¡Hosanna!
Los que iban delante y los que venían detrás gritaban, diciendo: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!» (Marcos 11.1-11)
En otras ocasiones Jesús dio instrucciones escuetas a sus discípulos, generando así oportunidades preciosas para que se ejercitaran en la fe. En esta instancia, sin embargo, les da directivas precisas acerca del pollino que debían buscar, aún anticipándose con una posible respuesta si alguien les exigiera explicaciones durante la ejecución del pedido. Qué precioso observar que los discípulos siguieron al pie de la letra las palabras que habían recibido, aun cuando es probable que no entendieran la razón de aquella extraña misión. No obstante, cumplieron con lo encomendado, la prueba más concreta de nuestra devoción hacia aquel que hemos llamado Señor.
El hecho de que Cristo entrara en Jerusalén montado sobre un pollino nunca antes utilizado para trabajos domésticos estaba cargado de un rico simbolismo para los judíos. Las instrucciones de la ley (Nm 19.2, Dt 21.3 ) claramente asignaban un rol santo a aquellas animales jóvenes que no habían sido aún domesticados. Del mismo modo David dio instrucciones para que los bueyes que tiraban el carro que devolvía a Israel el arca fueran bestias nunca antes empleadas para este trabajo.
Del mismo modo la entrada de Cristo, al final de su peregrinaje terrenal, no es la simple conclusión de un viaje, sino el cumplimiento de una misión sagrada de la cual se desprende todo lo demás que dijo e hizo durante su paso por la tierra.
«Muchos tendieron sus mantos en el camino, y otros tendieron ramas que habían cortado de los campos» (v. 8), mientras entonaban estrofas de los salmos que tradicionalmente acompañaban el final de la peregrinación a la ciudad santa. Es evidente, por la forma en que el pueblo acompañó su entrada, que muchos percibían algo de la autoridad divina en la persona de Cristo. Este recibimiento constituye una forma muy visible de honrar a quienes ocupaban un lugar de supremacía en el pueblo. Al tender sobre el piso sus mantos ellos revelaban su deseo de someterse a quien pasaba delante de ellos.
No obstante la devoción del pueblo, es difícil ver esta escena sin recordar las palabras de Cristo, pronunciadas al principio de su ministerio. En otra ocasión, Jesús escogió «no confiar de ellos, porque conocía a todos y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues el sabía lo que había en el hombre» (Jn 2.24-25). Las más apasionadas expresiones de devoción solamente tienen valor cuando están respaldadas por una vida de entrega. Que nuestro mejor sacrificio, entonces, sea el que ofrecemos día a día en nuestro caminar con el Mesías.
Por: Christopher Shaw, Director General de Desarrollo Cristiano Internacional. Producido y editado para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

