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Reflexión

La trampa de las señales

5 enero, 2013Desarrollo Cristiano1565 visitas
Sofonías 6:22-71

El pasaje en el que estamos meditando continúa el relato: «Entonces le dijeron: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.  Y Jesús les dijo:  De cierto, de cierto os digo: Moisés no os dio el pan del cielo, pero mi Padre os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron:  Señor, danos siempre este pan.» (vv. 30-34).
Jesús había señalado claramente que la obra que el Padre deseaba para la vida de las personas que estaban con él era que creyeran en su persona.Si alguna vez existió un grupo de personas que haya recibido abundantes señales de los cielos, los israelitas en el desierto constituían este grupo. Sus oyentes interpretaron correctamente el desafío, mas volvieron otra vez al error que ya hemos señalado: creían que el Hijo de Dios debía proveer las evidencias necesarias para que ellos pudieran confiar en él.  Es decir, atribuyeron su incredulidad a una falta de evidencias y no a corazones endurecidos.  Lo errado del argumento de ellos encuentra su mejor expresión en la generación que salió de Egipto.  Si alguna vez existió un grupo de personas que haya recibido abundantes señales de los cielos, los israelitas en el desierto constituían este grupo.  No obstante, nos sería difícil encontrar en las Escrituras un pueblo más obstinado y rebelde que la muchedumbre que acompañó a Moisés en el desierto.  Verdaderamente era un pueblo duro de cerviz.
No obstante, las personas que hablaban con Jesús echaron mano del ejemplo del maná que cayó del cielo, como si este acontecimiento hubiera producido una tremenda manifestación de compromiso en los que la vieron. El deseo de la gente era que Jesús proveyera una señal similar, para que también ellos pudieran creer en el que había sido enviado.  Él se sirvió de la frase de ellos para ayudarlos a entender que no se refería a una realidad del mundo material, sino del mundo espiritual.  Era verdad que la comida que proveyó Moisés había descendido del cielo, pero ese milagro no hacía referencia sino solamente al espacio físico, que llamamos «cielo», que está por encima de la tierra. No es, en sentido real, el cielo al cual Jesús hace alusión.
El pan que el pueblo necesitaba no era pan hecho con harina y levadura, sino un pan cuya sustancia era netamente espiritual, es decir, el Hijo de Dios. El único que puede proveer este pan es Dios, pues ningún hombre tiene en sí mismo la capacidad de suplir la necesidad espiritual del ser humano. El pan que desciende del cielo no llena el estómago, sino que sacia los apetitos más profundos del corazón. Es el único pan sin el cual no se puede vivir.
Los israelitas entendieron lo que Jesús les decía, pues exclamaron: «Señor, danos siempre este pan». El primer paso importante es entender que necesitamos lo que Dios nos ofrece. Mas no podremos avanzar si no comprendemos la verdadera condición de nuestros corazones.
COMENTE:
¿De qué manera continúa el argumento de Jesús? ¿Cuál es la parte del Padre en el proceso de conversión? ¿Qué responsabilidad tiene el Hijo?

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