La santidad, que es el resultado de una actitud de sinceridad y pureza, se impone sobre el lugar donde yace la maldad en nosotros.
El desenlace natural de una visitación celestial debería ser nuestro retorno a una vida enteramente dedicada.
La Palabra de poder por la cual existe la Creación es la misma que puede liberar y restaurar lo que el pecado ha dañado.
No todos los que acercan a Dios son sanados. Debemos, en la Iglesia, decidir cuál será nuestra respuesta ante aquellos que siguen, día a día, bajo el sufrimiento.
Las sensaciones de desánimo y frustración en la obra son normales. La sinceridad es el primer paso hacia la restauración.
La existencia de señales y prodigios en nuestro medio es una realidad. Sin embargo, no todo milagro es incuestionablemente una manifestación de Dios. ¿Cómo discernir cuál es cuál?



