santo.
El viento es invisible. Aun con nuestra sofisticada tecnología del siglo XXI no la podemos ver, porque consiste en el movimiento del aire, que está conformado por partículas invisibles al ojo humano. Del mismo modo, el Espíritu no puede ser visto. Su mover es «en secreto», en un plano de la vida al cual no se le ha dado acceso a los seres humanos. Lo que sí podemos sentir son los efectos de la presencia del viento.
Vemos con nuestros ojos el movimiento de las plantas. Olfateamos, con nuestras narices, la humedad que precede a una tormenta de verano. Sentimos con nuestra piel la suave frescura que revela la existencia de una brisa. Todas estas sensaciones sirven como evidencia a fin de ayudarnos a entender que el viento está presente y actuando, pero no la podemos ver. La mente no puede abarcar las cosas espirituales, porque pertenecen a otro mundo. Solamente pueden ser comprendidas por la acción del Espíritu.
Así también ocurre con el Espíritu Santo. Vemos que una persona enferma ha sido sanada. Nos damos cuenta de que un hábito molesto y persistente en nuestras vidas ha desaparecido. Reconocemos que una persona negativa, amargada y sin esperanza se ha transformado en un ser lleno de gozo, paz y bondad, por la transformadora acción de Dios. En todo esto, sabemos que el Espíritu ha estado obrando. Pero no podemos ver las formas en que se mueve, ni los lugares escondidos de nuestro ser donde actúa. Solamente podemos dar el feliz testimonio de que «el viento de Dios ha estado soplando».
Cristo estaba señalando a Nicodemo que el nuevo nacimiento es un acontecimiento que, en su esencia, está velado a nuestros ojos. Cuando intentamos entenderlo con parámetros que hemos formado en el mundo terrenal, acabaremos tan confusos y perplejos como Nicodemo. La mente no puede abarcar las cosas espirituales, porque pertenecen a otro mundo. Solamente pueden ser comprendidas por la acción del Espíritu, que abre una ventana para ver un mundo que, hasta ahora, nos estaba oculto.
Esta realidad, no obstante, no ha influido en lo más mínimo nuestra perpetua tendencia de querer analizar y explicar minuciosamente el proceso de conversión. De hecho, hemos producido millares de tratados que explican los pasos necesarios para «recibir a Cristo en el corazón». Hemos querido convertir en método lo que Jesús mismo describió como misterio, desplazando al Espíritu e insertando al hombre como protagonista principal de este acontecimiento sagrado. El resultado es que invalidamos otras experiencias de conversión que no se encuadran dentro de nuestro «método».
Note la extraordinaria diversidad que existe en el ministerio de Cristo. Creo que en los evangelios no se encuentran dos relatos iguales de su contacto con las personas. En cada ocasión consiguió tocar la vida de otros, pero el camino recorrido fue siempre diferente. No se ate a un método. Busque, más bien, discernir dónde y cómo está «soplando» el Espíritu en la vida de los que están a su alrededor. Únase a él y déjese sorprender por las maravillosa diversidad de su accionar. No hace falta entenderlo; ¡solamente disfrútelo!
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