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Reflexión

Compasión en acción

6 enero, 2013Desarrollo Cristiano1540 visitas
Nahum 7:31-37

El «método» que utilizó Jesús para comenzar en el sordo y tartamudo el proceso de sanidad llama mucho la atención. Metió los dedos en los oídos del hombre, escupió y tocó su lengua. Es evidente que Jesús estaba ministrando específicamente a los órganos físicos comprometidos en la condición que padecía. Marcos continúa su relato: «Luego, levantando los ojos al cielo, gimió y le dijo: ?¡Efata! (que quiere decir: “Sé abierto”). Al momento fueron abiertos sus oídos, se desató la ligadura de su lengua y hablaba bien».
El proceso claramente revela que el Mesías esperaba del cielo la intervención necesaria para sanarlo. Es decir, confirma que la sanidad se efectuó por voluntad del Padre y no por ocurrencia del Hijo. La unanimidad entre el sentir de Jesús y su Padre celestial es la que el Señor mismo atestigua, cuando dice: «las obras que el Padre me dio para que cumpliera, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado» (Jn. 5.36) y, en otra ocasión, afirmó: «las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, él hace las obras» (Jn 14.10).La actitud de compasión hacia los que están en situaciones difíciles es uno de los «motores» que impulsa el ministerio de los que sirven al Señor. Resulta evidente, entonces, que la clave para un ministerio eficaz entre los oprimidos y necesitados no consiste en descubrir el método indicado para este fin, sino en discernir qué obra está realizando el Padre a nuestro alrededor para unir nuestros esfuerzos a los suyos. Como vimos en la segunda tentación de Cristo, el diablo pretendió neutralizar ese modelo de trabajo instando al Hijo de Dios a tomar la iniciativa en todas las áreas de su vida. La diferencia, aunque parece pequeña, es la que separa un ministerio eficaz de un conjunto de actividades concebidas por el hombre mismo para glorificar el nombre de Dios.
Es interesante notar que antes de orar Cristo gimió. No podemos declarar con certeza el origen de esa expresión de pena y dolor, pero es posible que sentía en su espíritu el agobio por tanto sufrimiento en la gente que veía a su alrededor. La actitud de compasión hacia los que están en situaciones difíciles es uno de los «motores» que impulsa el ministerio de los que sirven al Señor. Procuremos cuidar siempre que esta sensibilidad espiritual no desaparezca en nosotros, de lo contrario se producirá un vacío que generará una actitud de frío profesionalismo en el ministerio. Ese amor que la persona necesitada logra percibir en el ministro que la atiende es una de las condiciones que facilita su apertura al poder de Dios.
Jesús habló directamente a los órganos afectados. En otras ocasiones reprendió a los espíritus que producían tales padecimientos, pero en este caso pareciera que el impedimento no trascendía la condición física. Mediante el uso de la autoridad  que había recibido del Padre ordenó al oído que se abriera. La Palabra de poder por la cual existe la Creación es la misma que puede liberar y restaurar lo que el pecado ha dañado. Sin duda, la Palabra que pronuncia el Señor es el instrumento más eficaz del universo.
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¿Cuál fue el resultado inmediato de esta oración? ¿Cuál fue el resultado secundario? ¿Por qué Jesús les ordenó que no lo dijeran a nadie?

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