Ministerio sobre ministerio
Jesús respondió a la petición que Jairo, según el Evangelio de Marcos, le había hecho: «Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y viva.» Seguramente motivado por los abundantes testimonios de las extraordinarias manifestaciones que acompañaban a la persona de Cristo, este oficial de la sinagoga no dudaba que también podía salvarle la vida a su hija.
La Palabra no nos dice de qué modo respondió Jesús, pero vemos que comenzó a dirigirse hacia la casa de este hombre. «Y mientras iba, la multitud lo oprimía.»
Imagínese lo que debe haber sido el avance de esta ola humana; apretujones, bullicio, súplicas, empujones, polvareda, calor toda esta actividad sería parte de la experiencia de estar rodeado por una multitud de curiosos y necesitados. Si alguna vez ha esta apretado en medio de una multitud sabrá lo fácil que es caer presa del pánico. En la medida que aumenta la sensación de ahogo y encierro caemos en la desesperación. Es difícil en estas condiciones prestar mucha atención a lo que está pasando a nuestro alrededor. No obstante, esta es una de las maravillosas características de Jesús, que no perdía la capacidad de estar atento al individuo.
En medio de esta masa de personas, «una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía y por ninguno había podido ser curada, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Al instante se detuvo el flujo de su sangre». En este incidente tenemos, quizás, la más asombrosa revelación de lo que encierra el ministerio. Creemos, quizás llevados por nuestra propia vanidad, que el ministerio es algo que nosotros manejamos, que requiere de nuestra participación. Tendemos a atribuirle una exagerada importancia a nuestra persona en el acto ministerial. Mas en este incidente vemos que la mujer se acercó por detrás, sin que Jesús supiera lo que iba a hacer. Tocó el borde de su manto, y fue sanada. Hasta este instante el Hijo de Dios no tuvo participación alguna en el incidente, salvo que el poder sanador salió de él.
Me atrevo a creer, entonces, que, en su expresión más pura, el ministerio no es algo que nosotros hacemos, sino algo que Dios hace por medio de nosotros. No es algo que nosotros controlamos, sino algo que está en manos del Altísimo y que, en ocasiones, somos instrumentos para que el hecho ocurra sin que nosotros tengamos conciencia de ello. Al igual que el rostro de Moisés, que brillaba sin que él lo supiera, el Padre no tiene por qué informarnos de lo que está haciendo. Solamente le hace falta una vida santa y comprometida a través de la cual fluir. En su bondad, permite que a veces seamos partícipes de lo que está haciendo, pero él es siempre el protagonista principal.
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